Cuba
es un desastre si te sales de los paquetes
organizados por grandes touroperadores y
más para tener un viaje organizado
de mucha gente. Casi nada sale como estaba
pensado. Casas que te quitan porque otro
ha ido ese día antes que tú
y como ha pagado se la queda. Cambios de
hora del vuelo interno, de las 08:00 de
la mañana a la 01:30 con nocturnidad
y alevosía.
En
fin, un poco caótico pero esto es
Oceánica y la aventura es la aventura,
nunca sabemos que va a pasar la hora siguiente.
De
lo visto en La Habana y Santiago es una
auténtica ruina y hay disparidad
de opiniones, hay a quien no le ha gustado
nada y a quien si. Camaguey ha sido lo mejor
de las primeras ciudades visitadas, sobre
todo el campanario de la iglesia donde se
divisa toda la ciudad y el fiestero nocturno
en la plaza con todas las churris del grupo
guarachando (como le dicen aquí a
restregar la cebolleta bailando). La Lidi
si que triunfo esa noche, que tía,
un abuelo de 60 años no la dejó
ni a sol ni a sombra y la Virgi sin salir
en su ayuda esperando que aprenda a defenderse.
Menudo
repasito el de la Gordo al Reyi por quedarse
aturdido y babeando al ver a una mulatona
tremenda. Si es que ya no nos dejan ni mirar,
cuando todas sin excepción y digo
TODAS se ponen las botas con los mulatones
y con los noruegos que iban en el avión.
Hemos
tenido durante el viaje un juicio y un condenado,
aunque la pena impuesta ha sido leve. Reyi
fue denunciado por la Barrantas y secundada
por Almu, por decir a una lugareña
que la camiseta que llevaba no era nada
importante. Lamentable el abogado defensor,
que no fue otro que Elvirita, de ahí
que fuera fácil conseguir una condena
al reo.
Nos
hemos encontrado con Tomás y Maribel
en Júcaro y tras un viaje de 3 horas
mar adentro hemos hecho la primera inmersión
de chequeo que ha ido bien. Jardines de
la Reina es la leche, incluso el hotel flotante
es mucho mejor de lo esperado, eso si, se
nos han quitado las ganas de darnos un chapuzón
desde el hotel pues un pedazo caimán
de 2 metros viene todas las tardes a pedir
su ración de pollo.
Menudos
colores turquesas tiene el agua por allí
y los manglares no digamos, que estos si
que son de verdad. El primer día
completo de buceo finalizó con 3
inmersiones. Para que os hagáis una
idea nadie ha dejado de hacer ni una de
los buceos contratados. Ha sido un día
espectacular, aquello es la leche, es como
si no existiera el mundo y nos hubieran
dejado este reducto para nosotros solos.
No hay absolutamente nadie. Las inmersiones
de la mañana han sido adrenalina
total, tiburones por todas partes, disputándose
los pescados que bajan los guías
y comiendo a otros peces despistados que
pasan por allí. Hasta las novatas
se metieron en esa vorágine porque
van mejoraban a pasos agigantados.
Pedazo
mero de 100 kilos y 2 metros de largo y
de remate, entre inmersiones no te devuelven
al hotel, te dejan en una playa paradisíaca,
prácticamente virgen, donde las caracolas
campan a sus anchas como supongo hace años
ocurría en muchos lugares; iguanas,
pelícanos, flamencos rosa. Bufff,
Cepe como diría Juanra, nada especial
que no vayas a ver en tu puta vida. Y encima
cuando vuelves te están esperando
con mojitos y pizza y para cenar langosta
a todas horas y pescadones como los que
aparecen en las bacanales romanas.
A
esas alturas los gerges, pequeños
mosquitos, ya se habían cebado con
algunos como Reyi, Almu y Vicente, pero
a parte del picotazo y un pequeño
granito no hacen nada más.
