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| Entregas |
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| Cuatro
años han pasado ya |
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Cualquiera
que no sea buzo pensará que estamos
hablando de la crisis de cumplir los 40
años de edad, pero no se trata de
eso. Cada uno de nosotros tendrá
un momento especial que recordar, un amanecer,
un atardecer, una caída libre al
descender en una inmersión, un lugar,
una compañía, la mirada de
un niño, que sé yo.
Me
vais a permitir que os haga una reflexión
personal de lo que para mí ha sido
uno de los momentos más significativos
del viaje y creo que hasta de mi experiencia
buceadora. La barrera de los 40. Creo que
hasta que no ha pasado el tiempo y lo he
reflexionado no me he dado cuenta de ello,
no fui consciente ni en esos momentos ni
en los días posteriores. No me siento
especialmente orgulloso por haber incumplido
los parámetros de seguridad del buceo
recreacional, siempre pensé que era
absurdo bajar tanto si no había nada
que ver, y aunque pueda seguir pensando
lo mismo, cuando vuelven a mi mente aquellas
situaciones, en las que buscando tiburones
en el azul, bajábamos hasta esa cota,
tenga una sensación muy especial.
Es como si en esos momentos estuviera realmente
vivo y ahora estuviera simplemente aletargado.
Sólo el que ha estado allí
puede sentir lo que digo, soledad, adrenalina,
respeto, pequeño, sentirse tan pequeño
como el plancton, mareo, no se bien si por
la narcosis o por tanto mover la cabeza
intentando escudriñar una aleta en
la oscuridad abisal, pero sobre todo, paz
y una tranquilidad aterradora. Menos mal
que hay algún hilo de cordura que
te sujeta para evitar que bajes más
y más, en busca de quién sabe
qué tesoros perdidos o qué
fantásticos animales. Esa pompa de
jabón, que dura sólo unos
instantes, se rompe en cuanto comienza el
paulatino ascenso. Has estado tan cerca
del límite que hay unos instantes
de flojera que recorren tu cuerpo y que
te confirman que sí, que estás
vivo, y que puedes dejar de estarlo en cuanto
ese hilo tan fino desaparezca. Dicen que
uno aprecia más las cosas cuando
las pierdes o estás cerca de perderlas.
¡Que bueno es estar vivo y disfrutarlo!.
Eso
si, ni se os ocurra bajar más allá
de lo que permita vuestra titulación,
o lo que es lo mismo, recordad que siempre
os digo que el buceo es muy seguro siempre
que hagas las cosas como se deben hacer,
las locuras, en las rebajas del Corte Inglés,
pero bajo el agua ni una.
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AQUEL
13 DE JULIO
Bueno,
después de la lectura de las líneas
superiores ya sabéis lo que es una narcosis
en superficie. No os preocupéis que los
efectos se pasan pronto. Aunque sea un contrasentido,
es sencillo experimentar a la vez una sensación
de tristeza y alegría. Gracias a Tere,
en la reunión pre-Oceánica, pudimos
comprobarlo: su lagrimita, en el momento de la
despedida, nos entristeció por la pena
de dejarla en tierra pero a la vez nos alegró
pensando que si a alguien le motiva derramar una
lágrima por no venir con nosotros es porque
a lo mejor merecerá la pena lo que hagamos
y donde vayamos.
Estaban todos saliendo por la puerta de mi casa,
expulsados, por las ansías de largarse
de algunos (el año que viene no hay reunión,
un correo con toda la información y listo),
que sin darnos cuenta estábamos ya, enfundados
en nuestra novedosa indumentaria de viaje, en
los pasillos de acceso del aeropuerto, el viernes
15, para empezar con nuestro 4º periplo oceánico.
Qué negros nubarrones se cernían
sobre nosotros, no contentos con Cepe nos trajimos
a Cristina que es como si fuera su réplica
femenina. Antes del embarque la gente dudaba si
perderles la maleta para que no pudieran venir,
sus "despistes" podían ocasionarnos
sensibles contratiempos, como ya pasara con anterioridad.
