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Expedicionarios
Mercedes

Por tierras africanas

Autor: Juanra
Archivo: Barran
Por las tierras de Swazilandia

El día que salimos de Inhambane acabó una etapa en nuestras vidas. Fueron sin duda unas inmersiones que habrán de ser recordadas como de las mejores que ha hecho la secta oceánica. Es una lástima que la mierda de cámara de Fernando, que era el único que la llevaba sumergible, todo hay que decirlo, no hiciera unas fotos dignas de ser mostradas para dar fe de lo que ahora tenemos solo en nuestra memoria. Pero hay que mirar al frente, y nos quedan nuevos parajes que recorrer, y nuevos países… ¿dónde coño está Swazilandia?

Jueves 24 de agosto de 2006

A primerísima hora de la mañana, o a ultimísima de la noche, según se mire, recogimos los equipos, que parecían limpios y secos. Pero era solo la apariencia, porque estaban húmedos y olían a hongo. Así que con todo el dolor de nuestro corazón y procurando no respirar, metimos los equipos con el resto de ropa. Nos despedimos del personal, de los rubios porque los morenos no hablaban, nos hicimos unas fotos, y el convoy emprendió el camino de vuelta a Maputo. Al salir de Barra, nos paramos en una escuela a repartir todo lo que nos sobró, y cosas que habíamos traído expresamente: macarrones, cereales, sal, mantas, mas cereales, alguna camiseta, bolígrafos, cereales otra vez (se nos fue la mano comprando), juguetes, juntas tóricas, llaves… Cuando se quiso dar cuenta Vicente, le habíamos vaciado media caja de herramientas. Mientras que hablábamos con los profesores, intercambiamos direcciones y nos hacíamos fotos, Vicente se quedó haciendo una conjura de venganza utilizando el escorpión como interlocutor con los Dioses. Todo iba coma la seda, porque Cepe iba tranquilo (hasta echó alguna cabezada), pero no podía ser todo perfecto. El coche de Jose, al pasar por una pequeña población, tiró la gorra de un orondo policía con el rebufo, y otro, mas orondo, nos echó el alto. Le quitaron el carné alegando que circulaba a 63 Km/h en un tramo donde el límite es de 60. Le pedimos la foto, y se descojonó.

- ¿Foto? No foto.

¡A ver!, no se va a descojonar… Lo único que nos enseñaba era el radar de mano, con un 63 en el display, y nos explicaba con sorna que les había entrenado en su uso la Guardia Civil española, y que si queríamos el carné teníamos que pagar 1.000.000 de meticales.

Enviamos una avanzadilla a ver qué se podía hacer.

- ¡Joder, pues que se lo queden!
- ¡Hombre!, es cierto que la parte mas chunga del viaje ya está hecha, pero es que me da un poco de cosa dejarle aquí.
- El carné, gilipollas. ¡El carné!

Mientras los fenicios y el del carné de aduanas negociaban con los policías, los demás rememoraban las hazañas del Martillo de Maputo, escuchando a Tomás y a Marina relatarlo:

Era una tarde estupenda. Una temperatura agradable, y un atardecer espectacular… ¡vamos!, lo típico de Barra.
Nos animamos a jugar un partido de Voley-Playa emulando (ellas a esos culos perfectos, y ellos a esos torsos marcados y bronceados) a esos que salen en las competiciones de J&B. El espectáculo era digno de verse. Cómo nos rebozábamos en la arena. Cómo saltábamos. Allí no daba nadie ningún punto por perdido.

- ¿Pero quieres sacar dentro del campo de una puta vez?
- ¿Y de verdad no te quieres tomar algo tranquilamente en una mesa? ¡Anda, majo, pídete algo, que pago yo!
- No. Por debajo de la red no vale. Aunque sea tuya la pelota.

- ¡Alaaaaa!, a tomar por culo las gafas. A ver otro. ¡Cambio!, ¡cambio!
- Como me des otro pelotazo, te la tragas sin desinflarla.
- Reyero, si no te importa deja el coco para luego y ponte a jugar.

Era tal el espectáculo, que Mili Vanili, se animó a dar manotazos a la pelota. Parecía que el lugareño era el único que destacaba, hasta que surgió en el campo la triste figura de Jose, el Martillo de Maputo. Era el único que daba “mano con bola”, porque los demás, o la mandábamos al agua, o caía en la sartén del cocinero que ya preparaba la cena, o se estampaba en la cara de algún jugador. Sin embargo el Martillo de Maputo, no dejaba de meter puntos, hasta que Mili, con las rastas llenas de arena y con dolor de tripa de reírse, con todo el dolor de su corazón tuvo que marcharse a cumplir con sus obligaciones. En esto que…

Al fin volvieron los emisarios negociadores, con Jose y sin carné. Eso, si, les avisamos que no se fueran a comer hasta que volviéramos con el dinero. No creo que pasaran hambre… ¡No te jode!