Lo
de las langostas no tiene nombre, fijaros
si la gente estaba hasta el gorro que en
la cena siguiente sobraron más de
7 que me temo que terminaron en la basura
o cuando menos en el fondo del mar. Tras
la cena subida a la cubierta alta del barco/hotel,
de fondo una pedazo de tormenta descargando
rayos y encima nuestro, totalmente despejado,
con una vía láctea espectacular.
Un
nuevo despertar a las 7 de la mañana
para salir a las 8 camino de nuestra nueva
ración de adrenalina. El primer vistazo
que echas al fondo nada más tirarte
del barco es para ver que a unos metros
tuyos tienes 10 tiburones dando vueltas
esperando que bajes. Los guías esconden
un gran jurel congelado entre las rocas
y todos nos ponemos alrededor. Madre mía,
más de 20 bichos metiéndose
constantemente entre nosotros, hasta 3 veces
se han topado con mis aletas. Hasta que
el más grande, ha conseguido sacar
el jurel y todos los demás como locos
tras él para ver si le quitaban algún
pedacito.
Lo
de la parada también tiene su miga,
3 minutos rodeados de escualos reclamando
que un jurel es poco desayuno y que de los
20 solo uno ha comido y el resto no. Nadie
quiso tirarse a hacer pis antes de que saliera
el barco de nuevo. La playita donde nos
dejaron para hacer tiempo hasta la segunda
inmersión ha sido de película.
Estaba repleta de iguanas y de jutías,
roedores grandes parecidos a los castores.
Se han puesto las botas con los aperitivos
que llevábamos. El resto del grupo
se ha quedado en el agua mientras me he
ido a recorrer la playa. Igualito que en
nuestra costa, montañas de caracolas,
vivas y muertas, mantas rayas, cangrejos
rey.
La
segunda inmersión ha sido muy parecida
a la primera. Es impresionante ver como
un tiburón se traga una barracuda
de más de un metro de un bocado.
La tercera muy tranquila en un jardín
de coral. Esta zona adolece de una gran
variedad diferente de peces, pero de los
que hay son muchos y grandes.
Para
terminar hemos hecho snorkel por los manglares,
millones de alevines, un chucho de más
de un metro, medusas huevo frito y lo mejor
un caimán de un metro, que no es
lo mismo verlo desde el barco que en el
agua, eso sí, ha pasado de nosotros
olímpicamente y eso que yo tenía
un mondadientes preparado para metérselo
en las fauces y que se le quedara la boca
atrancada.
Diossss
se acerca la hora de cenar... otra vez langosta...
Esto
no es normal, que forma de sudar tras haber
encadenado 5 merengues seguidos terminando
con un acelerado perico ripiao y eso que
eran las 11 de la noche.
Se oye de fondo el estruendo del bailoteo
y la salsa en la cubierta del barco/hotel
pero no tardando mucho se cumple con las
damas que han solicitado acompañamiento
para una sevillana, ya sabéis, no
iba a ser todo baile autóctono, teníamos
que poner la perlita española.
Otro
día más con vorágine
entre tiburones, la verdad es que no se
cansa uno de verlos y de que te acompañen
durante toda la inmersión. En la
primera inmersión, cuando todo el
mundo había subido al barco y solo
estábamos Reyi, Elvira y yo aún
en el agua teníamos más de
15 tiburones de 2 metros el más chico,
casi rozando las aletas. Ninguno quería
ser el último en salir del agua.
Por la tarde hemos hecho la mejor de las
vespertinas y para cerrar después
de eso nos hemos perdido por los canales
de manglares en busca de la roca de las
langostas, que no tiene más de 3
metros cuadrados pero pueden haber allí
apelotonadas 50 langostas. Después
estuvimos en el sumidero, algo muy curioso,
un agujero en mitad de la nada que se comunica
con la parte profunda del mar por el que
se va todo el agua cuando baja la marea
y cuando sube sale como un surtidor. Hay
un remolino de peces brutal, a parte de
medusas de mil formas y colores, aderezados
con rayas y un tiburón nodriza.
