Buendía
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Los miércoles al sol

Buendía

El viacrucis a Mar de Cristal La caminata El regreso de la caminata La comida La visita al pueblo El regreso

Los miércoles al sol

Buendía

El "pograma".

08:45 Cita en Mar de Cristal. 40°28'11.5"N 3°38'16.9"W 09:00 Salida hacia el pantano de Buendía. A 117km. 09:30 Punto de cita con Juanra en la estación del AVE. 40°35'13.6"N 3°07'33.5"W 10:30 Llegada a la presa de Buendía. 40°24'01.4"N 2°47'03.3"W 10:45 Comienzo del paseo. Hasta la Ermita de la Virgen de los Desamparados. A 6km. Llevaremos un coche de apoyo para facilitar el paseo a quién esté cansado. 11:45 Llegada del grupo al puente de Guadiela a 4km. 12:15 Visita a la Ermita y aperitivo con vistas. Durante el aperitivo se hará la entrega de los 40 euros por persona por el coste del día. 13:00 Regreso a la presa, otros 6 km de paseo con el coche de apoyo. 14:15 Llegada a la presa y nos vamos con los coches a comer. 14:30 Comida Restaurante Casa de las médicas. 40°22'02.0"N 2°45'25.8"W descargamos y aparcamos donde sea o en la calle frontón 16:00 Recorrido guiado por Buendía a la botica, el museo de carros y la iglesia. Pasaremos por la tienda de la Virgen donde estaría bien que comprarais algún recuerdo como agradecimiento al acceso que nos van a dar a la ermita. 18:00 Fin de la visita y regreso a Mar de Cristal. 19:30 Llegada a Mar de Cristal.

La jornada, penúltima de la temporada 2025, se realizó en los extramuros capitalinos, incluso extracomunitarios, por las verdes frondas del entorno de Buendía y sus pantanos.
La verdad es que no defraudó las expectativas de visitar un paisaje natural increíble, tras las últimas -y exageradas- lluvias. Lo cierto es que, si bien ya resultaba tediosa tanta agua, el resultado -a pesar de los aspectos negativos por el exceso- resulta en una maravilla de paisaje, con los pantanos -y los ríos- tan inmensos y llenos a rebosar. Tanto, que recuerdan un poco a los lagos suizos. Una preciosidad.
Lástima que nos tuviéramos que ceñir a nuestra excursión, preciosa igualmente, por la orilla del Guadiela hasta la Ermita de la Virgen de los Desamparados, porque la visita a los alrededores del pantano bien merece otra excursión.
Ciertamente, no se recordará semejante caudal de agua en las últimas décadas. Todo a rebosar de agua turquesa, con el reflejo de la exuberante vegetación crecida, merced a la profusión de las lluvias. La cantidad de matices de verde, el cielo azul y un sol un tanto justiciero ya, nos acompañaron en este caminar junto al agua durante toda la ruta.
Lástima que la inscripción inicial decayera tanto. Diversas circunstancias han impedido a muchos disfrutar de este espléndido día campestre.
Y así es como fue el día:

