LA
IRENE, EL PASTEL DE LA AMELIA, EL TROPIEZO
Y LOS EMPANIZADOS.
El
noveno viaje Oceánico, como siempre,
nos ha deparado todo tipo de aventuras y
al final hemos regresado más o menos
enteros y con algunas cosillas que contar.
Por lo que sin más dilación
vamos con el detalle de nuestras andanzas.
Pero de entrada, este pequeño trailer...
CRUZAMOS
EL CHARCO.
Empecemos
por el comienzo que como siempre, como en
todos los viajes oceánicos, comienza
en Barajas. Y
la primera se la adjudicamos al clan de
los Elvira, que no se les ocurre otra que
para evitar la bronca de llegar tarde decir
que le han cascado una multa por exceso
de velocidad. Como estamos empezando el
viaje hemos puesto cara de canelos y hemos
hecho como que nos lo hemos creído.
Eso sí, de ser cierto, ya llevan
implícito el castigo.
Tras
esto empezamos los trámites de facturación
acompañados del hermano de Cris,
Marcos, que nos ameniza el tiempo de espera
haciendo juegos malabares. Después
nos despedimos de él compungidos
por la lacrimógena despedida entre
hermanos. En la reunión preoceánica
se marcaron dos únicas y claras directrices:
no olvidar el pasaporte y no beligerar con
las autoridades aduaneras. La primera perfecta,
pero la segunda … El primer guarda con el
que se encuentra mi hermana, se enfrasca
en una batalla verbal porque le dice que
se tiene que quitar los zapatos para pasar
por el arco de seguridad. A esta en América
me la repatrían. Y por si fuera poco
continuamos con el siguiente show del Elvirita,
que no se le ocurre que traerse la caja
de herramientas de su padre dentro del equipaje
de mano. Tras media hora de espera sólo
quedaron las bridas del 5 y del 7 y el estuche
que el interfecto se guardó como
recuerdo de tremenda canelada. El
vuelo fue tranquilo y menos pesado de lo
esperado aunque para pesados nuestros estómagos,
pues tuvimos que comernos toda la comida
que llevábamos para que no nos la
quitaran los “simpáticos” aduaneros
yanquis. Ahí empezó el tapón
de Jarka. Ya
en tierra volvimos a comprobar que sigue
estando en libertad un cabrón llamado
José Luis Jiménez y por el
que me volvieron a meter en el cuartito.
Pero en esta ocasión no fueron 10
minutitos como el año pasado. La
bromita fue de más de una hora. Mientras
que el resto de expedicionarios desde de
la puerta del cuartito se partían
el culo y discutían por quién
sustituiría al líder caído.
Pero todo se arregló cuando Cristinita
trincó de la pechera a uno de los
polizontes y al grito de “Soy de la tierra
y exijo la liberación inmediata del
sospechoso con razón o sin ella!!”.
Dicho y hecho, liberación inmediata.
Alá es grande y Cristina es su profeta.
Y todos a la carrera a coger el siguiente
vuelo que ya íbamos justitos de tiempo.
Después de 10 horas de vuelos y 3
de escalas aterrizamos en Toronto. Luego
recogimos la furgoneta y nos pusimos en
marcha. Una hora de viaje más tarde
camino de Niágara paramos a dormir
en Hamilton para terminar el larguísimo
primer día.
Cuando
ya todos pensábamos sólo en
descansar irrumpió una nueva protagonista.
Quién podía pensar que tras
esa sensibilidad y delicadeza, la Cajina
escondía un tremendo camionero. Menos
mal que sólo fueron 5 minutos de
gloria. Pero qué 5 minutos!!! Almu
y yo tuvimos que sujetarnos a la cama para
no ser engullidos por las fuerzas eólicas
provenientes de los ronquidos brutales de
tamaña princesita. Pero siempre,
tras la tempestad viene la calma, y pude
regresar del suelo del cuarto de baño
en el que me tuve que refugiar con mi edredón
y mi almohada para volver a la cama.
NIÁGARA.
Comenzamos
el primer día en Canadá y
lo primero que hacemos es apretarnos un
buen desayuno en el que tengo que pedir
otra ración de tarta coconut cream
porque la voracidad del resto de expedicionarios
me deja la porción tiritando. Pero
qué buena está la puñetera
tarta. Canadá es carísimo
y el desayuno nos cuesta el doble de lo
presupuestado. Visitamos Niágara
on the Lake. Un pueblecito que está
a media hora de las cataratas que es lo
más repipi que te puedes imaginar.