A
la vuelta cena con espaguetis, langosta
y pescado con jamón y queso y de
remate tarta de chocolate... como iban a
dejar de bailar las churris con todo ese
aporte de calorías.
Los
Reyis casi abren una sucursal por allí
de la Mallorquina del pasteleo constante
con el que nos regalaban hasta casi la arcada.
Para que no penséis que allí
todo es idílico los mosquitos hicieron
su mella, la zodiac esa tarde se piñó
contra una tortuga o eso decía el
patrón para excusar que termináramos
todos rodando por el suelo. Para mí
que se dio contra el fondo.
Para
el día siguiente tocaba volver a
la ruta por carretera para terminar en Trinidad
y pasar allí 3 noches.
A
punto de saltar al barco que nos lleve de
nuevo a tierra firme, con 3 horitas de travesía,
la última inmersión para buscar
los martillos ha sido infructuosa, aunque
en su lugar hemos tenido un mero brutal
de más de 100 kilos acompañando
toda la inmersión. Lo mejor ha sido
la sensación de ir buceando por una
pared en la que el fondo estaba a 1.000
metros. Eso de mirar para abajo y perder
la vista en la inmensidad del abismo es
la leche.
El
buceo se acababa, felices y contentos y
sin ningún problema significativo.
A
la llegada a Júcaro nos despedimos
de Tomás y Maribel, pues ellos llevaban
otro destino diferente con su coche de alquiler.
A nosotros nos vino a recoger Raúl,
nuestro chofer, que fue uno más del
grupo y con el que nos lo hemos pasado muy
bien, excepto Raquel que no se llevaba muy
bien con él, las bromas habituales
que le hacía no la sentaban muy bien.
Menudo monstruo el tío, que manera
de disparar, no perdía ocasión
de sacar el revolver para ligar con cualquier
churri que se le acercara, menos a las nuestras
a las que en ese sentido tenía amplió
respeto, como amplio era su repertorio,
su catalogación de churris era muy
peculiar; gajitos, ramitas, tronquitos,
y tanquecitos, según su tamaño
y edad. En general todo lo acechable se
identificaba como manguito.
Camino
de Trinidad pasamos por Santi Spiritus.
Como de costumbre al llegar a Trinidad y
eso que allí íbamos a estar
3 noches tuvimos que desparramarnos en varias
casas, pero siempre no más alejadas
de un par de cuadras como allí le
dicen a las calles. Eso sí, en general
las habitaciones fueron del agrado de todos.
Las cenas se hacían de forma individual
en cada una de las casas. Esa noche tras
un ligero paseo a la cama pues al día
siguiente teníamos la subida a Topes
de Collantes.
Menudas
cuestas y menudas curvas tuvimos que subir
con el ómnibus para llegar hasta
allí. La mañana estuvo muy
bien pues las 2 caminatas que hicimos fueron
espectaculares, a través de sendas
selváticas. La primera hasta la cascada
Caburní sin parar de descender, un
salto de agua en el que la mayoría
nos dimos un buen baño, menuda sensación
pasar de agua de mar a 30 grados a las gélidas
corrientes de río de no más
de 18 o 20. Ahora tocaba subir todo lo bajado,
solo de pensarlo nos entraban sudores, por
lo que la mitad del grupo salimos con la
idea de desandar lo andado para hacer la
segunda marcha y el resto pasaron de ir
a la cueva de la Batata para hacer una subida
más tranquila. El agua con gas que
me tomé en el chiringuito del comienzo
del sendero, tras una hora de cuestón,
fue la que mejor me supo de todo el viaje
Los
cubanos no tienen mucho sentido de la pendiente.
Confiados por sus indicaciones de que el
camino a la cueva era más llano que
el anterior nos encontramos otra bajada
importante, lo que significaba luego subirla.