Menos mal que lo que aconteció, un poco
después, fue sólo su carta de presentación
y no se vió continuado en el resto del
viaje con la misma virulencia. La primera tenía
que ser la de Cepe, era inevitable, se había
dejado el móvil encendido dentro de la
maleta que ya había facturado. Mientras
el grupo intentaba pasar el control policial...
y digo intentaba, que no pasaba, Cepe ponía
patas arriba el aeropuerto para acceder a su maleta
y coger su móvil. Tuvo tiempo suficiente
de encontrarlo y reunirse con nosotros gracias
a la pericia de Fer, experto en el aeropuerto,
que nos enseñó varias puertas de
acceso que casualmente ese día estaban
cerradas, pero sobre todo nos alcanzaron gracias
a la inestimable colaboración de su álter
ego Cristinita, que no se le ocurrió otra
cosa que en el control policial llevar en la bolsa
de mano una especie de sable japonés, estilo
katana, según ella para abrir las medias
noches que traía. Y nosotros con la misma
camiseta que ella. Pasados los momentos de tensas
miradas de la benemérita a cada uno de
los integrantes del grupo, requisaron su "navajilla"
y pudimos continuar, pero no sin antes hacer un
numerito circense de la sin par sablista que perdió
su billete de avión, recién entregado,
que apareció milagrosamente instantes después
en un lugar impensable... su mochila.
Las piernas nos temblaban pensando en lo que nos
esperaba con estos dos, con un comienzo más
prometedor que el de Robinho en el Madrid. Alguno
quiso volverse a casa, pero ya era demasiado tarde,
la suerte estaba echada, Oceánica había
comenzado.
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EL
VALLEINFIERNO BEDUINO
Vuelo
Madrid-El Cairo tranquilo y unas horitas de espera
para coger el vuelo hasta Hurgada, amenizado con
variopintas actividades; cambio de moneda, partiditas
de mus, congelaciones, picoteos y primeros contactos
con la lengua inglesa, cuenta la leyenda que después
de haber pedido sendos perritos calientes, a la
pregunta de que si queríamos un postre, alguien
respondió muy ufano," before, before".
La cara del camarero era un poema, no sabía
si quitarnos los perritos y darnos antes el postre
o pensar que estábamos locos. Aunque la cara
de ese camarero no fue nada con la que puso un cocinero
que estaba asando pollo en una barbacoa cuando nuestro
experto anglosajón, I'm vodka, le pidió
que le echará "kitchen, kitchen"
en el plato. El pobre y servil cocinero estuvo cocina
que te cocina durante toda la noche sin parar, hasta
caer extenuado. Pero bueno, ya sabéis que
las leyendas populares no son muy creíbles.
Fue reparador encontrar a la dulce Lisa esperándonos
en el aeropuerto de Hurgada, la duda de que no aparezca
nadie siempre se tiene, vamos, que intuí
mi cabeza en la pica de alguna bandera de la entrada
hasta que la ví aparecer, con esa pancarta
de 4x4 metros dándonos la bienvenida. Son
las 7 de la mañana y la gente ya se muere
de calor... pues no os quedaba nada.
Bienvenidos al infierno-resort del Valle Beduino,
tras varias horas de viaje en bus, si no llega a
llevar aire acondicionado, alguno se muere. Llegamos
a las 11:30, con un vendaval tremendo, la dueña
de nuestro destino durante los siguientes 16 días,
Uschi, nos reparte las cabañas y a la pregunta
de si siempre hace tanto viento, nos dice que a
las 13:00 desearemos que no haya desaparecido. Cierto,
a esa hora desapareció y supimos lo que siente
un pollo cuando lo hornean. Fue divertido ver la
cara de la gente, sobre todo la de las personas
que esperaban otra cosa, algo así como un
complejo turístico en Benidorm y no una apilación
de cabañas en pleno desierto egipcio con
el mar a 500 metros.
Menos mal que la comida era buena y variada, tras
la primera de ellas, el cuerpo nos pedía
agua y nos fuimos todos a hacer nuestra primera
incursión submarina. Aunque solo fuera en
apnea, el "paseo" que dimos por el arrecife
de Blue Lagoon fue peligroso, fue tan bonito que
puso el listón alto para las posteriores
inmersiones que nos esperaban. Vimos más
tortugas que holoturias en Cala Cerrada.