El viacrucis a Mar de Cristal
El destino quiere que no haya calma ni felicidad completa en estos fastos de los miércoles, por muy bien que pinten tanto el programa como la clemencia del tiempo. Siempre queda la inclemencia del tráfico y el atascazo matutino de la M40. Atascazo mío y el del amado líder. Y el del propio de Juanra, con su atasco particular por accidente a la salida de su pueblo de residencia. Yo, he tardado un poquitín más de una hora en llegar a la boca de la M40 -feroz boca, pero de insuficientes tragaderas para tanto coche- y ahí me clavo, como el resto de madrileños y foráneos que pretenden circular por ella. Total, entre arres y soes, mi navegador me recomienda tomar por otra vía en la que me ahorraría seis minutejos. Dado cómo está el percal, pienso que seis minutillos pueden salvarme de la bronca Topera pues, aunque he salido a las siete menos cuarto de mi casa, ya van siendo bastante más de las ocho. Decido pues aceptarle la propuesta a la muchacha del navegador (prefiero ponerle perfil de señora porque, si le pusiera de señor, acabaríamos llegando a las manos) y arriesgarme con el nuevo trazado que me propone.
Pues nada; otro perfecto atasco camino de la M30, esta vez por la Avenida de la Ilustración. Pero, aunque a trancas y barrancas, llego hasta la proximidad de la Glorieta de Mar de Cristal, en donde recibo unos "whatsappes" del querido organizador, también atrapado -pero más al parecer- en la inmensa procesión del cristo de la M40. Eran las ocho y media clavadas y yo estaba ya a escasa una manzana de la glorieta prevista para la reunión, con lo que se me pasa por la cabeza recordarle su mantra preferido de que "hay que prevenir" pero, como sé que eso, cuando estás tragándote un atasco feroz, con los nervios porque no llegas en tensión y el cabreo y estrés por las nubes, así que recapacito y acepto tragarme mi mordacidad y soy caritativo con él, que se lo merece. Total: que me dice que, si ya ha llegado Amelia, la recoja y nos vayamos ya para recoger a Juanra y que no lo esperemos.
A las ocho y treinta y tres, ya estoy dando la primera vuelta a la glorieta porque Amelia aún no ha llegado, pero su puntualidad es proverbial y en la siguiente pasada la recojo. La puntualidad de Amelia y nuestra perfecta sincronía de horarios hacen que el primer hito de esta Misión imposible acabe cumplida con éxito: salimos para Guadalajara con diez minutos de adelanto!
Amelia dice que no tiene claro si estos atascos merecen la pena, y eso que ella ha venido en metro. Pero en metro y enlatada, porque a esas horas el transporte público es un acarreo indecente de masas desganadas y estresadas que cuesta soportar.
De camino, recibo un mensaje de Juanra, avisándome de su propia penuria circulante y de que posiblemente llegue más tarde debido a un follón que le ha pillado, merced a un accidente -ajeno a él- que le tiene retenido en la carretera de salida. Afortunadamente, el atasco es de menor entidad que el de la M40 y consigue llegar a la hora convenida -unos minutines antes de hecho- sin mayores dificultades.
Como comentario sobre la estación del AVE de Guadalajara, solamente indicar que está construida a tomar por saco de la ciudad, en Yebes, sobre unos terrenos que fueron propiedad de Fernando Ramírez de Haro, esposo de Esperanza Aguirre, y su familia. Aquí, con el "genio inmobiliario" Rafael Santamaría, propietario de la constructora Reyal Urbis, -el ladrillero de la gallina de huevos de oro, que le llamaron- dieron juntos el pelotazo. En fin, otro más.
Volviendo al asunto, Juanra se empeña en descuajeringar el protocolo previsto por el organizador, insistiendo en que vayamos en su coche. Yo, tras una breve y cortés resistencia, considero que la opción de poderme tomar las cervezas que me parezcan en el aperitivo y comida, sin tener que temer a la GC por ello, es de lo más atractiva y cedo.
Emprendemos así camino del siguiente hito del programa, en la presa de Buendía. El camino está precioso de verdes ya desde por aquí, con unas vistas sobre la lámina de agua del pantano que parece que estemos en los lagos suizos, ya digo.
Llegamos y ya están allí Emilio, Alfredo, Katus y Josele. Luego llegan los Palomino y, finalmente, Silvia, Mery y Marga.