El agua de la cueva estaba tan fresquita
que hasta nuestro chofer se resfrió
para el resto del viaje cuando le obligamos
a que se metiera. En venganza no tuvo otra
ocurrencia que empapar una zapatilla a un
sueco que se la había dejado al entrar
a la cueva para que no se le mojara. Fue
una mañana bastante intensa. Aunque
eso no se noto en algunas, que por la noche
se dieron una buena ración de salsa
con los morenos lugareños en las
escaleras de la plaza, fiesta organizada
por la casa de la música para la
horda de turistas que allí había.
La Lidi fue la estrella y no paró
ni un momento y si no hubiera sido porque
la Pulga la puso firmes y la mandó
para casa, la noche la hubiera pasado al
raso con el profesor de baile que al día
siguiente dio clase al resto de las churris
del grupo. La noche terminó con la
tremenda charla que nos metió el
vigilante de seguridad de uno de los garitos
sobre política y el estado de la
nación. Esa tarde como es habitual
en Oceánica pasamos por las manos
de los masajistas para darnos una satisfacción,
eso sí, en esta ocasión no
hubo tocamientos en exceso como otrora.
La
mañana siguiente fue de las peores
para Reyi, perdió el balón
de voley en Jardines y tocaba jornada matinal
en playa Ancón. Su confianza del
principio asegurando que conseguiría
un balón fue resquebrajándose
a medida que preguntaba donde encontrar
donde comprarlo y tras visitar varios lugares
se dio por vencido y su ridículo
fue estrepitoso, aunque no se fue muy cruel
con él por el empeño que tuvo
en solucionarlo. Playa Ancón resulto
entretenida, sobre todo por el partido de
fútbol playa que echamos contra unos
cubanos, 5-4 fue la victoria gloriosa del
equipo español, que no quiso hacer
sangre de sus enemigos que además
ponían el balón. Eso sí,
los rasguños, heridas y magulladuras
fueron variopintos. Lo mejor de la playa
caribeña era ver como los pelícanos
hacían vertiginosos picados para
alimentarse a pocos metros de donde nos
estábamos bañando.
Por
la tarde nos hicieron una visita exclusiva
para el grupo en el museo romántico
de la ciudad, en el Palacio Giraud. Ver
como vivían en los tiempos coloniales
los hacendados fue muy interesante. Previamente
las chicas tuvieron su clase de salsa y
el resto nos entretuvimos en el bar la Cachánchara,
tomando su cóctel especial en vasitos
de barro y escuchando música en directo.
Teníamos previsto subir una montaña
para ver las vistas del valle de los ingenios
azucareros y del mismo Trinidad pero un
tormentón que duró toda la
noche nos lo impidió. Eso sí
la visita a la cueva que por la noche se
convierte en disco no faltó, aunque
como siempre los más akojonados en
cuanto vieron que la llegada a ella era
a través de una zona oscura recularon
y se quedaron sin conocerla por gallináceas.
Finalmente algunos terminaron en la casa
de la Trova moviendo el esqueleto que estaba
a cubierto evitando el aguacero.
La
mañana siguiente camino de Cienfuegos
fue algo triste pues Vicente nos dejo para
regresar a Madrid. Ya solo quedan 4 grandes,
que no se han perdido ni un solo minuto
de las 7 ediciones oceánicas. Paramos
en el jardín botánico de la
Soledad, que aunque no fue, ni mucho menos,
como el de Sri Lanka del año pasado,
estuvo interesante. Al llegar a Cienfuegos
otra vez desperdigue general en 6 casas
diferentes. La cruz nos la llevamos Almu
y yo, nuestra habitación era un criadero
de mosquitos, perdimos la cuenta tras matar
el número 28 y comprobar que seguían
quedando muchos más. La cara fue
para los Barrantes que casi son adoptados
por la madre y la hija que los albergaron,
creo que se han prometido amistad eterna.