Un café beduino inmersos en la playa con
todos reunidos alrededor de varias pipas de tabaco
cerró la dura primera jornada. La paz de
ese momento no vaticinaba el escándalo que
sufrimos durante toda la noche. El calor en las
cabañas hizo que tuviéramos que abrir
todas las puertas y los graciosos perritos que vigilaban
el valle, para espantar alimañas, estaban
tan contentos de vernos allí que no pararon
de ladrar en toda la noche, incluso se permitieron
la licencia de ver que Fer estaba algo tapado y
para evitar que le diera un síncope le retiraron
la colcha. En premio a su buena acción, Virginia
les prestó por unas horas sus escarpines
para que pudieran babearlos a gusto.
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PEPITO,
EL AMIGO DE LAS NIÑAS
Menos
mal que la noche no duró mucho porque a las 5
de la mañana ya estábamos en pie, con
bríos renovados, para embarcarnos en nuestro
primer safari. Con cierto retraso, porque los lindos
perritos no quisieron devolverle uno de sus escarpines
a la Pulga, salimos, pasando por Marsa Alam, hacia el
pueblo y hacia la marina, como llaman allí a
los embarcaderos y puertos, para encontrarnos con nuestro
hotel flotante; el Spring Land, que sustituía
al Flyng Angel, que era el que habíamos contratado
inicialmente, pero que días antes rozó
con un arrecife y Uschi prefirió cambiarlo. Nunca
sabremos si esa fue la verdadera razón. En Egipto,
los cambios constantes son la norma habitual.
Allí estábamos, escudriñando cada
rincón del barco, a la vez que colocando nuestro
material de buceo, el comentario generalizado era "este
es mejor que el del año pasado". Esa misma
tarde estábamos haciendo la primera inmersión,
no sin antes hacer una demostración de petes
de tórica; los Dinos comenzaron el espectáculo
de ver saltar los circulitos negros, justo antes de
cada inmersión, algo que sería muy habitual
el resto del viaje. Los nervios de la primera zambullida
eran patentes, primer brefing en la cubierta terraza,
primer show de nuestro amigo Pepito, o lo que se suponía
que tenía que ser nuestro guía jefe durante
todo el Safari por las Brothers, primeros grupos, siempre
nos repartíamos en dos, primeros sobeteos de
Pepito, primeras parejas y al agua, a que vieran si
nuestro nivel seguía como el año pasado
o había descendido con las nuevas incorporaciones.
Gracias a Dios, pensaron un par de personas, cuando
nos comentaron que no hacía falta quitarse las
gafas pero sobre todo hacer la charnela. Lo mejor de
esta primera inmersión no fue ver entre esas
aguas cristalinas una cría de tiburón
revoloteando a nuestro alrededor como si fuera un juguete
teledirigido, fue ver irrumpir entre el arrecife un
torbellino, acompañado por detrás, de
Lisa. Cepe había conseguido bajar y estaba buceando,
algo que ni los más optimistas pensábamos
que iba a conseguir con sus maltrechos oídos.
Un par de inmersiones más, una de ellas con alguna
pérdida en una laberíntica semicueva de
arrecifes y una tranquila nocturna finalizó nuestro
primer día a bordo. Las Brother nos esperaban
al día siguiente.
Empieza el tráfico de pastillitas de colores,
la biodramina fluye continuamente por todas partes,
estamos en mar abierto y aquello se mueve de mil demonios,
nos espera un verdadero crucero de combate y cae la
primera víctima en manos del mal de Egipto. Almu,
abre las hostilidades, las tazas de water van a ser
lo más usado del barco. Hacemos las primeras
inmersiones en la isla grande y como suele ocurrir en
estos casos, las expectativas son tan altas que salimos
decepcionados: la paliza que hay que darse para entrar
en la zodiac con el equipo puesto, dando botes, llegar
hasta el punto de inmersión cruzando grandes
olas, luchar nadando contra la corriente y lo que vemos
no hacen que merezca la pena tanto esfuerzo. A pesar
de ello empezamos a ver tiburones, que casi es lo que
más nos motiva, aunque ni tan cerca ni en el
número que esperábamos.
