CRÓNICA 6 de 6

LA CIUDAD DE LOS RASCACIELOS

En primer lugar vuelo de 8 horitas a Chicago, pero en esta ocasión solo tenemos que esperar un par de horas para coger el siguiente vuelo con el que en otras 2 horas más llegamos a N.York, nuestro último destino. Quien más y quien menos ha podido ir durmiendo por el camino. Recogidas las maletas nos vamos a por el transporte privado que habíamos contratado y nos encontramos a un listo que se quiere llevar la operación metiéndonos en un bus compartido. Ya son muchas batallas para dejarnos vacilar por un cualquiera y ponemos las cosas en su sitio para que 15 minutos después venga nuestro transporte contratado que nos lleva en una hora a nuestro hotel, algo mejor de lo que esperábamos por su precio, con lo carísimos que son allí los hoteles en Manhattan. El problema es que al ser las 11 nuestras habitaciones no van a estar disponibles hasta las 3, por lo que, nos toca adelantar las visitas que teníamos previstas para esa tarde. Tenemos a un maletero que nos recoge el equipaje que es todo un fichaje, un dominicano juerguista y vacilón que nos recomienda lugares nocturnos de fiesta.
Mery se pone al mando como conocedora de la ciudad y nos ponemos a sus órdenes.
Compras, compras, compras, empieza la vorágine y de aquí a nuestra salida de N.York la gente no deja de comprar en todo momento. Nos vamos al metro para cruzar toda la isla de norte a sur y comprobamos el estado deplorable en el que se encuentra, además del agobiante calor que se sufre en aquel galimatías de líneas que no le deja a uno muy claro si llegará al destino que pretendía.
Pasamos por el World Trade Center y aquello no es más que no tremenda explanada vallada y por completo en obras. Es inevitable ponerse a pensar lo que fue aquello y lo que debió vivirse aquel 11S. Comemos en un lugar en el que hay comida de todos los tipos y empieza el primer tiempo libre en un centro comercial outlet para compras. Paseamos por Wall Street y nos acercamos al puerto y cogemos un ferry enorme gratuito que te lleva a State Island de ida y vuelta y que se aprovecha por los turistas para pasar al lado de la estatua de la libertad, que comparada con la magnificencia de los edificios de la ciudad es una auténtica miniatura. Lo mejor del viaje en barco es ponerse en la proa cuando haces el viaje de regreso y te vas acercando a Manhattan, la vista de la ciudad es espectacular. Al salir nos recibe un grupo de Gospell de 5 morenos que cantan a capella que pone los pelos de punta. De allí nos vamos a la parte antigua de la ciudad, que es de lo más bonito que se puede ver, incluido el viejo puerto de grandes barcos antiguos, ahora museos. El gentío está por todas partes. Pero ahora viene lo mejor que hemos visto en N.York, nos vamos a cruzar el puente de Brokling para alejarnos de la ciudad y ver desde allí el atardecer con los destellos del sol entre los enormes edificios de la ciudad. El puente está a tope de gente que ha tenido la misma idea y según retornamos observamos como se enciende todo para afrontar la incipiente nocturnidad. El cansancio y el sueño empiezan a hacer mella, pero antes nos metemos en un típico restaurante de cenas en el que pasamos un buen rato con un camarero cuenta chistes, que me engaña en el plato que le pido para cenar, aparentemente se trataba de 3 mini hamburguesas según me indica la forma con las manos y al rato aparece con una fuente con 3 hamburguesas de tamaño normal… menuda cena… De postre nos obsequia con un par de tartas que vamos pasando de comensal en comensal hasta que Triturator que estaba fumándose un cigarro fuera hace un bloqueo de las mismas y se las despacha en un abrir y cerrar de ojos.

UN DÍA COMPLETO EN N.YORK.

A desayunar en el mismo lugar de la cena, nos ponemos las botas de nuevo pues hay mucha caloría que gastar durante el día, la mañana se dedica a la compra compulsiva; la tienda de los judíos, Macy’s, Levi’s, Converse, etc. Nos cargamos de bolsas que vamos a tener que portear el resto del día. Cruzamos Chinatown y comemos en el barrio de la pequeña Italia en un sitio donde por 11 dólares puedes comer toda la pasta que quieras hasta explotar. Con la barriga llena de pasta paseamos por el Soho y por el Village, además de pasar por los edificios más emblemáticos y por la estación central para terminar en el Rockefeller Center. Allí coincidimos en la cola para subir a la azotea con el presentador de Pasapalabra y su churri, la famosilla también Almudena Cid y la Romerita se hace una foto con él para congraciarse por la bromita paparazzi que quería hacerle Tomás. La verdad que en un principio te duele un poco los 21 dólares que cuesta subir pero cuando estás allí arriba merece la pena la vista a pesar de estar hasta arriba de gente. Ver atardecer desde allí arriba es una pasada, tanto que nos quedamos allí casi una hora.