Cienfuegos es la ciudad que mejor se conserva
dentro de la ruina general de todas las
ciudades del país. Un largo paseo
por los barrios turísticos y en algún
caso no tan transitados por los guiris,
para akojone de alguna nos hizo finalizar
el día, no sin antes subirnos a un
cutrecoche de caballos por antojo de nuestras
féminas y de dar un paseo por el
malecón, que estaba inundado de jovenzuelos
de todo tipo ligando por doquier. Mañana
era el día de los cenotes.
Mucha
era la inquietud de la gente por esta primera
experiencia con los cenotes. Hay opiniones
para todos los gustos, estamos a los que
nos ha encantado, a otros solo les ha parecido
entretenido y curioso y en algún
caso como Raquel no creo que la volvamos
a ver en una similar.
Aquello
era una incógnita porque no sabíamos
que nos íbamos a encontrar, por mucho
que intentaba organizar algo con tiempo
siempre me respondían a todo lo que
preguntaba que todo estaba OK y que ya nos
contarían cuando llegáramos.
Normalmente esto es garantía de encontrarte
un desastre pero por una vez nos equivocamos
y aquello lo tenían bien organizado,
incluso pensando que íbamos a usar
botellas de la segunda guerra mundial nos
encontrábamos estrenando botellas
nuevas de acero de Mares.
Nos
dieron un completo breafing donde la gente
pudo aclarar todas sus dudas y donde todos
decidieron meterse, porque hasta ese momento
no se tenía muy claro quien iba a
entrar y quien no. Nos dividieron en 2 grupos,
uno de 5 y otro de 6 y unos fueron a la
cueva de los peces y el otro al Brinco,
para en la segunda inmersión intercambiarnos.
El centro de buceo está a 30 metros
de la entrada de la cueva de los peces,
que en realidad aunque tenga agua salada
no tiene muchos peces, solo unos pocos en
la superficie, donde el agua esta bastante
fría, a partir de los 3 metros se
calienta considerablemente. Toda primera
experiencia en lo que sea tiene su misterio
y descender en una agua extraña rodeados
de paredes y no en mar abierto como siempre
es bastante especial. El descenso a los
30 metros fue rápido, para entrar
en la gruta que estaba en esa profundidad,
siguiendo el cabo guía entramos en
él no más de 100 metros, uno
detrás de otro teniendo cuidado de
no tocar las paredes para no enturbiar el
agua, por arriba se veían pequeñas
rendijas de luz y por abajo la oscuridad
total, donde la profundidad de 70 metros
que había se perdía de la
vista. Fueron los 5 minutos más inquietantes,
pero enseguida estábamos de regreso,
con ganas de haber continuado por la galería
un poco más. No tardamos en ponernos
cerca de entrar en deco, mientras volvíamos
a la gruta principal era espectacular ver
los rayos de sol como columnas entrando
en la gruta. Hicimos el ascenso entrando
por alguna que otra grutilla en la que había
que retorcerse un poco para pasar pero en
las que entraba la luz perfectamente. En
fin, que una inmersión interesante
que había que experimentar y en la
que no era necesario tener mucho nivel.
Para
irnos a la otra inmersión había
que desplazarse en 4x4 unos 15 minutos para
entrar en una zona selvática, donde
entre la espesura aparecía un agujero
de un par de metros de ancho por 3 de alto
y desde el que había que saltar al
agua que estaba a un poco menos de 2 metros
de altura. Ya podréis imaginar las
dudas previas al salto. No sabéis
que liberación era entrar en el agua,
para refrescar el agobiante calor y el ataque
constante de los mosquitos. Parecía
mentira que tras un hueco tan pequeño,
cuando metías la cabeza bajo el agua,
para comenzar la inmersión, vieras
una pedazo habitación inundada totalmente
espaciosa, con unos 100 metros de largo,
por 30 de ancho y con una profundidad de
45 metros. Parecía que volabas entre
el agua cristalina, siempre que no te pillara
una termoclina que enturbiaba el agua. Que
sensación de paz y de relax, que
belleza en la columna de luz que iluminaba
la caverna. Existía hasta una gran
burbuja en uno de los laterales. Tras 40
minutos de inmersión, el frío
y las tiritonas que sufría Almu nos
hicieron acabar la inmersión en aquel
remanso de tranquilidad en el que las formaciones
de piedra la variedad de colores de la misma,
la luz y las claridad del agua nos hicieron
disfrutar incluso más que en la inmersión
anterior.