Gracias a la planificación horrorosa de Pepito,
que nunca consiguió que hiciéramos una
inmersión a favor de corriente, todos los días,
con los primeros rayos de sol en el horizonte, saltábamos
de la zodiac, prácticamente sin pasar por la
superficie, bajábamos a 40 metros y en vez de
esperar a que los tiburones, que supuéstamente
estaban por esas profundidades, pasaran a nuestro lado,
éramos nosotros los que no parábamos de
nadar, incluso hasta cuando los veíamos, eso
si, como le gustaba a Pepito,( en realidad se llamaba
Bob y era egipcio) siempre contra corriente. De forma,
que paulatinamente íbamos ascendiendo, sin parar
de nadar, hasta llegar a superficie, donde nos esperaba
la zodiac, después de haber recorrido una de
las paredes de la isla. Lo mejor de todo, era que, aunque
no viéramos todo lo que suspirábamos,
nos estábamos haciendo buzos de combate sin darnos
cuenta, incluso Cepe, que iba buceando poco a poco,
lo que sus oídos le permitían. Aunque
entre combate y combate a alguna se le escapara a voz
en grito "esto es una puta mierda" tras haberse
golpeado la espinilla intentando subir de la zodiac
al barco.
Cristina se une a Almu en la lista de bajas, ambas no
se conforman con abrazar la taza, echan una competición
para ver cual de las dos consigue tener más fiebre.
El devenir de inmersiones hace que nuestro descontento
con Pepito vaya creciendo y sus actuaciones en la pequeña
de las islas Brothers hacen que le condenemos definitivamente,
este tío no nos vale, lo que hace es ponernos
en peligro y que para chulos nosotros. Con lo que decidimos
con Uschi que no bucee con el grupo en ninguna inmersión
más. Nos vamos de Brother cansados de tanto movimiento,
la climatología no ha sido benévola con
nosotros y los avistamientos han sido menores de los
esperados. Las pasadas de los delfines en superficie
no son suficientes. Tras una última inmersión
de combate en Elphistone y visto lo visto decidimos
saltarnos la inmersión que nos quedaba allí
y nos volvemos a puerto, para dar por concluido nuestro
primer safari. El parte de guerra dio varios heridos,
en la enfermería por mal de Egipto, durante estos
días, de diferente consideración; las
dos ya comentadas, Vicente, Reyi, Lidia y Mercedes.
Ah bueno y un defenestrado, Pepito R.I.P.
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| EL
HOLANDÉS ERRANTE DE WAGNER
De
vuelta en el valle beduino no nos queda otra que, para
sofocar el calor reinante, echar un partidito de béisbol
hasta que oscurece. El día termina para dar paso
al siguiente que será de descanso y relax en el
valle. El nuevo día nos regala con una temperatura
menos elevada y no es que se estuviera fresquito pero
por lo menos el calor fue más soportable y conseguimos
bajar la media de 8 duchas al día. Cristinita seguía
bajo mínimos y tuvimos que avisar a un médico
para que la pusiera un poco de suero en vena para que
se recuperara. Para entonces, el alien que vive dentro
de Cepe y que aparece en los viajes de larga duración
hizo acto de presencia para poseerle por completo y dejar
de ser él mismo. Prueba de ello fue cuando, estando
el médico en el campamento, le comentamos que si
quería que le viera a él también,
que ya estaba tumbado en la cama, saltándose una
comida, (sí, sí, he dicho bien, saltándose
una comida Cepe) y el alien respondió, que no hacía
falta porque ya se encontraba bien. Fueron necesarios
casi 3 días para echar al dichoso alien, 3 días
de guerrear con un niño chico, al que cada vez
que se le preguntaba estaba mejor que el momento anterior,
aunque se estuviera muriendo, al que en cada comida había
que frenarle para que fuera comedido. Cuantos de vosotros,
oceánicos, no habéis oído ya esta
frase célebre "pero si es solo un montoncito"
, eso sí, con una cagalera galopante y acompañado
de un buen chorreón de salsa. Por fortuna, conseguimos
que resucitara nuestro querido amigo y el alien desapareció
desintegrado bajo el anhelo permanente de Cepe del plato
de langostinos que la Poretti le tendría preparado
a la vuelta.
Durante el día de relax y entre partidas de mus
y baños en la playa, Almu, Fer, Uschi, Lisa y yo
nos acercamos a Marsa Alam en coche para comprar medicinas
para Cristina y de paso hacer acopio para futuros desarreglos
estomacales, además de comprar manzanas para los
ligeros de vientre.
