Para
el final de la parte acuática me he dejado lo
mejor, el inigualable Bajón, ese volcán
sumergido que hace las delicias de todo aquel que bucea
en su contorno y que disfruta de sus impresionantes
cortados donde la vista se pierde en lo más oscuro
sin llegar a adivinar el fondo. No hemos visto en esta
ocasión su mejor cara, pero aún así,
no deja de ser espectacular. La vida a su alrededor
fluye por todas partes y los meros de gran tamaño
se pasean a nuestro alrededor, alguno incluso se permite
el lujo de frotarse contra nuestra mano si se la ofrecemos.
También hay que decir que lo bueno cuesta y en
alguna ocasión la corriente en la superficie
y el mar de fondo nos jugó alguna mala pasada,
haciendo que saliéramos con varios dolores de
cabeza de diferente consideración, estómagos
revueltos y mucho cansancio. El destino quiso que dos
de los episodios más significativos del viaje
se produjeran en este enigmático lugar. El primero
de ellos fue el protagonizado por Virgi, la Pulga de
Cazorla, que se vio sorprendida por la zozobra del mar
de fondo e hizo una de las mejores croquetas acuáticas
que se recuerdan, eso sí, sin tocar el cráter
del volcán en ni un solo momento, ante la mirada
atónita de su compañero Dino y la sorpresa
desternillante del que suscribe. A partir de entonces
la Pulga viene mayormente siendo conocida como... la
Croqueta de La Restinga.
El
segundo episodio se hizo de rogar y nos pilló
casi por sorpresa en el último día de
inmersiones, aún con las legañas del último
madrugón, nos encontrábamos dando de nuevo
una vueltecita por las paredes del volcán a unos
25 metros de profundidad, más o menos a la mitad
del recorrido, cuando unas sombras aparecieron a nuestra
retaguardia, dos majestuosas mantas diablo, de unos
3 metros de envergadura cada una, nos sobrevolaron jugando
con nuestra burbujas en una cota de 5 metros de la superficie.
Os podéis imaginar el revuelo que se organizó
y los globos que hicimos, con prudencia, para acercarnos
lo más posible a la superficie. Fueron 2 minutos
inolvidables, para la mayoría de los presentes
era la primera vez que podían disfrutar de esa
visión tantas veces perseguida. Fue una lástima
no haberlas podido ver más cerca y con más
nitidez. Aunque no vamos a quejarnos, pues desgraciadamente,
no todos los buzos de la expedición pudieron
compartir con nosotros esta emocionante visión.
Ésta, y la imposibilidad de bautizarse en el
agua de Tris y de Vanesa fueron las únicas notas
tristes de nuestras inmersiones.
Pero
todo no iba a ser bucear, ¿verdad?. Las comidas
las hicimos todos los días en la Zumería,
el dueño, Dimas, nos alimentó considerablemente
por un módico precio. Las cenas fueron más
variopintas y tuvimos de todo; caseras, de pescado,
con el Johny -teniendo que descolgar mesas de nuestro
apartamento por el balcón con una cuerda para
que pudiéramos cenar los 24 la última
noche que invitamos a cenar a Iñaki, Vanesa y
Enric- , pero las más peculiares fueron las que
nos organizó nuestro Guiputxi con su amigo el
de la pizzería, solo los que estuvimos allí
podemos saber lo que se siente esperando horas y horas
a que te traigan la cena, pero eso si, sin que los camareros
perdieran la sonrisa ni un solo momento, todo sea por
que la comida era buena y el tiramisú no digamos.
A
mitad de semana, llegó el esperado día
de turismo que sacaría a M.Carmen, Tris, Mendoza
y Vanesa de su ocupación favorita, su deporte
no fue el buceo, se doctoraron en la práctica
de circunvalar con su dedo índice sus respectivos
ombligos. El caso es que a las 9 de la mañana
los 22 estábamos dentro del autobús con
nuestro picnic de viaje que nos había preparado
Dimas; croquetas, ensaladilla, bocata de tortilla con
jamón y queso y una manzanita. El postre se encargó
de prepararlo M.Carmen que nos sorprendió con
un par de cacerolas llenas de sabrosas torrijas, menuda
guerra teníamos para hacernos con las que sobraron,
que no fueron muchas.
Durante
la mañana visitamos un plano de la isla hecho
con maderas del pinar en la Hoya del Morcillo. Después,
fuimos al santuario de la Virgen, donde abandonamos
la comodidad del autobús para encaminarnos, a
pie, hacia el Mirador de los Bascos, que sigue teniendo
unas impresionantes vistas del golfo, el paseo hasta
allí de casi 4 km mereció la pena, lástima
que con el trote cochinero de abuelitos paseantes por
el Retiro que llevábamos se nos echó la
hora encima y la visita al Sabinar, con sus retorcidos
árboles, duró solo unos instantes. La
vuelta, a pesar de ser cuesta arriba se hizo más
ligera y con una hora de retraso volvimos a ponernos
en carretera, para disfrutar de las vistas de la punta
más al oeste de nuestra tierra patria. La desolación
que provocaron, otrora, en el paisaje los ríos
de lava que cubren todo, hacen de toda esa zona de una
belleza especial. Destrucción=Belleza, es una
igualdad difícil de combinar... pero posible.
Pasamos por la puerta del Pozo de la Salud pero ya no
podíamos parar a verlo, será en otra ocasión,
para 10 minutos más tarde recalar en la Maceta,
una especie de piscina natural en pleno mar, lugar de
asueto de los pobladores de Frontera. Allí, todo
el que no se había comido antes por el camino
el picnic pudo acabar con él, con el magnífico
remate de las torrijas de M.Carmen. Los más valientes
se decidieron a bajar a probar la temperatura del agua
y gran parte de la expedición pasó la
siesta a remojo jugando con las fuertes olas que impactaban
en la pared artificial que hacía de muro de contención
de la piscina. No podemos dejar pasar por alto el espectáculo
ofrecido por Fede, que aún con menoscabo de su
integridad física nos ofreció un numerito
circense en el resbaladizo borde digno del mejor equilibrista.