Es
una experiencia bien recomendable.
Tras
comer en el restaurante de la cueva de los
peces y probar la carne de cocodrilo nos
fuimos a visitar un criadero de caimanes.
Menudos bichitos, nos dimos una buena ración
de ver de todos los tipos y tamaños.
Lástima que no nos diera tiempo a
visitar los canales que llevaban en barco
la laguna del tesoro. Una vez que llegamos
a La Habana terminamos el día dando
un paseo por el Capitolio para asistir a
un concierto de un grupo de Reguetón.
La verdad es que no duramos mucho y nos
fuimos a la cama que había que madrugar
para ir al día siguiente a Viñales
y Pinar del Río.
Por la mañana tempranito llegamos
a Soroa, donde el conductor nos comentó
que las cascada que íbamos a visitar
no tenía mucha caminata previa y
que incluso se podía subir a un mirador
que había encima. El caso es que
tras una larga hora de constante subida
conseguimos llega a la cima. El esfuerzo
mereció la pena, pues la vista de
toda la selva tropical era espectacular.
Después de un breve tiempo de descanso
otra vez a bajar hasta llegar a la cascada,
que resulto ser más bonita y más
atractiva incluso que la de Tope de Collantes.
Estuvimos un buen rato bajo el potente chorro
que nos caía encima como si nos estuvieran
dando una paliza. Menuda imagen, dando resbalones
por aquí y por allá evitando
rodar entre las piedras. Después
de una sudorosa caminata un buen baño
en agua fresca te deja como nuevo para seguir
camino hasta Pinar del Río, donde
pudimos visitar una fábrica de puros
para ver como los hacían de uno en
uno con técnica artesanales. Comimos
allí y como era habitual terminamos
metiéndonos para el cuerpo un barreño
de helado de medio litro, que eran de Camy.
Se echa de menos ese chocolate suizo con
almendras y sirope.
Camino de Viñales pudimos comprobar
la magnificencia de los famosos mogotes,
que son montañas redondeadas cubiertas
de vegetación, que sobresalen en
la planicie. Otra vez el pertinente desperdigue
en varias casas donde solo íbamos
a dormir una noche. Viñales es otro
pueblo cubano más cortado por el
mismo patrón. Por la noche en busca
de guaracheo para las churris fuimos a la
casa de la trova y pasamos un largo rato
amenizado por algunas actuaciones de todo
tipo. Antes de eso, Barran y yo conocimos
a un borrachín simpático que
insistía en que nos comiéramos
unas galletas estropajosas que llevaba en
su mugriento bolsillo y se hizo amigo nuestro
para siempre, que monstruo, se bebía
el alcohol para heridas que le daban en
el dispensario. La noche terminó
con la Gordo dedicada en exclusiva a un
moreno que la sacó a bailar y al
que no supo decir que no durante casi una
hora ante los atónitos ojos de Reyi
que no dejaba de pensar para sus adentros
que si fuese al revés y estuviera
él con una cubana la gordo lo había
matado a los 2 minutos tan solo.
La mañana del día siguiente
la comenzamos recorriendo carreteras entre
mogotes y viendo el mural de la prehistoria,
que no es otra cosa que un graffiti horrendo
pintado en la piedra hace unos años.
Menos mal que el paisaje si que era atractivo.