Ya llevamos una semana en Egipto, es viernes, pero no
nos importa en absoluto el día de la semana que
sea, (¿que tendrán las vacaciones que parece
que disfrutemos más de un lunes que de un viernes?).
Son las 5:00 de la mañana y de forma sorpresiva
tarzán nos despierta, como todos los días
que estamos en el barco, nunca en tierra habíamos
escuchado sus alaridos. Era la hora de ponerse en pie
e iniciar la marcha hacia la conquista de Shalateen. El
enemigo había diezmado nuestro ejercito y tuvimos
que dejar en el valle, para que se recuperaran, a Cepe
y a Cristina al cuidado de Uschi. Pero en su lugar nos
llevamos a la recia Lisa y a Amr, que Alá confunda,
encargado del centro de buceo de Uschi que nos haría
de guía durante la visita.
Pudimos comprobar que durante las casi 3 horas de camino
hasta llegar casi a la frontera con Sudán el paisaje
no cambiaba, desierto pedregoso desolador y lleno de basura
en ambos márgenes de la carretera, pero por fin,
estábamos en Shalateen, dispuestos a pasar el peor
día de calor, posiblemente de nuestra vida. Aunque
no salimos muy chamuscaditos para como podíamos
haber terminado, si Dios, Alá, la bruja Lola o
la buena fortuna o todos juntos no hubieran intervenido
para evitar que no explotáramos en una gasolinera
mientras repostábamos en la entrada de la ciudad.
El personajillo que nos echaba la gasolina estaba encima
de un charco del líquido elemento, con su cigarrito
en la mano y echando la ceniza al suelo como el que escupe
al mar.
La visita al mercado de camellos no tuvo desperdicio,
paseamos como extraterrestres entre, niños que
pedían dinero y bolígrafos y hordas de dromedarios
puestos a la venta a pleno soletón; no vimos a
un turista en toda la ciudad. Estuvimos en el recinto
donde los pintan y los marcan según su valía,
incluso pudimos ver el matadero, sorprendentemente limpio,
donde diariamente, cabras y dromedarios entran completos
y salen a trocitos rodeados de moscas. Eso sí,
el terreno próximo al matadero esta bien abonado,
restos de huesos, pezuñas y pieles estaban por
todas partes desecados al sol. Loreto no pudo terminar
la visita, el mal de Egipto la había cautivado
y galantemente Fede se encargó de llevarla al bus
y hacerla compañía.
Después de un corto paseo por la ciudad, pudimos
comprobar que Shalateen es un sitio especial, hay mucha
miseria y suciedad gratuita que podrían evitar,
pero no hay pobreza, los tenderetes cochambrosos, con
todo tipo de alimentos y bebidas están por todas
partes. Muchos de los oceánicos no habían
estado en su vida en un sitio similar, para lo bueno y
para lo malo. No creo que nadie haya estado nunca en una
tienda de especias como la que visitamos y donde Vicente
compró una piedra de viagra egipcio, supuéstamente
para su jefe. De ahí nos fuimos a comer a un restaurante,
que curiosamente era la única casa que tenía
dos pisos. La visión desde arriba de toda la ciudad,
con su multitud de chabolas bajas era bastante peculiar,
menudo barrio residencial. El recelo de los estómagos
a comer en un sitio con unos alrededores tan poco higiénicos
era importante, pero una vez puestas todas las viandas
en la mesa, fueron atacadas sin compasión, incluso
algunas de ellas saboreadas con placer. Para entonces,
el Holandés Errante de Wagner se removía
en su tumba, observando el derrumbamiento de su recia
compatriota Lisa. Más de 100 kilos de carne inconsciente
reblandecidos por el calor. Mientras los mahometanos hacían
sus oraciones, nosotros nos tumbamos entre alfombras y
cojines para dar buena cuenta de los postres de la zona,
acompañados por el sempiterno té. Sólo
nos faltó construir una camilla para poder transportar
a Lisa al bus. Menudo viajecito de vuelta entre tiritonas,
sofocones, duchas y paradas para miccionar, hasta una
letrina improvisada tuvimos que hacer para que la chicas
la taparan y pudiera evacuar a gusto. Lo gracioso es que
en cuanto llegamos al valle se había recuperado
completamente y esa misma noche estaba como una campeona
con el resto degustando una barbacoa que nos habían
preparado en la playa. ¡Cómo nos pusimos
de keftas y de pollo!, hasta el alien, que no había
venido a Shalateen, se unió a la barbacoa para
recuperarse a base de sus ya típicos montoncitos,
en esta ocasión de pollo a la brasa.