La caminata
Pues, así ya reunidos y sin muchas alharacas en las salutaciones por la premura del horario, nos distribuye el líder unos planitos para que nos vayamos yendo por el camino hacia la ermita. Claro que, al final, hay que preguntarle cuál de los caminos es, porque en el folleto turístico hay varias rutas. Aclarado el término y elegida la correcta, él se va adelantando para ir abriendo pasos y cancelas, cual amo del calabozo y las llaves. Va con su coche abriendo vallas y posibilitando transporte a los más delicados y deficitarios, tanto en lo físico como en lo moral, apechugar con este itinerario de seis kilómetros y pico de recorrido -en la ida- que incluye alguna cuesta para llegar a esta ermita somontana.
Parece que el organizador no tiene bastante con que sudemos la gota gorda (SIC), y tiene que darnos alguna ocupación complementaria que nos aparte del mero disfrute de una sola actividad, ya sea comer o pasear, y nos introduce un nuevo estímulo para probar nuestra paciencia.
Así que, por el camino, una vez que ha dejado el coche aparcado correcta y estratégicamente, nos va retando con un jueguecito -de propósito ignoto- consistente en desentrañar unos rompecabezas de unos hierritos enzarzados con otros, en un tiempo determinado.
Aquí hay mucho aficionado, en el buen sentido, al que le pone eso de los rompecabezas. Unos, menos diestros o avezados, tardan de más y se van eliminando; y, a medida que va subiendo la dificultad de las propuestas, van quedando en liza solamente los más empeñados en mantener su pundonor y habilidad sin tacha. Al final, solamente quedan dos que aciertan a desenganchar la totalidad de los chismecillos que nos va dando el Topo. Estos tendrán un "privilegio", aún desconocido, respecto al resto de la plebe. Ya veremos.
La abundancia de agua y los colores, verdes mayoritariamente, que proporciona tal abundancia, se reflejan en un paseo por la orilla del Guadiela que, a pesar del calorazo reinante, hace que estos seis kilómetros -y el pico- sean un auténtico deleite. El agua, quieta a pesar de la abundancia, está de un color verde esmeralda intenso, con unas orillas claras que permiten avistar bajo la superficie alguna carpa -inmensa ella- o una familia de patos recién nacidos nadando apretados tras la madre sobre ella.
Las orillas se han remodelado y subido por encima de muchos arbolillos y troncos de la orilla y cubierto hasta la mitad otros de porte más imponente.
Marga, que luce un monísimo gorro, empieza a perjurar de él y del calor que le da. Es cosa también de estética pues, con el calor y tras descubrirse, parece que no se encuentra atractiva por el "moldeado" inclemente del gorro en su pelambrera. También se muestra orgullosa de su mochila-neceser minimalista, en la que le cabe -dice- todo lo necesario para la excursión. No sé yo... agua, no parece que le quepa. Menos mal que está Juanra con su provisión y su previsión.
Amelia se ha traído unos bastones para hacer el camino con bastoneo nórdico y apoyo al caminar, pero pronto se convence de que le resulta innecesario y que resulta un tremendo "cognazo" eso de ir paleando con ellos y con este calor, ya intenso.
Katus, con sus gafillas cotillas de Google, va registrando todo aquello que le parece curioso y, a veces, lo que no. Creo que habrá aprendido que, cuando se lleva sombrerito de ala baja, hay que preverlo a la hora de grabar y fotografiar, para que no le pase como a mí con los parasoles de los objetivos cuando, accidentalmente, se me giran y aparecen inoportunamente en el encuadre.
Las gafas de Katus hacen furor entre algunas compañeras, y se oye algún lamento por haberse comprado unas gafas de sol -corrientes- hace poco y que, de haberlo sabido, se hubiera podido hacer con semejante maravilla.
A medio camino hay un puente movedizo de madera y con algunos palitroques que le faltan en su barandilla. Es bucólico y plástico en lo estético, pero inseguro en cuanto a su solidez. En cuanto nos ponemos toda la tropa encima para una improvisada foto de grupo, aquello empieza a manifestar una tendencia al cimbreo que mosquea un tanto.
El calor va apretando y, si no fuera por causas diversas que lo desaconsejan -posibles demoras, indumentarias inadecuadas y falta de accesos al agua adecuados, mayormente- más de uno/a se daría, al menos, un remojón de pies en este río que nos acompaña, provocador y promesa de frescura.
No hay buitres, a pesar de que es zona propicia -yo que me he traído prismáticos y todo, por si acaso-, pero no se ve ni un solo bicho. Curioso, pues la zona es adecuada para sus nidos, pero no se ve ni uno.
La cuesta del último tramo y las prisas para poder disfrutar del aperitivo con calma, hacen que el líder nos conmine a usar sus servicios de coche escoba, para posibilitar un "momento aperitivo" más relajado y, teniendo en cuenta el regreso, menos apresurado.
El coche escoba va dando pasadas, recogiendo a los más rezagados en la marcha. Al fin, nos recoge a Juanra y a mí mismo, que íbamos -como el resto- en amenas diatribas, y alcanzamos su culmen con ese beneficio del descanso y la subida sin fatiga que posibilitan las cuatro ruedas. Alcanzamos también así a Alfredo y a Miguel. Miguel, con sus rodillas y pies hechos un cisco, es conminado a usar los servicios del coche escoba para hacer la bajada de la cuesta ya subida, pues parece peligroso para su integridad y bienestar el bajar aquella cuesta inclemente.
Llegados a la zona de la ermita, nos encontramos el domesticado entorno de una plataforma aplanada y pavimentada, con murete, acceso al agua y embarcadero, que junto con unas hermosas mesas de picnic para uso público, demuestran sin paliativos que aquello está orientado a la realización de festejos y romerías tanto como al uso comercial de canoas y piraguas y del bar, hoy cerrado.
Lo primero es lo primero y lo que primero aparecen son las casetas de los aseos públicos, tan deseados por algunos/as y que da pie a una pelea de Marga con el candado del garito de caballeros. Delegada plenipotenciaria del llavero y ama del calabozo, no consigue -sin embargo- hacerse con la apertura del candado del escusado de señores. Menos mal que el Topo, recuperada su calidad de tenedor de las llaves y abridor de puertas y cancelas, se consigue hacer con la técnica requerida para que un candado no se imponga a las vejigas de aquellos machotes -pero también meones- ya urgidos por la biología.
La visita a la ermita es una delicia, más quizá por lo fresco de su interior que por lo artístico en sí mismo. Es pequeñita y excavada en la misma roca y -se supone- hay una cascada en algún rincón de su interior. Pero aquella ni resuena ni se siente su humedad por parte alguna. Debe estar por otro lado.
Sí encontramos, sin embargo, una escalerita, oscura y algo sinuosa, que conduce hasta el coro. Ahí hay una campana con la que "alguna" nos hace disfrutar de un breve y vacilón campaneo. Lo fresquito y a gusto que se estaba dentro, por dios.
Mientras, el líder está a punto de asaltar lo que parece la sacristía en la búsqueda de la cascada o qué sé yo. Amo del inmenso llavero, se piensa que todas las puertas son el orégano del monte y va buscando y rebuscando cuál es la que le abrirá esa puerta recalcitrante.
Total, al final repara en que aquello puede ser, efectivamente, la sacristía de la capilla y que, por muy bueno y confiado que sea su interlocutor y muy confiables y honrados sus propósitos, no le van a dar acceso a donde se pudieran guardar enseres de más valor.
Por ello, se resuelve el asunto con unos nuevos cotilleos por otras puertas de las instalaciones. Las del bar, en concreto, que apesta un tanto a rancio, húmedo y con alguna cochambre -al parecer- por los comentarios realizados al respecto por el líder hacia Marga.
Ahí hacemos el montaje del aperitivo y el "afloje" de "la tela" para el sufragio del fasto en general. Son 40€, señoras y caballeros.
El aperitivo, que con este calor es bienvenido más que en ninguna otra ocasión, cumple con las expectativas de todos... casi. Alguna olvidó hacer su pedido de cerveza sin alcohol, con lo que se tiene que conformar con unos cuantos tragos de una alcohólica lata de Mahou.
La mesa es dispuesta con mantel y todo, en equipo, (menos "los privilegiados" que ganaron el concurso de rompecabezas y que pueden permitirse el lujo de permanecer sentados, mientras el resto del personal descarga y monta el tinglado) y cubierta con las ricas viandas y tapas con que nos deleita siempre nuestro querido organizador.
Damos cuenta rápida de la práctica totalidad de lo servido. Únicamente quedan los trozos "de cabecera" de las cuñas de queso que aunque gruesos, tienen la corteza sin quitar y la gente es algo vaguilla para mordisquear sus alrededores.
Luego, la foto grupal con el consabido choteo previo durante los ajustes de cámara que necesariamente se deben realizar y que solamente algunos comprenden -son minoría-. Un par de fotos para asegurar y ya está.