La cueva del Indio fue lo último
que visitamos en aquella zona. Una típica
cueva en la que los últimos metros
se hacen subidos a una barca recorriendo
un río que te lleva a la salida por
una bóveda de contrastes de luz muy
bucólica. Unas cuantas fotos antes
de largarnos y Reyi poniéndose delante
de un toro, una vez más, al que realizó
una faena de aliño por la premura
de tiempo. Fue ovacionado por dejar nuestra
fama toreril en buen lugar.
Pasamos toda la tarde en las playas de La
Habana, metidos en el agua o tostándonos
al sol, bajo la atenta mirada de unos cuantos
militares que no sabíamos muy bien
si nos estaban protegiendo o estaban vigilando
que no salieran balseros hacía los
USA de en frente. La indiaka estuvo bastante
divertida, sobre todo para Jarka que se
llevó 2 bonitos recuerdos en su pierna
derecha, un buen restregón del chofer
y una buena herida de una roquita estratégicamente
enclavada en la arena hicieron el trabajo.
La playa era bonita pero es una lástima
lo descuidada que la tienen, la gente dejaba
toda su basura en la arena sin ningún
miramiento y en algunos lugares tenías
que vigilar para no clavarte cristales rotos
de botellas de bebida.
El carnaval de La Habana nos esperaba. Pasamos
toda la noche paseando por el malecón
y de cena por fin nos armamos de valor y
probamos el pan con lechón de los
tenderetes festivaleros, cenamos por 4 duros
y no tuvimos que visitar los curiosos baños
públicos, que no eran otra cosa que
unas chapas metálicas puestas encima
de las alcantarillas. Menuda apnea había
que hacer al pasar cerca. Nos subimos a
las escaleras de un monumento frente a la
embajada americana, que con lo mal que se
llevan no se muy bien que pinta allí.
A un lado, al pie del hotel nacional un
macroconcierto de reguetón abarrotado
y al otro lado la cabalgata de carrozas
del desfile del carnaval. Que lástima
que su marcha fuera tan lenta, porque las
carrozas y los cientos de bailarines que
las precedían, que pudimos ver en
el par de horas que estuvimos por allí
eran muy divertidas y animadas, sobre todo
una, que cada vez que el cantante decía
UYUYUY, que veo?????? la muchedumbre respondía
TREMENDO JALAJALA TREMENDO TRAQUETEO y así
una y otra vez entre el contorneo de las
mulatonas ligeras de ropa pero con plumas
por todas partes. Ah, sobre esto a la Barrantas
y a la Gordo no las preguntéis pues
la siesta que se echaron si que fue espectacular
con tanto jaleo que había por allí.
A la pulga y a la Lidi todavía se
les cae la babilla pensando en un chavalín
cada vez que hacía algún ademán
de ponerse a bailar, mientras el pobre Dino
hacía relaciones internacionales
durante una hora con un par de lugareños.
Nuestros últimos momentos en Cuba
los pasamos comprando de todo en un mercadillo
de artesanía en la parte antigua
y escuchando a una super abuela cantar,
tenía un vozarrón que hacía
temblar las columnas del patio porticado
donde estuvimos refrescándonos un
rato. Una visita en bus por algunos lugares
significativos de la ciudad camino del aeropuerto
fue lo último que hicimos por allí.
Una larga espera para facturar porque el
sistema se había desconectado y alguna
propinilla a las del mostrador para que
hicieran la vista gorda con el exceso de
peso del equipaje y al avión que
nos esperaban unas cuantas horitas de vuelo.
El final del viaje en Barajas terminó
con la pérdida por primera vez en
7 años de viajes oceánicos,
de la maleta de la Barrantas. Las malas
lenguas dicen que la Queen quería
renovar vestuario y equipo de buceo y que
la propina que dio a la churri del mostrador
de La Habana fue para que se la mandara
a Madagascar.
Y eso fue casi todo... el resto de las cosas
son secreto de sumario y para conocerlas
no hay más remedio que asistir al
viaje.
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