Gracias Fede, por esos momentos de amplias carcajadas,
culos doloridos y codos sangrantes. Tu dolor fue alegría
desatada de otros, eso es amor a la expedición
y no el numerito ridículo de bilbaíno
venido a menos del Guiputxi gritando como una niña,
cada vez que le salpicaba una gota de agua.
Una
vez sequitos todos por la tibieza del sol comenzamos
el recorrido vespertino, que nos llevó a los
Roques del Salmor a ver el hotel más pequeño
del mundo. De allí nos dirigimos al Pozo de las
Calcosas, donde conocimos a un lugareño llamado
Juan que nos contó la forma de irnos a vivir
allí para subsistir del cuento. El tamaño
del autobús nos impidió hacer la visita
a los rompeolas del Charco Manso y al árbol Santo
Garoe. Espero que los podáis visitar en un futuro,
si como es normal, decidís volver por la isla.
El restaurante de Cesar Manrique en el mirador de la
Peña dejó asombrados a la mayoría
y un regusto triste por no poder quedarse allí
a comer o cenar tranquilamente con esas vistas tan incomparables.
Más de uno tomó nota del lugar y seguro
que volverá. El último lugar que pudimos
visitar fue el mirador de la Jinama, pero desafortunadamente
un banquito de nubes, las únicas que tuvimos
durante el soleado día, nos impidieron ver unas
vistas tan espectaculares como las del mirador de los
Bascos, pero desde la punta contraria insular. Allí
terminó nuestro día de turismo, una horita
más tarde llegábamos de nuevo a La Restinga.
La
verdad es que la actividad nocturna no fue muy considerable
durante toda la semana, la expedición, consciente
del recogimiento y el control que debía tenerse
en esos santos días, no se destacó por
grandes homenajes, no se pasó de algún
que otro merengazo desperdigado, desastre de chicos
que llevábamos que permitían que las chicas
tuvieran que bailar entre ellas, y de algún que
otro peloti, siempre liderado por Oli, el más
despierto a esas horas. No podemos pasar por alto la
aportación que hizo a nuestras salidas nocturnas
la presencia de "La Mantelina", personaje
misterioso y truculento que se paseaba constantemente
por las cercanías de nuestro grupo. No supimos
discernir a por cual de las churris del grupo apuntaba,
quedará para la leyenda. Aunque los que, si apuntaban
pero bien, fueron Johny en su tradicional persecución
a Lidia y Berto, el lotero-cabrero que suspiraba por
los rizos de Vanesa. Juan Carlos y Berto llegaron a
un acuerdo para el trueque pero la intervención
de M.Carmen dio al traste con la operación.
Capítulo
aparte tiene el unihockey... el uni ¿que?, como
decía la mayoría antes de conocerlo. En
un principio nadie se atrevía a probarlo por
miedo a hacer el ridículo y al final no había
forma de quitarle el palo a la gente para que dejara
de jugar, hasta les virlamos el campo de fútbol
a los mozos del lugar que nos miraban con recelo esperando
a que termináramos. Hicimos una primera toma
de contacto en la plaza del pueblo, un reducido grupo,
una de las mañana libres que tuvimos, la expectación
en los lugareños fue grande, pero creo que era
más porque la mayoría eran jugadoras y
además se habían quitado las camisetas,
turgencias y cuerpos hembrunos sudorosos no suelen verse
por esos lares. Lástima que el espectáculo
de juego no acompañara a esos cuerpos semidesnudos
ya que los equipos se enfrascaron en una guerra sucia
constante de marrullerías y pillaje. El
aperitivo sirvió para preparar la batalla campal
que organizamos en la última tarde de nuestra
estancia en El Hierro, ante la imposibilidad de bucear,
se montó un partido, o mejor dicho una gresca
barriobajera entre "mingas" y "potorros".
Santo cielo, que falta de calidad, solo el árbitro
estuvo a la altura. Los palos parecían guadañas
y era imposible ver alguien conduciendo una bola sin
recibir como 4 o 5 golpes a la vez, pero no solo del
rival, hasta de sus propios compañeros. Lo más
increíble de todo es que milagrosamente nadie
salió lesionado del evento, DIOS EXISTE. Lo bueno
es que lo pasamos bastante bien, incluso nos quedamos
cortos de palos para que jugara más gente, hasta
Iñaki y Enric hicieron sus pinitos. La victoria
se decantó por el equipo de los "potorros",
aunque fueron muy sospechosas las amenazas soterradas
que se veían hacer a las churris cada vez que
se acercaban a sus correspondientes parejas.
Como
le ocurrió a Marco cuando su madre se marchó
a los Andes de inmigrante ilegal, la tristeza llegó
a nuestro corazón, era el momento de partir,
otra vez con nuestro picnic en la mano y las maletas
en el autobús, nos despedimos de Iñaki
y Vanesa entre lágrimas de pena, exaltación
de la amistad y cantos regionales. Como suele acontecer
en estos casos, mientras el bús salía
del pueblo, con algo de retraso, observamos como el
Mar de las Calmas volvía a hacer honor a su nombre
y su tranquilidad nos invitaba a no marcharnos. Pero
todos a una consideramos que era más importante
finalizar esta aventura para que pudiera empezar otra
más adelante. El
episodio en el parking de Barajas con el coche de Oli
y el atentado nocturno al líder fueron muy graciosos,
pero eso... eso es otra historia.... Página
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