Ya solo nos queda visitar esa noche Time Square… impresionante… parece de día, con la cantidad de luces, pantallas, neones, etc. Paseas entre una muchedumbre de gente que va y viene con frikis de todos los tipos, coches tuneados que brincan en los semáforos con negrazos impertérritos en su interior, macrotiendas que se desparraman. Hasta tienen unas gradas puestas para que te sientes allí simplemente a observar.
Cenamos en un sitio bastante peculiar al que nos lleva Mery que se llama Bubba-Gump que no es otra cosa que un restaurante temático de la película Forest Gump y en el que se comen gambas en todas sus posibles variantes. A través de sus ventanas podemos ver todo el bullicio de la peculiar Time Square. Un largo paseo para bajar la cena y nuestros agotados cuerpos que se derrumban en la cama. El viaje está llegando a su fin y las fuerzas ya van justitas. La noche de fiesta neoyorquina no va a contar con nuestra presencia.

EL RETORNO

Nos levantamos con la idea de que esto se está acabando y que la próxima vez que nos tumbemos será en nuestras propias camas. Después de dejar el equipaje en manos del dominicano nos vamos a desayunar. Pasamos por el edificio Dakota, donde se cargaron al Lennon y nos metemos del tirón en Central Park para perdernos en él por un par de horas y ver parte de su encanto, aquello es como el Retiro pero americanizado. Los espectáculos callejeros están por todas partes y también hay un bullicio de gente bastante considerable.
Salimos del parque para pasear por la quinta avenida y sus tiendas de lujo, visitamos la juguetería de la película Big, para ver el piano y comprar alguna cosilla más. En Tiffanys… como que no compramos nada. Se nos acababa el tiempo y como fin de fiesta nos metimos a comer la última hamburguesa del viaje, a pesar de que en la sexta avenida había un pedazo de mercadillo tremendo, pero en el que tenías que comer de pie y eso ya era demasiado para nuestras maltrechas carcasas.
Cuando vamos camino del metro para regresar al hotel donde hemos quedado con el transporte no se le ocurre otra cosa a Reyi que meterse en una tienda a comprarse una cámara de fotos para sustituir a la que falleció el día de la ruta 66. Con lo cual al final ni metro ni leches, todos a correr a coger un taxi para poder llegar a tiempo.
La hora de bus hasta el aeropuerto fue casi toda entre sueños y una vez más estábamos en una cola de facturación con más de 3 horas por delante hasta nuestro vuelo. Mientras observábamos como un chavalín se daba la paliza a mano de llevarse las maletas sustituyendo a la cinta transportadora… y eso que estamos en el primer mundo, nos sentamos en un rincón dejando allí los equipajes de mano. Amelia se había dado a la gitanez y en vez de una maleta de mano llevaba una bolsa de plástico a reventar, detalle que salva al Tapías de perder la suya. Hay que ver como corría cuando al ver una tienda de maletas le bromeó a Amelia con que se comprara alguna para que no pareciera una gitana con el atillo y se acordó que la suya se había quedado donde nos habíamos sentado. Aún está resoplando del susto. Claro está, su versión es que la dejó a posta para comprobar la seguridad del aeropuerto.
Pero aún no habían acabado las anécdotas en el aeropuerto, faltaba el numerito de Amelia que no conforme con llamar la atención andando con la mano en el glúteo derecho a lo Chiquito de la Calzada decidió hacer una pirueta a lo Circo del Sol y casi abrirse de piernas para darse una piña contra el encerado suelo del aeropuerto. Claro, le dio envidia la caidita que se había pegado el niño de su alma en el bus.
Otras 7 horas de vuelo para finalmente llegar a Barajas el domingo a las 10 de la mañana. Sin problemas en la recepción de las maletas y cada uno a su casa a sobrellevar el jet lag lo mejor posible.

SE ACABÓ LA FIESTA.

Resumiendo, podemos decir que todo ha ido bien, sin problemas o incidencias significativas. Cada uno con la perspectiva que da el paso del tiempo analizará si el viaje ha estado a la altura de lo que esperaba de él. Pero lo único cierto es que si no lo sabíamos de ante mano ya se han encargado por allí de recordarnos que somos... LOS CAMPEONES DEL MUNDO... y la incógnita del viaje es la compulsión de nuestro fotógrafo por sacar instantáneas de todo escaparate que se encontraba... ¿cual será el motivo?, ¿fue por eso que reventó la cámara?...

A Oceánica ya solo le queda un continente por visitar...

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