El regreso de la caminata
Contemplamos un poco más el maravilloso panorama desde la explanada y embarcadero de la ermita y procedemos a la recogida del material sobrante. Mientras, la salida de la tropa va realizándose paulatinamente, según los distintos grupos de voluntades y fuelles. Algunos pretenden realizar el camino de regreso completo, cuestas incluidas, y salen los primeros para ver si les da, tanto el fuelle, las piernas y el tiempo.
El líder avisa que, como vamos -como siempre- con el tiempo perjudicado por nuestras demoras acumuladas, irá haciendo pasadas "de vaivén" con su coche, llevando a los que lo requieran hasta sitios accesibles a sus -ya mermadas- capacidades o hasta el destino del aparcamiento junto a la presa. Y así, hasta que recoja a los últimos rezagados y sin opción a llegar a destino a pie y a punto.
Vamos pues recogiendo los desechos los últimos que, al menos, subiremos la cuesta y los que -decididamente- se muestran a favor del transporte "full travel".
La cuesta es enormemente empinada, pero corta. Afortunadamente. Con la excusa de hacer alguna foto desde la altura, voy haciendo "paradiñas" que me permiten fotografiar a la par que retomar el resuello, y no echar los bofes por la boca junto con el aperitivo reciente.
Juanra me acompaña en la subida al calvario, haciendo gala -una vez más- de su ser buena persona. Culminamos finalmente la inmensa rampa y el líder-escobero nos recoge para adelantarnos un tramito y que podamos realizar otro a pie, mientras él va recogiendo al resto por el camino, en este sinvivir de idas y venidas en que se ha metido, para garantizar el horario de comida previsto.
Alfredo ha manifestado su empeño en hacer todo el camino a pie y sale disparado, mientras los más limitados vamos a nuestro ritmo, disfrutando del paisaje y sufriendo el calor que, con la hora, ha ido "in crescendo". Al final, Josele tiene que claudicar y rendirse al estado de sus propias rodillas, esperando -a buen recaudo en una sombra- a que le toque el turno de "barrido".
En este ir y venir de Jose con su escoba, tiene que compartir el camino con una máquina desbrozadora y las varias personas del equipo humano acompañante, dando por saco a los trabajadores, que tienen que facilitarle el paso. También, hay que jorobarse, el horario para ponerse a desbrozar con todo este calor, es una idea genial. No sé quién les organiza la jornada, pero me parece una faena de poco aprecio por la integridad del personal, bregando con sus cascos y monos y con este calor.
La realidad del tiempo menguante nos asalta y la llegada a la presa la acabamos a lomos y tripas del "caballo de hierro" del líder. A Juanra, con eso de que es el más joven, flexible y deportista de la última "horneada" -y a causa también de su entrañable bonhomía- le toca en la "perrera" del coche -en el maletero- y, con todo el traqueteo por aquella pista, aunque fuera poco trecho, no sé cómo llegó íntegro a destino.
Allí, ya estaban algunas mozas esperando en los jardines del aparcamiento de la presa, entre flores y a la sombra de los hermosos árboles del lugar.
Un ratito breve de descanso y alguna foto desde la presa y salimos escopeteados para Buendía.

