Así
es como nos venden la primera inmersión
que vamos a hacer desde costa en el
norte. Nosotros que pensamos que al
ser desde costa íbamos a estar
casi solos y en las 5 horas que estuvimos
por allí nos cruzaríamos
con 300 buzos por lo menos, había
más botellas paseando que bañistas
en la playa. Tras luchar con un grupo
de japos por ser los primeros en llegar
al punto de buceo lo conseguimos sin
problemas. Cuando te venden algo como
lo segundo mejor del mundo rápidamente
pensamos que el que hizo esa catalogación
no ha debido de viajar mucho. La inmersión
es bonita y no estuvo mal, pero no
como darle esa expectativa. Como siempre,
vemos varias tortugas y es un continuo
entrar y salir entre arcos, cuevas
y galerías de todas las anchuras
y alturas. Otra águila pintada
nos acompaña un rato. Los oídos
sufren más de la cuenta ya
que nos movemos entre 5 y 10 metros
durante toda la inmersión y
al final el guía se pierde
para regresar y tiene que ascender
para corregir el rumbo. La visibilidad
en esta zona decrece un poco.
Una vez fuera, nos dice Gabe que en
una hora volveremos a meternos pero
en esta ocasión mete la pata
y nos tiene esperando 2 horas y media,
con lo que tenemos 3 bajas para la
segunda inmersión, aburridas
de esperar y con algo de frío.
El grupo de secano ahora es de 6 personas
y se van a comer las mejores hamburguesas
de toda la isla y de lo que llevamos
recorrido de Oceánica, además
coincide que el pueblo es una visita
histórica obligada y es bastante
atractivo, tanto que por la noche
terminamos tomando una cerveza por
allí.
La segunda inmersión es parecida
a la primera y lo más destacable
es la presencia de un pequeño
tiburón que parece de juguete
y la salida de una cueva de Reyi por
la salida de emergencia lo que produce
cierto cachondeo bajo el agua. El
guía se metió por una
galería bastante estrecha y
oscura y el primero en entrar es Reyi
que lo pierde de vista y se equivoca
y en vez de seguir de frente se sale
por un agujero bien apretado pero
con algo más de éxito
que el que tuvo Cepe en Cabo de Palos.
El resto seguimos la galería
hasta salir por el lado correcto y
obviamente cuando llega el escapista
a donde estábamos casi se nos
cae el regulador de la risa. Ahhh,
en los guías de estos lares
parece que si no le sacan toda la
tinta a los pulpos que encuentran
no se van a llevar propina, pulpo
que ven pulpo que estrujan. Normalmente
donde hay mucha morena no hay pulpos,
pero este es el único lugar
que he visto que abundan las 2 especies.
Tras el buceo nos reagrupamos y tras
un intento fallido de visitar el centro
polinesio, pues ya se nos había
hecho tarde decidimos visitar las
playas del norte y buscar la más
famosa donde se rodó la serie
de Lost (Perdidos). Había que
ver a Reyi buscando restos de rodaje
por todas partes y creyendo identificar
mil y una tomas. El resto sin embargo
disfrutamos de un precioso atardecer
y de un paseo por la fina arena, entre
palmeras, vegetación y césped
a nuestras espaldas.
Lo que hasta ahora nos ha impresionado
más son los árboles
que hay en la isla, son una pasada,
hay de bastantes tipos pero impresionantes,
en algunos casos están en las
medianas de las autopistas por que
sería un sacrilegio cortarlos
como pasaría en cualquier otro
lugar.
DESPEDIDA
DEL BUCEO.
Es
el último día de buceo
y nos toca el sureste, la parte más
expuesta al movimiento, algo que podemos
confirmar en nuestra segunda inmersión
ya que tuvimos que entrar en negativo
y subir al barco haciendo cabriolas
entre sube y baja del barco. Pero
antes de eso hablemos de la primera,
que fue bastante sorprendente y de
la que seguramente guardemos el recuerdo
más nítido. Solo fueron
25 minutos de inmersión pero
resultaron en cierto modo impactantes
y eso que la inmersión era
bien simple, bajar a 35 metros a ver
un avión caza de la segunda
guerra mundial. Pocos recordamos una
visibilidad tan espectacular, la vista
casi se te perdía. Aquello
era un bancal de arena pero cuajado
de anguilas jardinera por todas partes
menos donde estaba posado el avión.
Está sorprendentemente entero
para haber pasado 65 años bajo
el agua y solo una de las alas está
enterrada por la arena. El resto esta
colonizado por la vida marina, incluso
en el otro ala había una morena
de grandes dimensiones. La parte trasera
del avión era curiosa de ver,
en su interior se apretujaban cientos
de peces como si de un acuario se
tratara y aunque metieras la mano
entre el armazón del fuselaje
no se iban de allí. Ni que
decir tienes que fuimos pasando todos
por la cabina del piloto para hacernos
la correspondiente foto metidos dentro.
Una inmersión que seguro que
no olvidaremos.
De camino a la segunda inmersión
Reyi contemplaba a un pobre japo,
que era feo y mal hecho de la leche,
como rebulgitaba y le cambiaba la
color y eso que le quedaban casi otras
2 horas de baile, se sintió
hermanado con él, aunque aquellos
lances ya le queden tan alejados en
el recuerdo.