Con casas coloniales por todas partes y
cientos de jardines llenos de florecillas
de colores y jubilados. La resistencia varonil
a nos detenernos en el pueblo fue fácilmente
doblegada por las hordas femeninas que exigían
pasear por aquellas calles de pastel. A
Reyi se le picaron varias muelas y a mí
me dieron varias arcadas. Continuamos el
viaje remontando el río Niágara
hasta llegar a las cataratas, que como no
podía ser de otra forma resultan
espectaculares: de forma positiva las cataratas
en sí y de forma negativa la charlotada
de ciudad que se ha creado alrededor de
ellas. Que es como unas Vegas pequeñito
de cartón piedra. Hicimos la clásica
turistada pero inevitable de coger el barquito
que te lleva casi hasta la caída
de la catarata para ponerte hasta arriba
de agua, entre otros cientos de turistas.
Aquello parecía una convención
de los pitufos, todo el mundo embutido en
el chubasquero azul que te daban con la
entrada. A mi modo de ver lo mejor de la
visita es la pasarela que te deja justo
frente a la parte alta de la catarata. Eso
fue todo en las Niágara Falls pero
que no se puede dejar de ver. Una horita
nos costó cruzar la frontera en Búfalo
para pasar a territorio estadounidense y
contra pronóstico cuando pensábamos
que otra ver me iban a meter en el cuartito
nos dejaron pasar sin problema. Por allí
estuvimos comiendo donde nos apretamos nuestra
primer hamburguesa aderezada con una ensalada
de tortas, las que no paró de darme
Almu cada vez que miraba a la pedazo de
camarera que nos sirvió. Esa sí
que era una buena hamburguesa. Continuamos
el camino bordeando el enorme lago Erie
pasando por todos los pueblitos costeros
para embebernos de las peculiaridades de
este tipo de cultura. Cristina quiso deleitarles
con una pizca de nuestra cultura y dio pases
toreros a diestro y siniestro arrancando
los vítores de los enfervorizados
habitantes del lugar. Cuando cayó
la noche pasamos por Cleveland sin detenernos
para a las pocas horas llegar a nuestro
hotel en Cedar Point. Nadie quería
cenar, pero cuando Cris sacó una
cajita de muffins (magdalenas americanas)
que había almacenado como una hormiguita
para que le sirviera de desayuno durante
todo el viaje, todos se abalanzaron cual
zombies tras un pedazo de carne y no le
dejaron ni las migas y eso que no querían
cenar. Con la barriga llena todos a dormir.
CEDAR
POINT.
Al
día siguiente nos dividimos en dos
grupos; las gallinitas Kokoriko y los amantes
de la adrenalina extrema. Menuda mañanita
de sube y baja. Almu, Jarka, Manu, Reyi
y yo, tras escuchar el himno americano que
daba apertura al parque a las 9 de la mañana
estuvimos hasta las 3 de la tarde sin parar
de montar en todas y cada una de las montañas
más importantes del parque. Almu
tuvo ya suficiente emoción con el
himno nacional y se separó del grupo
para tomárselo con más tranquilidad.
El resto empezamos a lo bestia: Milenium,
Maverick y, sobre todo, Draster, son nombres
que ya no se nos van a olvidar. Menudo pasote.
Fueron las tres mejores montañas
de todas. Del subidón que pillamos
cuando terminamos de ellas del bajón
que nos entró hasta a Reyi se le
cayó la tensión por los suelos
y tuvo que recuperarse a base de chocolatinas.
Nos gustaron tanto que decidimos dejar allí
un pequeño regalo en sacrificio y
en una de las volteretas dejar por algún
lugar de la atracción diseminada
mis gafas de ver que guardaba en una funda
en el bolsillo del pantalón. Tranquilos
que siempre llevo otras de repuesto. Cristina
y Amelia se quedaron rascándose el
ombligo en la piscina del hotel. Los Ángeles
de Charlie llegaron a media mañana
y se lo recorrieron entero pero evitando
las montañas. A las 3 y media pusimos
rumbo de nuevo a Canadá. Al poquito
de salir de Cedar Point paramos a comer
y después de postre paramos en un
gran puesto de frutas. A la media hora de
haber dejado aquel puesto nos dice mi hermana
Inés que se ha dejado en el mostrador
sus gafas de sol de Carolina Herrera y venga,
a regresar a la tiendita. Todos pensábamos
que en Canadá la gente era honrada
y que las recuperaríamos, pero cuando
llegamos allí nadie sabía
nada de ellas. Retomamos el camino entre
las condolencias a Inés por su pérdida
y exabruptos a los desalmados y chorizos
canadienses que habían esquilmado
a mi pobrecita hermana, y gracias a su carita
de pobrecita evitó que la lapidáramos
cuando descubrió que las dichosas
gafitas estaban en el suelo debajo de su
asiento del coche. Pensábamos que
el cruce de frontera iba a ser más
tranquilo y que en esta ocasión a
mí no me iban a meter en el cuartito.