La comida
Tras el trasiego de personal y reunión en el aparcamiento, nos aprestamos a subir a los coches para llegar hasta Buendía y comer en la "Casa de las médicas", curioso nombre para un restaurante agradable de decoración, pero que en lo culinario... puede mejorar. Lo cierto es que las paletillas estaban un tanto recalentadas, no sé si por costumbre o necesidad derivada de nuestro retraso, pero mejorables, ya digo. Pensemos que la causa fuera nuestro retraso, en un concederles el beneficio de la duda.
La ensalada está buena y refrescante, el calabacín relleno, que parecía camuflado de berenjena, al decir de sus preferentes, estaba bueno también. Las paellas, suficientes, aparentemente, por la ausencia de mayores comentarios.
Algunas dudas sobre quién come qué, pues a pesar de que el organizador ha librado recientemente un mensaje con las comandas personalizadas, no parece que -como de costumbre- el personal se haya enterado o, al menos, lo recuerde. Gracias a los móviles, nos vamos poniendo al día de nuestros respectivos intereses gastronómicos -solicitados tiempo ha- para no alterar el protocolo del servicio de mesas.
En todo caso, y a pesar de los esfuerzos, al final la moza se lía un poquito con un plato que no sabe si le sobra o es que lleva mal la cuenta. Pero se sobrepone y, finalmente, todo queda cuadrado a la perfección, y cada uno con nuestros platos correspondientes.
Marga, en todo caso, hace honor a su inveterado hábito y estilo en lo gastronómico y el cordero le hace bola. Intenta hacerme un conjuro para que la libere de su exceso de producto, pero no trago; que bastante tengo con lo mío.
Esta vez no hay juegos durante la comida, cosa rara, y nuestro líder, organizador y escobero amigo, se da por satisfecho con el reto de los rompecabezas. Juego este en el que algunos han perseverado hasta resolver los entresijos del revoltillo de hierritos, pues han hecho causa de pundonor el resolver, al menos, uno.
Por lo demás, resulta una agradable comida entre amigos y con el plus del descanso tras la caminata y la solanera.
Vamos aliviando que la cita para la visita al pueblo está a la vuelta del segundero y no hay que retrasarse. Eso y que el organizador, que debe ausentarse más pronto que el resto, merced a algún compromiso o circunstancia personal, quiere poder visitar al menos el museo de la botica. Interés que tiene el muchacho por las drogas y potingues.