Seguimos el camino y llegamos sin contratiempos a Maputo, soportando el atasco de hora punta. Nos fuimos directamente a cambiar pasta al centro comercial Polana, no vaya a ser que nos cierren. Sacamos unos cuantos millones de meticales, y nos fuimos al “Calla JuanRa”. ¡Sorpresa! no hay agua en dos apartamentos. Nos prometieron que lo arreglarían mientras cenábamos. ¡No tenían ni puta idea ni de donde está la llave de paso! Nos temimos lo peor…

Así que con el miedo a lavarnos en una fuente y el olor en el cuerpo, nos fuimos a cenar al restaurante “Mundo Express”.

- ¡Que yo no huelo!, que es el Relec.

Vicente se quedó en el apartamento, y cuando Cristina se dio cuenta, ya en el restaurante, de que no estaba, le llamó para ver si estaba bien (no quiero ni imaginar la factura del móvil como la llamada pasara por España). Volvimos, y nos dijeron que ya habían encontrado la llave de paso, pero que no sabían donde estaba el calentador para encenderlo, así que unas cuantas se quedaron sin agua caliente. Pero los caballeros oceánicos, dejaron una ventana horaria para que las damas se duchasen tranquilamente, porque los de la secta ante todo somos serviciales.

- ¿Y esta tía que coño hace? Lleva 1 hora ahí dentro.
- Espero que encima no haya cagado.
- ¡Calla! A ver si sale solo con la toalla.
- ¡Uy! como se acabe el gas…

Pues eso, ducha y a la cama.

Viernes 25 de agosto de 2006

Este fue declarado Día Mundial del Libre Albedrío. Ese en el cual Jose se despreocupa de todo, descansa y toda la organización se va a tomar por culo.Partimos temprano, como no, camino a Swazilandia. Porque si, los oceánicos estuvieron en Swazilandia. ¡Con dos cojones!. Dimos alguna vuelta para salir de Maputo. Para ver los arrabales decían los guías. Preguntamos a un tío con uniforme, y le llevamos amablemente a su puesto de control, que curiosamente, estaba en la carretera que conduce a Swazilandia. El cielo amenaza lluvia, y como dice Barran: “con tanta humedá apetece mexiar”. Y hubo que parar. Que si para tu, que yo sigo, que si no te preocupes que llevo el walki, que si aquí no paréis, que donde has puesto el walki… todos perdidos por una meada. Y empezaba a caer una tormenta del copón, con abundante aparato eléctrico. Menos mal que la carretera muere en la frontera, así que allí nos reagrupamos.

Pasamos sin dificultades los trámites fronterizos, llamándonos la atención la diferencia de instalaciones, que hay entre las aduanas Mozambiqueña y Swazilandesa. Y justo antes de salir de la aduana. ¡Zas! Control de alimentos. Nos vimos corriendo detrás de alguna cabra para poder comer algo. Hubo alguna crisis, como la de Manu, que se aferraba al lomo, gritando a los guardas, “¡Por encima de mi cadáver. Venid a buscarlo, cabrones!”. Menos mal que no le entendían. Al final sacamos los ibéricos de los maleteros y los disimulamos debajo de las alfombrillas, lo que incrementó la presión de las rodillas de Oli sobre su mentón, y en la canal maestra de las componentes femeninas de la expedición.

- Pulga, pareces una P mayúscula.
- Si, y tu una D. ¡No te jode!

La operación, que denominamos “Encubrimiento Ibérico”, aunque algunos la llamaban “Operación Por Dios, que no nos dejen sin comida”, fue todo un éxito y todos relamimos a gusto. Pero no nos habíamos recuperado de la tensión, cuando nos paran en un control militar. Un puesto de paracaidistas enormes (que ya me contarás que aviones van a tener en Swazilandia, si no pueden despegar sin invadir el otro país), que ya quisieran los marines tenerlos enrolados. Nos pidieron los pasaportes con una cara de “o me lo das o te echo los seguros del coche, disparo contra el deposito de gasolina y espero a que arda el coche contigo dentro”. Cuando llegaron al coche de JuanRa el mas grande de los que había, y el que tenía cara de ser mas animal, le preguntó en perfecto ingles swazilandés que cómo iban las cosas en España. JuanRa se creció y estuvo a punto de decirle:

- Es un país europeo, de la gran Europa, donde vivimos de puta madre, mucho mejor que vosotros, y podemos ir donde nos da la gana sin encontrarnos con controles como este. Pero tuvo un hilillo de lucidez y en perfecto espanglis le dijo que no se vivía mal. No le debió gustar mucho, porque acto seguido el animal uniformado le dijo:

- Me gusta tu camisa. ¿Me la das?