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| DESCUBRIENDO
A LA TRIPULACIÓN Tras
la barbacoa regresamos de nuevo al Spring Land, entre
vítores de júbilo por retornar a un lugar
donde la brisa marina y el aire acondicionado mitigaban
nuestros calores, pero eso sí, de nuevo, a que
todo se moviera bajo nuestros pies. Esa noche la pasaríamos
ya en el barco, viendo desde cubierta la transparencia
cristalina de las aguas y a los calamares dando buena
cuenta del banco de peces que nadaba en popa atraído
por las luces.
Comenzaba el segundo Safari, St John's era nuestro objetivo
y Pepito ya no venía con nosotros, otro guía
lo había sustituido, otro Amr, que no era el mismo
que nos acompañó a Shalateen. Poco a poco
nos fuimos dando cuenta que Pepito no solo había
influido en nuestras inmersiones, a partir de su desaparición
la tripulación del barco empezó a tener
un trato diferente con nosotros, los que hasta ahora se
habían visto serios y distantes ahora se mostraban
alegres y dicharacheros, cosa que agradecimos, creo que
mutuamente. El buceo volvió a ser el centro de
nuestra atención, los días pasaban de la
misma forma: dormir, bucear, comer y así constantemente.
Hasta 30 inmersiones llegó a hacer el más
enfermo del azul entre los dos safaris. Sería absurdo
hacer un listado de todo lo que pudimos ver bajo el agua,
tiburones de varias clases, tortugas de todos los tamaños,
peces napoléon enormes, incluso hasta la manta
que nos sobrevoló mientras estábamos buscando
tiburones a 40 metros. Los contaminados de buceo disfrutamos
sólo con permanecer bajo el agua y, si encima nos
rodea un paisaje y una vida tan espectacular, no podemos
decir otra cosa que no hemos visto tiburones ballena,
no hemos bailado con delfines, no acariciamos dugones
pero hemos disfrutado del arte de bucear como enanos...
bueno mejor dicho, como peces.
De este segundo safari recordaremos los atardeceres espectaculares,
las parejitas bajo la luna, las traducciones particulares
de Fer, las llamadas a casa para tranquilizar a la familia
tras el atentado, los arrumacos, los masajes, la pedazo
barbacoa nocturna en mitad del mar en una isla desierta,
las carreras de cangrejos de la Barrantas con el capitán
del barco, haciéndole trampas, el sobeteo con la
excusa de tirar al agua con la tripulación en el
balcón de proa a la vuelta, los pases de modelo,
los delfines pasando junto al barco, los olvidos de ordenador
de Reyi o de plomos de Vicente o de aletas de Fer, la
zodiac pinchada, la inundación del faraón,
de Tarzán y sus melodías, la apisonadora
de Loreto, de los celos de Uschi, de las tartas conmemorativas,
de los nuevos inquilinos de la lista de enfermos, de la
buena comida del cocinero, de las churris queriendo llevarse
a casa a los tripulantes, de la fiesta de despedida con
bailes de todo tipo, las estrellas del cielo, el timo
de Dolphin House, los saltos haciendo de mascarones en
la proa del barco, las potas de Fede en la zodiac mientras
continuaba hablando con normalidad... o fue en Brothers,
bueno da igual. Han sido tantas y tantas cosas que no
tendría web suficiente para ir contándolas
con detalle. Por supuesto que hay muchas cosas más
que comentar, algunas que se olvidan porque sí
y otras de forma premeditada porque deben quedar en el
secreto Oceánico.
El objetivo estaba cumplido, había conseguido evitar
el motín que se estaba planificando para regresar
con el barco a Hurgada en vez de Marsa Alam. El safari
terminaba, estábamos en frente de la playa del
valle y era el emotivo momento de la despedida del barco.
Qué suerte que pudimos descubrir a la tripulación
que nos habían escondido en el primer safari, cuantas
cosas nos hubiéramos perdido, incluso saber que
uno de ellos se llamaba Safit... como se entere Sahid
me mata.
