ERASE UNA VEZ EL HIERRO EN SEMANA SANTA...
Otra
aventura más para contar a los nietos, como pasa
el tiempo, parece que fue ayer cuando la gente tenía
que arriesgarse y apuntarse a un viajecito con más
de 4 meses de antelación, que lejos queda ya
ese mes de noviembre. ¿Habrá merecido
la pena?, seguro que si se lo preguntas a cualquiera
de los que fueron, excepto a la pobre Camino, que nos
tuvo que abandonar a mitad de viaje por una pequeña
perforación en el oído (gracias a ella
hemos comprobado un caso de bloqueo inverso), te dirán
que se lo han pasado bien y que ha merecido la pena.
Bueno, siempre habrá gente que se lo ha pasado
mejor que otra y que lo haya disfrutado más.
Siempre
es una incógnita saber como va a funcionar un grupo
de tanta gente durante una larga semana. Creo que la mejor
forma de ver una muestra son las muchas fotos que vais
a poder ver en esta crónica, pero no os dejéis
engañar, que seguro que a pesar del jolgorio y
la camaradería aparente seguro que nos hemos puesto
a parir por lo bajini los unos a los otros, que si perdemos
el bus por los meones, que cuando parará el líder
de dar la brasa, que mira que michelines tiene esa, que
mira aquel que no ha cargado una botella en toda la semana,
que no eran tan grandes las mantas, que los de Bilbao
son gays, tantas y tantas cosas…
Todo
empezó con un madrugón, preludio de todos
los que vendrían en aras del buen buceo de primeras
horas de la mañana, para coger el avión
que nos llevaría a Tenerife Norte. Todos puntuales,
incluso algunos llegaron antes de las 06:30, como se nota
que los cuerpos están más dispuestos para
madrugar en vacaciones que para ir a trabajar. Aún
así los estragos producidos podéis verlos
en la segunda columna de la izquierda, la tensión
del comienzo del viaje no impidió a la mayoría
ir sobado todo el camino, y ahora como ya no te dan el
desayuno en el avión no te despiertas ni para eso.
La
primera prueba la pasamos con éxito, ni una sola
maleta de los 20 que volábamos se extravió
y en cuestión de minutos, contra pronóstico,
estábamos con las maletas facturadas en el vuelo
de Binter a El Hierro y con 3 horitas por delante para
turistear por la zona. Gracias a un par de meones, cuyo
nombre no voy a pronunciar, perdimos el autobús
que nos iba a llevar a dar un paseo por la Laguna, este
primer inconveniente no frenó nuestro ímpetu
y con una flota entera de taxis para nosotros nos dirigimos
a nuestro destino, no sin antes vitorear por todo lo alto
a los causantes del cambio de transporte. Después
de un bonito paseo por el casco histórico de la
población, recreándonos en algún
florido claustro, regresamos de nuevo en taxis, -será
por dinero-, hacia el aeropuerto con la sensación
de haber aprovechado bien, en un lugar pintoresco, esas
horas que en circunstancias normales hubieran sido de
aburrida espera, viendo deambular pasajeros de arriba
abajo.
Antes
de proceder al embarque del grupo, la expedición
fue dejando amigos por doquier, en el restaurante que
hay en el piso de arriba del aeropuerto los camareros
derramaron lágrimas de tristeza tras nuestra marcha
profiriendo gritos de NO VOLVAIS POR AQUÍ… sin
pasar a visitarnos (aunque estas últimas palabras
son las que intuimos a entender entre sus dientes). Regocijados
ante los agasajos de los posaderos lugareños procedimos
a embarcar. Gracias a Fede y a su pericia en Barajas para
camuflar un cuchillo de monte de matar mamuts en su equipaje
de mano pudimos comprobar que la seguridad de Los Rodeos
es más exigente que la de la terminal madrileña.
Fue muy gracioso ver la cara de la Guardia Civil cuando
Fede saco el sable de la mochila. El encanto natural de
Dupont con un guiño encandilatorio dejó
sin defensas a la benemérita que simplemente se
quedó con el alfanje en recuerdo de ese fugaz encuentro.
Casi
reventamos el avioncito de juguete que nos llevó
hasta el aeropuerto de Valverde, por la megafonía
el comandante nos pidió disculpas por el leve retraso,
1200 kilos de equipaje que cargar eran demasiados, claro
que la mayoría de esos kilos eran de nuestros maletones
de buceo, por lo que fuimos bastante comprensivos a la
vez que disimulábamos mirando para otro lado. El
comandante demostró su pericia en el aterrizaje
al lanzar un par de anclas que nos frenaron justo antes
de terminar la pista, evitando que empezáramos
a bucear antes de tiempo. Una vez recuperado el equipaje
y amontonado en la maleta del autobús nos pusimos
en camino de La Restinga. Una horita de paisaje e ilusión
por todo lo que se nos avecinaba. El tiempo pasó
rápido mientras intentábamos entender las
cosas que nos decía Juan, el conductor, un guanche
autóctono del Pinar, que no había Dios que
le comprendiera.
