Primeros
momentos de tensión en el viaje.
Salida de Las Vegas hacia el Cañón
acabamos de salir del hotel con todas
las maletas camino de los coches cuando
Reyi y Tomás se enfrascan en
un diálogo que poco a poco
va adquiriendo más emoción,
que si yo te di las llaves del coche
a ti, que no que las cogiste tú,
al final Tomás reconoce que
él fue el último en
tenerlas, pero por mucho que las busca
no las encuentra... el nerviosismos
aumenta poco a poco y más a
cada calzoncillo que Tomás
rebusca en la recepción del
hotel, que además está
repleta de mesas del casino con varios
jugadores. Cuando ya estamos empezando
a pensar las consecuencias de la perdida
y las acciones a realizar, la más
coincidente la de pasar a cuchillo
a Tomás, y pensando que lo
de ver el Cañón iba
a ser solo en foto por fin aparecieron
y pudimos largarnos con algo de retraso,
pero visto lo visto nos dimos con
un canto en los dientes. Adiós
Las Vegas.
EL
GRAN CAÑÓN
Ya
entiendo porqué en vez de llamarle
el Cañón del Colorado
le llaman el Gran Cañón.
Que barbaridad, es una pasada. Recuerdo
que cuando visitamos el supuesto segundo
cañón más grande
del mundo en Sudáfrica me pareció
magnífico pero al lado de este
se queda en poca cosa y eso que solo
hemos visto un pequeño trocito.
La verdad es que por mucho que intente
explicarlo no hay forma de hacerlo,
o lo ves por ti mismo o cualquier
comentario, foto o vídeo se
queda en una descripción insulsa.
El que pueda que venga a verlo y si
es posible que no se pierda el atardecer,
que aunque nosotros no pudimos verlo
en todo su esplendor por estar desplazándonos
de un punto a otro lo que pudimos
llegar a ver en una piedrita a unos
centímetros de una caída
brutal fue incomparable. La Romerita
y Mamá Amelia, acompañadas
por Vicente no paraban de resoplar
cada vez que nos veían en el
borde. Angelines, no paraba de decirme
que no me acercara más pero
cuando terminé de hacerlo se
fue ella al mismo sitio. Al regreso
Reyi recibió los correspondientes
y merecidos azotes de su madre. Ya
se donde se inspiró el creador
del Correcaminos cuando el coyote
se caía en un precipicio y
solo se veía una mota de polvo
levantar al llegar al fondo.
Una
vez anochecido regresamos al pueblo
donde teníamos el hotel donde
cenamos en un restaurante muy típico
del lugar donde pudimos contemplar
el expositor más grande y más
vistoso de tartas americanas en el
que nos hemos recreado jamás.
Ni que decir tiene que la degustación
fue consistente, pero no entraremos
en detalles, salvo que la tarta coconut
es un pecado... y si el Dioni hubiera
estado por aquí la hubiera
liado porque Reyi y Vicente le comieron
sin permiso el chocolate... bueno...
la capa de chocolate que tenía
su tarta. Hablando de comida, aquí
la variedad es bastante limitada,
la mayoría de los restaurantes
no salen de la hamburguesa, el perrito,
el sandwich, la tortilla o la ensalada.
Reyera, prepárate que a tu
madre te la devolvemos echa un tonel,
no para de decir que ella solo quiere
frutita y un yogurt, pero termina
apretándose unos platazos de
padre y muy señor mío,
vamos que es el cachondeo generalizado
del grupo, eso si, no para de reírse
a pesar de sus problemas de ciática.
CAMINO
DE LOS ANGELES. La Ruta 66
Lo
que parecía que iba a ser un
tedioso día de coche para ir
hasta Los Ángeles se ha convertido
en un día bastante entretenido,
pues en vez de hacer las 7 horas de
camino del tirón por la ruta
más corta hemos cogido varios
desvíos para hacer la mítica
e histórica ruta 66 que cruza
todo el país. Hemos entrado
en un pueblo que era una reserva india,
la verdad es que lo tenían
todo bastante descuidado y más
parecía un poblado gitano que
indio.
Paramos en el típico bar de
carretera americano solitario y destartalado
donde además de unos cafés
la camarera nos entregó unos
pasaportes de la ruta 66 para ir sellando
por los lugares que la recorren. Casi
por casualidad, unos kilómetros
más adelante nos paramos en
otro lugar de lo más pintoresco
y anclado en el pasado, un surtidor,
taller y tienda de hace 70 años.
Ya veréis las fotos... las
últimas fotos que tiró
la cámara de Reyi, que allí
mismo, sin saber la razón,
palmó fulminántemente.
Nos hemos quedado sin fotógrafo
oficial.
Veo que en el interior sellan los
pasaportes de la ruta 66 y le digo
a todos que pasen si quieren a sellarlos...
al rato aparece Amelia con su pasaporte
sellado... pero con el de verdad.
Todavía nos estamos riendo,
incluso ella, aunque tiene la duda
si la detendrán las autoridades
en el aeropuerto cuando se lo vean.
Unas horas después paramos
a comer en un lugar que ponían
unas chuletas de brontosaurio de 2
palmos, lo mejor para tener que conducir,
aunque con el truco de comer pipas
no hay carretera que consiga dormirnos.
La Romerita se metió en el
baño y al rato casi tenemos
que salir del restaurante en canoa,
el agua salía del water a borbotones...
lo que ocurrió solo lo sabe
ella, pero lo gracioso vino después,
como el baño había quedado
inutilizado el Romero no pudo entrar
y tuvimos que ir a otro sitio. Llegamos
a una gasolinera y Romerito sale corriendo
al baño, cuando terminé
de repostar fui yo también,
era bastante grande y al entrar DIOSSSSS,
que olorrrrrr, le pego una voz agónica
a Tomás para decirle que si
era el responsable y solo se oye una
sonrisita culpable de fondo. Procedo
a realizar una gran apnea y al acercarme
a los urinarios me encuentro a un
lugareño con la camiseta tapándose
la boca y la nariz y maldiciendo en
arameo, yo que me parto de risa y
que tengo que inhalar ese aire terrorífico
al hacerlo... hago un pis más
rápido que un pit stop de Alonso
y salgo del baño seguido del
lugareño medio mareado. Ese
tío no va a tener a los españoles
en buena consideración, os
lo aseguro.
Otra cosa impresionante de allí
son los trenes brutales que hemos
visto por el camino, con 5 máquinas
y 140 vagones, con un contenedor encima
del otro por vagón. Los camionazos
tampoco son mancos y para adelantarlos
te tiras un buen rato, porque además
van a toda leche.
Llegamos a Los Ángeles sin
mayores incidencias y sin demasiados
atascos, pero con algo más
de fresquito de lo esperado.