La visita al pueblo
Nos vamos para la "Tienda de la Virgen", que viene a ser como la oficina de turismo de la ermita que hemos visitado y en la que, como agradecimiento al libre acceso brindado y también como contribución a la causa del mantenimiento del lugar, deberíamos comprar alguna cosilla en tal establecimiento. Hubo que hacer un poco de esfuerzo, pues -ya se sabe- en un lugar así, de talante religioso-turístico-cañí, es complicado encontrar alguna baratija que sea compatible con el libre pensamiento en lo místico.
Cumplido el trámite y reunidos con Alberto, nuestro guía acompañante, nos fuimos para iniciar la visita a Buendía. Bueno, a unas pocas cosas de lo interesante del pueblo, que seguro que tiene más de lo que vimos.
Antes de nada, reconocerle a Alberto su amenidad y su disponibilidad para hacernos tan grata como ha sido la visita. Sus explicaciones han sido muy ilustrativas de lo que estábamos viendo, aportándonos detalles curiosos e históricos que nos han hecho entender y sentir, en alguna medida, aquellos tiempos pasados de la historia de Buendía.
La primera visita es al Museo de la Botica, un lugar de tiempo no tan remoto, pero cargado de historias que nos cuenta Alberto, sobre los orígenes de muchas expresiones usuales, que vienen de aspectos relacionados con determinadas prácticas curativas y de la aplicación de algunos remedios. Tanto, que Silvia, que es del gremio farmacéutico, comenta que esas cosas no se las habían contado a ella en la carrera.
En el despacho, hay multitud de "albarelos", tarros típicos para el almacenamiento de las materias primas de la farmacopea, organizados en las estanterías de las alacenas que cubren sus paredes. La mesa está profusamente cubierta los diversos utensilios, libros de preparaciones magistrales para los enfermos y más piezas de las usadas por los boticarios en aquellos tiempos. También visitamos el obrador, que era donde se preparaban los "potingues" a partir de fórmulas y productos allí almacenados.
Nuestro líder y organizador se despide aquí del grupo por causa de esos quehaceres que lo obligan a volver con precisión a Madrid.
Visitamos a continuación la biblioteca local, principalmente dedicada a la literatura infantil y a los talleres que allí se organizan para ellos.
Luego pasamos a visitar la Iglesia de Nuestra Señora de La Asunción, que sorprende por sus dimensiones, especialmente las interiores, que no se llegan a apreciar hasta que no entras en ella. Aquí, Alberto nos ilustra con determinados usos sociales del pasado histórico en cuanto al acceso al templo, según fueras hombre, mujer, neonato... o sacristán.
Podemos pasar por detrás del altar mayor para contemplar el retablo y recibir nuevas precisiones sobre datos curiosos además de históricos.
Y, para finalizar la visita, permite que los más osados accedan hasta el campanario de la iglesia, subiendo esos ochenta y pico escalones de la torre que llevan hasta el emplazamiento de las campanas, bastante deteriorado y, quizá, un tanto inseguro para andar por allí, debido al estado de los suelos y demás. Eso no quita para que Juanra haga de improvisado campanero, dándole un "capón" a la campana para ver si conseguía interpretar el ángelus.
De allí nos fuimos hasta el museo del carro, con una interesante colección de carruajes de diversos tipos de los tiempos de Maricastaña. Estos carruajes son todos originarios de Buendía y han sido restaurados por mujeres de allí mismo, todo un logro.
Nos va explicando sobre los distintos carros y sus usos y propietarios, con anécdotas sobre alguno de ellos en el que el conductor acababa siempre apeado del pescante, escaso y situado en un lado, por fuera de las varas, lo que propiciaba que lo perdieran con cierta frecuencia, al parecer.
Otros como una tartana, o un carro enorme para el transporte de mercancías y tirado por bueyes, un carricoche para el transporte de viajeros que empleaba ¡ocho días! para el traslado a Madrid. En él, y a modo de demostración sobre su comodidad, permite que se suban algunas osadas para, después, empezar a agitarlo arriba y abajo para comprobar que, efectivamente, el sistema de ballestas amortigua mucho más de lo que parece y que Alberto está hecho un titán, a la vista de cómo sacudía aquello para emular las irregularidades de un camino muy irregular. Todo un portento.
Acabada la exhibición y antes de apearse, Marga se arranca en plan Marisol (hoy Pepa Flores) con los compases iniciales de "Corre, corre caballito" que, los que tenemos ya una antigüedad de carnet, conocemos y rememoramos perfectamente. Toda una exhibición de buen oído, porque se arrancó perfectamente por el tono alto y correcto de la canción, que es bastante complicado acertar. Un aplauso enfervorizado para la cantante (Existe constancia gráfica en video de ambas circunstancias).
La carcoma venía como troyano oculto en uno de los carros más atractivos y ha hecho mella, aparte de en éste, también en otros de los que allí se exhiben. Estos bichos saltan y se han pasado a parasitar algún otro carruaje. Los tratan con gasoil en sus orificios y los vendan para evitar que se propaguen y hacerles más fácil el paso al nirvana de las carcomas. Parece que de momento lo tienen controlado, afortunadamente para los visitantes y tristemente para las carcomas, que mejor hubieran hecho en desviar sus apetitos madereros a algún tronco viejo e inútil.
Todos los carros son, o fueron, de propietarios vecinos de Buendía, aunque, según la anécdota explicada por el buen Alberto, el carricoche del médico pasó a manos foráneas merced a una fatídica partida de póquer perdida por el propietario.
También, aunque no tenga nada que ver con los carros, tienen allí la maquinaria del antiguo reloj de la torre, en perfecto estado de conservación aparente.
Para terminar, Alberto nos pide realizar una foto grupal y otra en un selfie con él mismo, para adornar y alimentar sus redes sociales, a lo que accedemos dos veces hasta que encontramos el adecuado entorno y distribución del personal.
Luego, amable, nos acompaña hasta la ubicación de los coches, aparcados en una plaza próxima pero que, debido a las diversas vueltas dadas por las calles del pueblo en nuestra visita, nos hemos desorientado un tanto.

