Hubo
un época que en la que los viajes por las
tierras castellanas, a pesar de ser habituales,
constituían una aventura en sí mismos.
Este
viaje, pretende rememorar esos viajes que sucedieron
hace no mucho en nuestras tierras castellanas.
21
de agosto. Día de Santa Ciriaca.
Sabido
es el peligro que se cierne sobre los caminos
de Castilla. Es por ello que nos decidimos a emprender
este viaje en forma de caravana, esperando reducir
en lo posible los avatares, al menos los negativos,
del viaje. El día elegido para comenzar
el incierto viaje fue el día de Santa Ciriaca.
La caravana se reunió en la posta situada
en el camino real a la ciudad de la Coruña,
a 7 leguas y media de la villa de Madrid. Allí
se fueron reuniendo los distintos carruajes, y
dimos de comer y beber a las caballerías.
El primer destino iba a ser la villa de Alcazarén.
Concretamente en las caballerizas de Antonio Lázaro,
en cuyos establos aguardaban unos curiosos artilugios
que semejan molinos tumbados que vuelan. Allí
nos hicieron una demostración en un arbolado
cercano, de cómo funcionan esos molinos
y de cómo se sueltan sogas de los mismos,
a las que los compadres de Antonio se enganchan
para subir y bajar del molino en funcionamiento.
Luego nos fuimos a darle al palique con él
y sus compadres, y allí nos contaron que
lo hacían para acercar al matasanos al
desgraciado que se había descoyuntado algo
mientras caminaba por el monte.
Una
vez dados y recibidos los parabienes, proseguimos
nuestro camino. Paramos en el municipio de Valladolid,
donde dimos un nuevo descanso a las caballerías
en una pradera sombreada donde extrañas
gentes, con extrañas indumentarias, iban
corriendo de un lugar a otro, y en la que dimos
cuenta de los manjares que todavía teníamos
recientes en los zurrones. Después, recorrimos
sus callejuelas buscando el mesón de Iborra,
en la que degustamos unos suculentos postres de
sabores, a base de arrope y nata espesa encima
de una galleta. Mientras degustábamos tamaña
delicia, encontramos un jardín con unas
extrañas máquinas fabricadas para
el goce de infantes, y el espigado zagal Sergio
se dispuso a probar uno, consistente en un gran
azafate balanceante colgado de unas sogas, pero
no contó con la pericia precisa para tamaña
labor y dio con sus huesos en el suelo a la ida
del guisopo, y a punto estuvo de perder la nuca
a la vuelta del mismo. Hubo que cortar la barahunda
y algarabía producida por el golpe, puesto
que debíamos proseguir el viaje. Debíamos
llegar al cercano municipio de Palencia, donde
nuevamente, hubimos de buscar unas caballerizas
para dejar a buen recaudo las carrozas de la caravana,
y en el que nos atendieran bien a las caballerías.
En Palencia pudimos contemplar sus iglesias y
orar en la recién construida catedral.
Ya
con el horizonte lamiendo el sol llegamos a la
venta de Lázaro, donde nos alojaríamos
unos días. Allí nos esperaba la
ventera mayor, Daría, que nos tenía
preparada unas mesas corridas llenas de exquisiteces,
que incluían carnes y peces variados, cocinados
en una lumbre que hizo el hermano del maese Lázaro,
el Adelantado Carlos, en el umbral del zaguán,
que no hubo más remedio que yantar, aunque
no pudimos en su totalidad, debido a la abundancia
de viandas.
Una
vez la andorga quedó complacida, buscamos
aposento en alguna de las dependencias de la venta.
Con más o menos suerte, todos encontramos
un catre en el que pasar la noche, unos en jergón
y otros con las mantas en el suelo.
22
de agosto. Día de San Hipólito.
El
día amaneció soleado y caluroso.
Nuestra idea era compartir las pocas onzas de
la comida que nos quedaba para el almuerzo, pero
cuando nos hubimos colocado los jubones y los
manteos y salimos de nuestros respectivos aposentos,
nos encontramos el desayuno ya puesto en el zaguán.
La ventera nos puso abundantes gachas además
de otras delicias. Así que guardamos nuestras
viandas en el zurrón para futura ocasión.
Después
preparamos las alforjas para caminar por la trocha
que conduce a la acequia de Castilla, donde abordaríamos
un barco que debía estar tirado por una
reata de 600 caballerías, pero que no vimos
por ningún lado en el camino de sirga,
y que nos llevaría al realengo de Frómista.
Durante el viaje pudimos ver algunos pastores
y zagales, y también alguna alquería.
Después de yantar en la venta de la Villa
de Frómista, la tartana de Lázaro
nos llevó a recoger nuestras galeras para
poder transportarnos a la zona de baño
del Cerrato, en el río Pisuerga. Allí
nos jugamos el gaznate navegando las aguas del
Pisuerga en unos troncos huecos que el Maese Lázaro
nos enseñó a manejar con unas grandes
echaderas de horno.