Después
de un largo día de viajes estábamos por
fin en el pueblecito buceo-pesquero de La Restinga, con
la agradable Vanesa, esperándonos para darnos las
llaves de los respectivos apartamentos y para contarnos
el procedimiento que deberíamos seguir para adecuarnos
al funcionamiento del centro de buceo. Cada grupo se alojó
en su madriguera, sin más asunto que reseñar
que uno de los grupos impresionado por la magnificencia
de la suite que le había tocado en suerte solicitó
su traslado a un alojamiento más modesto, lo que
da una idea de la humildad y el saber estar de los intrépidos
expedicionarios no queriendo alardear ni ser tratados
con deferencias especiales.
La
tarde fue un constante devenir entre el supermercado,
y el centro de buceo, en el primero hicimos acopio de
cenas y desayunos y en el segundo rellenamos la documentación
y dejamos los equipos preparados, velando armas para la
batalla que empezaría el día siguiente.
Para entonces todo el mundo ya conocía a Iñaki
y a Vanesa, los dueños del centro de buceo que
sufren nuestra invasión año tras año
con resignación.
Aún
nos quedaba un último capítulo en este interminable
día de comienzo, el inevitable briefing del día
previo a las inmersiones, no sin antes haber dado buena
cuenta de cientos de pizzas y arepas que aplacaron las
hambres existentes. La algarabía reinante de los
buzos deseosos de escuchar las arengas buceadoras para
los siguientes días tuvieron que esperar un poco,
ya que aparecieron los últimos integrantes del
grupo que aún faltaban por llegar, Tris y Juan
Luis que venían del puerto de la Estaca. Ya estábamos
los 22. Fue impresionante el silencio sepulcral con el
que la gente escuchaba el briefing, lo nunca visto, tal
era la concentración en las instrucciones que hasta
algunos cerraban los ojos de placer y otros ladeaban sus
cabezas como si el éxtasis recorriera sus cuerpos
entregados. Tanto disfrutaron que a la mayoría
ya se les había olvidado todo al día siguiente
de tanto placer recibido. Si alguien quiere el documento
informativo donde se enumeran los puntos tratados la organización
estará encantada de remitirlos.
Me
acaba de llegar un mensaje al móvil de Miguel,
diciendo que se le olvidó invitarnos a la cena
y a unos copazos por la celebración que le dispensamos
esa noche por su cumpleaños. Dice que el año
que viene la invitación será doble y que
si no que se afeita la barba.
Empieza
la vorágine, primer madrugón y los inevitables
primeros nervios acumulados, primera salida del año,
en el mítico Hierro, con una inmersión doble,
con compañeros semidesconocidos, todo un reto para
estómagos repletos de desayuno y biodramina. En
general el denominador común de todas las inmersiones
fue la reducida visibilidad, a diferencia de la que se
suele disfrutar en verano por esta zona y que es una de
las cosas más llamativas de los puntos de inmersión
de esta isla. Además la temperatura de 19 grados
que tenía el agua, más fría de lo
habitual, redujo la cantidad de vida que se suele ver
con algo más de calor. Aún así, la
cantidad de organismos pelágicos es muy abundante
y muy superior a la que se pueda ver en cualquier zona
del litoral peninsular. Se echa un poco en falta algo
más de la variedad de la vida bentónica,
pegada al sustrato, de la costa mediterránea, alguna
cueva y sobre todo algún pecio.
Tuvimos
inmersiones de todo tipo, desde tranquilas dentro del
puerto hasta inmersiones de combate, en lucha con la corriente
de superficie, pero sobre todo, el continuo mar de fondo
que nos hacía bailar de un lado a otro y las constantes
ganas de hacer pis de todo el mundo, era gracioso contemplar
las caras de felicidad de la gente cuando conseguía
evacuar. No pudimos hacer nocturna ya que la visibilidad
en el puerto era muy reducida como para ello, el movimiento
del mar en jornadas previas y las obras que están
haciendo para resguardar más el puerto, ampliando
el paseo marítimo, dejaron muchas partículas
en suspensión. Lo más sorprendente fue la
dificultad para realizar inmersiones en el Mar de las
Calmas, lugar que como dice su nombre es un seguro de
tranquilidad, pero que en esta ocasión por los
vientos del sur, poco habituales, solo nos permitió
hacer unas mínimas inmersiones en el Desierto para
ver a nuestro querido Pancho, - que cada día se
muestra más confiado y nos acompaña durante
toda la inmersión a escasos centímetros
de nuestras máscaras-, en Tacorón y en la
Herradura.
Por
contra, lo bueno fue que algunos que ya hemos estado allí
varios años pudimos bucear en la desconocida, para
nosotros, parte este de la isla, zona que ya no pertenece
a la reserva pero que la mayor parte del año esta
azotada por grandes corrientes y fuertes vientos. Baja
Bocarones, Barco Chino, el Veril, Baja Fría, el
Río, Roque la Mar y el Rincón fueron algunas
de las inmersiones que allí hicimos, solo nos faltó
llegar al roque de la Bonanza. Pudimos ver mantelinas,
chopas, morenas, chuchos, torpedos, langostas, jureles,
medusas, carmelitas, budas bilbaínos, meros, abades,
globos aerostáticos que subían y bajaban
hasta reptar por el suelo, tamboriles, trompetas, gallos,
hasta corrieron rumores que en el grupo alguien llegó
a ver un angelote de un metro, pero no hagáis mucho
caso porque solo lo vio una persona y eso entonces no
cuenta, aunque fuera perfecto como origen del saludo que
ya nos acompañó a todos durante el resto
del viaje, mano a la frente en señal de tiburón,
de ahí el famoso saludo escualo.
|