El regreso
Allí nos despedimos de él y entre nosotros, pues ya de allí cada uno regresa a su olivo. Como el Palomino macho se ha tenido que ir antes, las Palomino hembras deben regresar con Juanra, Amelia y conmigo mismo, pero -por aquello de que le viene mejor a la mujer otra opción en sus transbordos- Amelia se vuelve con Silvia, Mery y Marga. Todo sea por desarreglar la perfecta organización de nuestro querido líder.
Al llegar nuestro convoy a la estación del AVE para recoger mi coche y hacer el intercambio de enseres, continuando desde allí ya en mi coche y acompañado por Doña Ana y Doña Inés, Juanra se encuentra el libro de Emilio, del que no me he acordado al final para habérselo dado al Líder, y se lo queda finalmente Inés como nueva lectora, que me lo ha pedido con interés. Queda pues bajo sus ojos y su custodia.
Como no he podido decir nada hasta ahora del libro, diré solamente que es bastante entretenido, para no destriparlo, y que merece la lectura. Y, también, que de él podría sacarse tema para el guión de una película, con opción a ser una comedia o un thriller o ambas. Enhorabuena, Emilio! Tus habilidades como escritor quedan confirmadas.
Y con esto termina este relato del día, una buena jornada en Buendía (obsérvese el astuto juego de palabras) que se inició con un fabuloso atasco y terminó felizmente para todos. ¡Nos vemos en la próxima!

PD Gracias a todos por vuestras aportaciones fotográficas para la documentación de esta crónica.