Después
nos dirigimos, guiados por Lázaro, de nuevo
a la venta. Una vez deshechas las albardas, hechas
las abluciones mayores y cambiados los sayos,
jubones, refajos y pellizas, el Maese Lázaro
nos condujo, iluminados por candiles, a la bodega
de la venta, donde dimos buena cuenta de unas
buenas libras de cordero asadas en trébedes,
acompañadas de unos cuantos azumbres de
vino. Luego, cada uno se fue a sus aposentos,
peleándose con la mona como pudo.
23
de agosto. Día de Santa Rosa.
La
idea era poner en marcha la caravana temprano,
pero la mesa que nos encontramos al salir de nuestros
aposentos de la Venta Lázaro, fue como
la del día anterior, así que hubimos
de dar buena cuenta del desayuno. Después
hubo que hacer cuenta y estrujarse la faltriquera
para pagar las cenas. Maese Lázaro nos
invitó a la fumadga, los desayunos y sus
servicios de guía, e hizo luego las funciones
de almojarife para cobrar el fumadgo. Una vez
pagado el pecho, los arrieros mayores, se dispusieron
a acondicionar las albardas en las caballerías
y las carrozas, tarea esta, que se demoró
en demasía y nos produjo un retraso importante
en la salida de la caravana para continuar el
periplo por las tierras castellanas. Antes de
abandonar la villa de Boadilla del Camino, el
tío del Maese Lázaro nos enseñó
su pósito, repleto de potes, taburetes,
tartanas, yuntas, odres, cuévanos, candiles,
azumbres y bieldos. Al fin, nos despedimos de
Maese Lázaro, del Adelantado Carlos, de
la ventera mayor Daría y de algunos fumos.
Dada
la hora que tañía la campana, decidimos
saltarnos algunas villas por las que teníamos
previsto caminar, así que nos fuimos disfrutando
de los caminos y del alfoz riojano, viendo moyos
de vides y bodegas. Comimos en el mesón
de Huerta Vieja, y una vez repuesto el alma y
el cuerpo, y las caballerías recompuestas
con buena comida y bebida, nos fue necesario deambular
por las calles de Laguardia, para restaurar tamaños,
viendo sus murallas, alhondigas, almenaras, cillas
y pósitos. E incluso, nos subimos en un
curioso artilugio, que permitía a los pudientes
enfermos de gota, evitar las cuestas adoquinadas
de las callejuelas.
Una
vez la andorga volvió a su ser, pusimos
la caravana en dirección a la sierra de
Peñalmonte. En busca del Hospital de Marrodán
en la localidad de Arnedillo. Hubimos de dejar
para otro viaje la villa de Lucronio, porque la
reala estaba cansada y con ganas de llegar a los
baños calientes en las cercanías
del hospital. Así que una vez vaciadas
las carrozas y atendidas las caballerías,
nos pusimos los jubones de baño y nos fuimos
a arreglar el cuerpo en las aguas calientes que
emanan junto al rio Cidacos. Después dimos
cuenta de las viandas que el ventero nos puso,
pero hubo que arreglar diferencias con la mesonera
a cuenta del alboroque de las sopas. Una vez aliviada
la andorga, el que quiso se fue a sus aposentos
y el que no, se quedó dando buena cuenta
de unos azumbres de vino al calor de una buen
conversación.
24
de agosto. Día de San Bartolomé
Apóstol
Hoy
era el último aposento confortable y cálido
en el que íbamos a morar. Pero a pesar
de la querencia al catre y jergón, hubimos
de ponernos rápido jubones, sayos y refajos
para poder dar cuenta de las viandas que el hospital
nos ofrecía a modo de desayuno. Tan pronto
como confiscamos nuestras deudas con la almojarife
del hospital, vaciando nuestra faltriquera, fuimos
a las caballerizas a enfundar las realas con sus
albardas, y llenamos las carrozas con los enseres
que trasladábamos de una confín
a otro de Castilla. El primer destino del día
iba a ser las icnitas de Enciso, en el cercano
valle de Cevillo. Descargamos a los viajeros,
en el paraje conocido como Virgen del Campo, y
los arrieros llevaron las carrozas al propio valle
de Cevillo. Comenzamos la andadura entre monumentos
con forma de extraños y grandes animales,
que bien parecían reales. Fuimos recorriendo
la trocha viendo extrañas huellas en la
piedra, y leyendo letreros en el que el maese
escribano iba explicando lo que veíamos.
Pasamos por un antiguo rubián, con unos
extravagantes artefactos que el corregidor había
ordenado instalar para mejorar la condición
del cuerpo y del espíritu de los lugareños.