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|
| QUE
BIEN SIENTA UN HELADO EN EGIPTO
Una vez en tierra, se endulzó lo
que se pudo, mientras el cúmulo de sensaciones
se agolpaban, hay quien quería marcharse ya a su
casa y terminar con la pesadilla, otros estaban tristes
por la despedida del Spring Land, otros temblando del
calor que les quedaba por pasar en el valle, otros viendo
que el final se acercaba. Nadie permanecía con
la mente en blanco y qué mejor que tranquilizar
las neuronas que una visita a la gran urbe de Marsa Alam.
Un par de taxis y a pasar la tarde por allí, visitando
el colegio, donde tuvimos "momentos Leti", regalando
juguetes a los niños, paseando por sus calles,
comprando en los bazares y comprobando lo bien que sienta
un heladito en un lugar tan inhóspito como aquel,
acompañado de multitud de chucherías occidentales.
Para terminar, un refrigerio, gentileza de Fer, con parte
de la tripulación del barco que nos encontramos
de casualidad por allí.
El calor menos insoportable y el aislamiento de los perros
nos dejó dormir algo más que otras noches.
Pero ya el cuerpo estaba raro, el cansancio acumulado
y el pronto regreso nos tenía algo descentrados.
Una mañana en la que cada uno se levantaba a la
hora que le daba la gana fue dando paso a la segunda de
las excursiones que teníamos contratadas, pasar
una tarde en un "auténtico" poblado beduino.
Un par de todoterrenos con más kilómetros
que Indurain nos sirvieron de transporte y un cámara
circense haciendo el orangután, colgándose
de coche en coche en marcha por la carretera, nos amenizaron
el viaje. La verdad es que sólo mereció
la pena los paisajes que pudimos ver del desierto entre
montañas, puesto que el poblado era poco creíble
y bastante artificial, preparado casi en exclusiva para
la visita del turista de chancleta. El paseo en dromedario,
la cena, o el atardecer no hicieron que lo vayamos a recordar
como algo espectacular.
La última noche, en el valle, nos depararía
una última sorpresa, bueno, más que noche
madrugada, "La madrugada de los pringaos". Algo
que quedará silenciado hasta que se culmine "La
venganza de los faraones" y será entonces
cuando se levante el secreto de sumario y cada uno quedará
en el lugar que le corresponde.
Y llegó el momento de la despedida del valle, de
Lisa y de Uschi, tras la recogida de los equipos de buceo,
el sellado de los libros de inmersión, los sueños
de viajes futuros y la última comida nos pusimos
en camino, guiados por Amr (el mismo de Shalateen), que
Alá confunda, camino de Sáfaga, para desde
allí ir en convoy "protegidos" por la
policía hasta Luxor. Una visitilla panorámica
a los templos de Karnac y Luxor, antes de irnos al hotel.
Amablemente, Amr decidió que una expedición
tan excelsa como la nuestra no podía ir al hotel
de 3 estrellas que nos había reservado Uschi y
nos llevó al Sonesta St. George de 5 estrellas
y un cometa. Que tío más majo, sabiendo
que yo me tenía que quedar la noche siguiente allí
para recibir a mi familia y así evitar que tuviera
que cambiarme de hotel. Gracias a nuestra pequeña
aportación económica hicimos el sueño
realidad de Amr, pasar la noche en un hotel de ese estilo
a costa de unos pardillos. Espero que la disfrutara porque
es posible que por esa noche perdiera su trabajo, bueno
tranquilos, porque tampoco le tenía mucho aprecio.
A la mañana siguiente, comenzaban dos nuevas aventuras,
la del grupo de 15 camisetas oceánicas volviendo
a España y la mía de comenzar mi viaje familiar
por Egipto. Es bueno saber que en ningún momento
se notó mi ausencia en el regreso y que a pesar
de algún problemilla de embarque, que se supo solucionar
con agilidad y presteza, la expedición llegó
a Barajas culminando, un año más, un viaje
tan especial y diferente como el de Oceánica. Si
la culminación ha sido un éxito o no dependerá
de cada persona que ha participado en él, para
unos habrá sido bueno, para otros no tanto, incluso
habrá quien ha pasado un auténtico calvario,
pero lo que si está claro es que para ninguno ha
sido indiferente.
¿Nos
veremos en Oceánica 2006?... esa... esa es
ya otra historia. |
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