JuanRa ya no aguantó más la tensión y empezó a despelotarse para darle todo lo que llevaba. Menos mal que alguien del asiento trasero le insuflo valor, a través de una sonora colleja, y reunió el suficiente coraje para decirle:

- Señor, es que no tengo otra.

Se quedó mirándole durante unos segundos, en los que ya se veía fuera del coche sin haberle dado tiempo a abrir la puerta, y con un palmo de aire entre los pies y el suelo, sujeto por su entrepierna. Pero al final nos devolvió los pasaportes y pudimos seguir el viaje. Los colores que dejó la tormenta sobre las llanuras eran muy hermosos. Pero el Parque Nacional era una puta mierda y no vimos ni cabras. Lo único emocionante fue el paso de los coches sobre un puente de troncos de cuya estabilidad dudábamos. Así que nos volvimos a cenar al Maputo, con sorpresa incluida para Cepe.

- ¡Feliz Cumpleaños!

Sábado 26 de agosto de 2006

Este era el día de asueto en Maputo. Pero empezaron a surgir las tareas que nos indicaban que el viaje iba llegando a su fin:

- Hay que quitar los carteles de Topodiving de los coches.
- Si, pues se queda todo el pegamento.
- ¿Pero qué precinto habéis utilizado?
- ¡Con disolvente! Y como se va a ir la pintura, decimos que el coche no era rojo, sino… a ronchones…

Después de pertrecharnos con alcohol y papel de cocina nos ponemos a frotar y frotar.

- ¡Joder tío!, esto no cunde. Nos tiramos aquí todo el día.
- Pues la Barrantas se ha ventilado un buen trozo en un periquete.
- Pues que limpie ella todos los coches.
- ¡Vale!, pero se lo dices tú.

Al final decidimos subcontratar esta ardua tarea mientras nos relajamos haciendo compras en el mercadillo (que dicen que irse de compras quita mucho estrés).

Lo del mercadillo fue espectacular. Al principio íbamos de pardillos, pero nos acoplamos a Fernando y a Manu para aprender. Lo que iba a ser una hora comprando en una mierda de mercadillo con 5 puestos, acabó en casi cuatro horas. Se nos fue la mano. Empezamos a apretar tanto en el regate, y sacábamos las cosas tan baratas que los meticales que teníamos no se acababan nunca. Pero es que cuando se nos acabaron teníamos tal mono que pagábamos en euros.

- ¡Que espiral! ¡Que espiral!
- ¿Cuanto ha dicho?
- 50 meticales. Vamos, una mierda en euros.
- Pues dile que ¡A robar a Sierra Morena!
- Y tu, ¿para que quieres el bombo ese? ¿Y que, se lo vas a dar al piloto, a ver si cabe en la guantera del avión?

Después de nuestra visita al mercadillo se reactivó la economía mozambiqueña subiendo algunos enteros. Con las mochilas a reventar y las manos llenas de bolsas, nos fuimos a comer una mariscada en el Mercado de Pescado. Allí comprabas el género y te lo cocinaban en el restaurante del mercado. Y otra sorpresa:

- ¡Feliz Cumpleaños, Reyi!

Ya, con la andorga llena, se nos había olvidado la fiebre del regateo hasta que nos visitó el señor de los batiks (amigo de Deri). La fiebre del regateo volvió a apoderarse de nosotros y nos abalanzamos sobre la montonera de batiks, abandonando a Reyi y a su tarta.

- Reyi, comete mi parte que he visto unos batikes que me han gustado.
- Pero ¿donde vais, ¡cabrones!? ¡No me dejéis con la tarta!


La tristeza empezaba a apoderarse de los rostros. Entregamos los coches en la oficina (ni se dieron cuenta de los costrones de pegamento en la pintura, quizá porque estaba lloviendo a cántaros y se fió de nosotros cuando les dijimos que se los devolvíamos impolutos). Hicimos los trámites de embarque y cogimos nuestro vuelo a Lisboa.

Domingo 27 de agosto de 2006

Aterrizaje en Lisboa. En el trasiego de aviones, Jose olvida la brújula de nuestro viaje: su agenda personal. Hubo que recurrir al del carné de aduanas, y la cosa se resolvió sin problemas.

Vuelo Lisboa-Madrid, y multitudinaria recepción en el aeropuerto a la expedición Oceánica.

Y esto es todo amigos, llegamos al final de un inolvidable viaje, que si bien no va a cambiar nuestras vidas si que habrá dejado huella en ellas.

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