De
nuevo formada la caravana, cogimos la calzada
hacia la ciudad teresiana de Soria. Allí
buscamos postas en las que restañaran las
caballerías, y fuimos directos a la taberna
con el extraño nombre de Pizzoleta. Allí
dimos cuenta de manjares traídos por los
mercaderes italianos. Para reducir el tamaño
de la andorga, nos dimos un paseo entre los empedrados
caminos de la ciudad y sus ardillados parques.
Después,
hubimos de hacer preparativos para afrontar la
última parte de nuestra andadura por la
tierras castellanas: Hicimos acopio de ungüentos,
viandas y un par de arrobas de agua.
Repartimos
el cargamento entre las carrozas y nos dirigimos
al poblado de la Fuente de la Parra, que el buen
Maese Vicente tuvo a bien ofrecernos como mora.
Llegamos con las últimas luces del atardecer,
pero aquí no había venta ni ventero.
Tuvimos que hacer chamizos con varas y telas con
cordeles sujetos al suelo, para poder pasar la
noche a resguardo del abrego. Las dos próximas
noches tocaría dormir en el duro suelo
de la ribera de río Tajo.
Una
vez establecido el campamento, y puestas a buen
recaudo las bestias, sin mucho tiempo para preparar
buena sopa y condimentos, dimos cuenta de una
cena consistente en bocadillos de carne embutida
semejante a chorizos, con tiras de queso.
Después,
a pesar de la largura de la jornada, hubo quien
hizo buena charla acompañados de azumbres
de extraños vinos mezclados.
25
de agosto. Día de San Aredio.
El
fablar de los pájaros nos despertó
antes de que el sol lo hiciera. Era hora de rebuscar
en las alforjas y zurrones en busca de algo que
llevarse a la boca. Cada uno almorzó lo
que pudo o tuvo, preparamos un hatillo pequeño,
y nos dispusimos a recorrer una angostura llega
de murciélagos en la serranía que
cría al Tajo en su niñez. Hubo algún
viajero que no quiso ensuciarse la librea y no
se metió en la angostura. Los que lo hicieron
dieron a luz de nuevo al otro lado, en una atalaya
sobre el rio Tajo.
Después
volvimos raudos al campamento para poner los potes
en funcionamiento y dar sustento a los hambrientos
viajeros. Después de la copiosa comida,
a base de variadas legumbres castellanas, fueron
necesarias siestas, abluciones en el rio y pláticas
para que el campamento volviera a una actividad
normal. Hubo tiempo también para la práctica
de extraños juegos de pelota que los viajantes
más experimentados habían traído
de otros lares.
Una
vez la noche cubrió el sitio, se pusieron
nuevamente los fogones a funcionar para preparar
algo que llevarse a la boca. Después, como
siempre, hubo fruiciones regados por extraños
brebajes.
26
de agosto. Día de San Anastasio Batanero.
Nuevamente
el cantar de los pájaros nos sacó
de nuestros chamizos, y tras acalorada discusión,
la caravana decidió adelantar el fin del
viaje. Así que tocaba deshacer el campamento,
recoger los enseres y preparar caballerías
y carrozas después de aliviar el ayuno
nocturno, forzado por las horas de sueño.
Estos
quehaceres nos llevaron toda la mañana,
así que tomamos la decisión de comer
en el campamento. Nos llevamos a la boca exquisitas
comidas italianas que el sollastre Palomino tuvo
a bien cocinarnos en los potes y marmitas y, una
vez recogidos los bártulos, hicimos camino
hacia el Monasterio de Monsalud. Una vez llegados
al sitio, comprobamos con sorpresa que estaba
cerrado y no hayamos abad ni monje alguno al que
preguntar. Así que recorrimos sus muros
por el adarve, y con las mismas, nos fuimos hacia
el embalse de Entrepeñas, para poder visionarlo
desde diferentes emplazamientos. La caravana recorrió
también una extraña calzada que
parecía haberse construido con techumbre
y parapeto.
Una
vez satisfecha la vista, pusimos la caravana con
rumbo a la localidad de Los Santos de la Humosa.
Allí buscábamos una visión
de la llanura castellana a modo de colofón
a nuestra andadura por las tierras castellanas.
Así que sacamos las alforjas y zurrones
de nuestras caravanas y nos dispusimos a dar cuenta
de las viandas que nos quedaban en un otero sobre
el rio Henares, desde el que vimos al horizonte
ocultar el disco solar en su refajo.
Con
las últimas luces del día, nos dimos
los últimos parabienes, y deshicimos la
caravana, con lo que cada uno enfiló hacia
su morada.
Questa
manera, cada uno se fue con el alma plena de emociones,
experiencias y conocencias de las andanzas vividas
en los caminos, campos y pueblos de Castilla,
rememorando los tiempos en los que la vida no
era tan distinta a la nuestra.
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