La segunda inmersión tuvo 4
peculiaridades, la primera que buscábamos
focas monje de gran tamaño
que no aparecieron, la segunda la
orografía rarísima de
las paredes de roca completamente
horadada por los erizos que se la
comían haciendo enormes surcos
a su paso, la tercera que el grupo
de japos que iba contra corriente,
mientras nosotros hacíamos
una placentera caribeña vieron
un pequeño tiburón martillo
raro por esta zona y la cuarta la
visualización de varios de
varios peces sapo. Es increíble
como se camuflan, están a un
palmo de tu nariz y no los ves. Conseguimos
divisar en el entrante de una cueva
uno gordísimo que estaba con
su cría y si pudimos verlo
es porque la cría aún
no se mimetizaba tan bien como su
madre. De lo horriblemente feos que
son resultan una preciosidad.
Lo único malo era la cantidad
de botellas de cerveza y plomos y
anzuelos de pesca diseminados por
allí. Alguna tortuguita y una
barracuda brutal se encargaron de
darnos la despedida de una inmersión
en la que haber hecho un globo hubiera
sido todo un problema viendo como
las olas chocaban en la superficie
contra las rocas, para que os hagáis
a la idea, íbamos por el fondo
y el profundímetro pasaba de
8 a 12 metros sin que nosotros ascendiéramos
o descendiéramos.
Despedida de nuestro guía Gabe
con la promesa de este de dar trabajo
a Reyi el verano que viene como divemaster
para aprender inglés.
La tarde la pasamos visitando un mirador
en las montañas desde la que
se divisaba una vista espectacular
de las costas y luego el valle de
los templos, que a pesar de ser un
cementerio, todo el mundo coincidió
que era un lugar agradable de paz
y recogimiento. Allí mismo
había un palacio budista, en
el que casi nos echan a patadas, primero
Reyi que le pega una leche a un tronco
que hace sonar un pedazo de campanón
que todavía están retumbando
los cimientos y después Amelia
que al entrar al templo no le parece
extraño que todos nos quitemos
los zapatos, pensando que lo que queremos
es tenerlos fresquitos y se pasea
bien calzada por delante del buda...
y luego dice que como eran unas sandalias
descubiertas que lo mismo no se había
notado. Aquello estaba repleto de
estanques llenos de voraces carpas,
tortugas y patos. Compramos una bolsita
de comida para peces que era como
unas bolitas pequeñitas, Angelines,
tuvo que sacarse unas cuantas de la
boca porque algún gracioso
dijo que eran conguitos y eso que
la Mery la frenó que si no
ahora la tendríamos con cara
de carpa.
Alguna visita a otras playas de película
y a algún otro mirador y la
noche se nos echó encima. Algunas
chicas se engalanaron, con la Mery
a la cabeza, y cenamos en el restaurante
con el mayor tipo de cervezas del
mundo. Si no tenían en la barra
200 grifos diferentes no tenían
ninguno.
Se acababa nuestra última noche
en Hawaii.
OAHU
NOS DESPIDE.
Por
la mañana visitamos Perl Harbor,
como es normal nos dicen que es un
recinto militar y que no nos dejan
recorrerla por dentro, por lo que
tenemos que conformarnos con verla
de lejos desde el centro de interpretación
que parece un parque temático
con gente por todas partes. Como no
tenemos tiempo suficiente para embarcar
en el bote que te lleva a la isla
a ver los restos hundidos del Arizona,
donde supuestamente, siguen los cuerpos
de los marinos muertos en la batalla,
nos quedamos en el centro visitando
el interior de un submarino real,
donde alucinamos todos deambulando
por cada una de sus entrañas.
Menuda forma de vida... aunque para
la mayoría de muerte. Aunque
no hablemos de esto y mejor es recordar
el pedazo de perrito inundado de queso
y chili que nos apretamos como segundo
desayuno al salir del submarino.
Después nos vamos de mercadillo,
todo el exterior del estadio de football
americano se puebla de cientos de
tenderetes de productos típico
y artesanos. Con un calor importante
se hacen compras de todo tipo durante
hora y media. Ya no queda tiempo para
más y hay que irse al aeropuerto
que a primera hora de la tarde sale
nuestro vuelo. Para
el final dejamos cierto detalle de
las calles de Waikiki, ni se os ocurra
si vais por allí poneros taconazos
con plataformas para pasear por la
calle o corréis cierto riesgo
de pasar un mal rato o de volveros
con más pasta de la que llevábais.
Todo va con normalidad hasta que cogemos
un bus que nos lleva desde el rent
a car a la terminal. Colocamos todas
las maletas en el centro del bus y
el grupo se va a los últimos
asientos del final con un par de parejas
de lugareños en los laterales
del pasillo. Reyi y yo nos quedamos
de pie al lado de las maletas. Maribel
nos pasa una lata de bebida y tras
echar un trago Reyi intenta devolvérsela
y lo que yo pensaba que era la típica
bromita de Reyi de tropezarse antes
de dársela se convierte en
una pedazo de hostia de no te menees
que lo deja completamente tumbado
en el suelo, aunque lo peor no fue
la dignidad perdida o la espinilla
echada abajo, fue la cara que se le
quedó a una señora de
las que estaban sentadas en en lateral
viendo al Reyi tumbado a sus pies
tras haberle echado la mitad del contenido
de la lata encima. Mientras escribo
esto me está costando hacerlo
porque sigo a trompicones sin parar
de reír.
Vamos camino de otro largo periplo
que nos llevará a cruzar toda
América. N.York nos espera.