Si es que no se puede uno relajar. En esta
ocasión, al cuartito todos. Que eso
de entrar y salir al país en tan
corto espacio de tiempo les debió
parecer algo sospechoso. Pero vamos, unas
cuantas caiditas de ojos de Cristinita a
uno de los gendarmes evitó que nos
hicieran un completo registro como estaban
haciendo con otros coches.
Llegamos al hotel a la una y media de la
noche tras una buena paliza de coche. Mal
momento para decidir qué quería
hacer cada uno al día siguiente.
La noche nos deparó una nueva actuación
estelar de nuestra Pavarotti particular,
menos mal que no se excede más de
5 minutos por noche, aunque en esta ocasión
modificó su horario y en vez de ser
a primera hora nada más derrumbarse
en la cama esperó a las 5 de la madrugada
para dar su recital. A estas alturas tenemos
a dos integrantes con problemas de atranco
en sus tuberías posteriores. Ambos
están a la caza desesperada de ciruelas
y esperamos que no tarden mucho en liberar
su pesada carga. Por el momento obviaremos
sus identidades.
TORONTO
Y ALGONQUIN PARK.
El
tercer día cada uno dispuso hacer
uno de los 2 programas propuestos. Almu,
Gelen, Amelia, Inés y Ana se pasaron
todo el día visitando la ciudad de
Toronto y bien que se la patearon porque
cuando fuimos a recogerlas estaban hechas
polvo pero bien contentas de todo lo que
habían visto y disfrutado, hasta
terminaron en un concierto de música...
pero cosa extraña, sin haber hecho
ninguna compra. No puedo contar
mucho más al respecto pues no estuve
allí como para entrar en más
detalle.
Los otros 5 nos arriesgamos a la opción
naturaleza, no estaba muy claro si el paseo
de 550km de coche durante todo el día
iba a merecer la pena y más con el
comienzo que tuvimos, la primera hora de
marcha avanzamos poquísimo por un
monumental atasco de salida de fin de semana.
Cuando ya habíamos decidido darnos
la vuelta y regresar a Toronto llegamos
a la altura de un accidente que era el que
producía el embotellamiento y con
más dudas que al principio del día
continuamos camino. Menos mal que lo hicimos...
que pasadaaaa, yo pensaba que si no te ibas
hasta las Montañas Rocosas a 3.500
km no se iba a ver lo que vimos. Que derroche
de agua por cualquier sitio que miraras,
que bosques, que olores. El parque Algonquin
merece hacerse esa kilometrada. Ahora si
que puedo decir que he estado en el Canadá
que yo siempre quise conocer. Ver esos paisajes
acuáticos con las madrigueras de
los castores aflorando en la superficie
del agua, darse paseos por senderos verdes
y aromáticos, ver miradores impresionantes
y comer al borde de un idílico lago
rodeados de miles de árboles será
de lo que no se nos
olvide. Si encima llegamos a ver algún
alce ya nos volvemos para España
directamente sin pasar por México.
La pena es la cantidad de animales muertos
que vimos al borde de la carretera, que
da idea de la cantidad de vida que por allí
pulula; mapache, puerco espin, ciervo, mofeta,
zorro, ardilla... en fin una completa colección
que era alimento bastante para las rapaces
de la zona.
Una vez reunificado el grupo, las chicas
se habían pateado por completo toda
la capital y tenían la planta de
los pies como un bebedero de patos, no se
dejaron ni una calle por visitar pero estaban
bien contentas de su periplo. Hicimos una
visita panorámica nocturna por Toronto
y además nos comimos un bocata rápido
para acostarnos a las
23:00 pues tocaba levantarse a las 03:00
para irse al aeropuerto camino de Cancún.