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Por
tierras africanas
| Autor:
Juanra |
Archivo:
Barran |
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Parecía
que se había cubierto una etapa,
y que las expediciones oceánicas
iban a modificar su formato. Han sido
varios años de duro trabajo y quizá
era el momento de cambiar las cosas.Sin
embargo, alguien puso un hilo delante
de la organización con un cartelito
que anunciaba un destino espectacular
al otro lado. Y la organización
tiró del hilo. Tanto, que hizo
madejas y con las madejas jerséis.
Hubo que deshacer muchos nudos en el hilo.
Pero los jerséis iban saliendo,
aunque hubo que deshacerlos y rehacerlos
muchas veces, y cada jersey era más
complicado que el anterior. A veces no
había luz para tejer, y hubo quien
aportó luz. El trabajo ha sido
largo y duro, y sólo con la motivación
de hacer un viaje inolvidable, irrepetible,
insuperable, y sobre todo que fuera capaz
de hacer realidad los sueños, quizá
ocultos, de muchos de los expedicionarios.
Este
año, el reto que se planteó
la organización era extraordinario.
Pero lo ha superado con creces. Este es
el diario de lo que es sin duda (hasta ahora),
el mejor viaje Oceánico: Mozambique,
Sudáfrica y Swazilandia. ¡Con
dos cojones!.
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Viernes
11 de agosto de 2006
Aquel
día amaneció soleado. Había
sido una noche larga, llenando y vaciando de nuevo
el mochilón de buceo para ver si encajaba
las putas bolsas de ibéricos que siempre
acababan estorbando. Cada uno utilizaba sus trucos:
Vicente, las intentó meter enrollándolas
para que entraran entre las juntas tóricas
(pensó que con la grasilla, irían
ya engrasadas y no necesitaría vaselina,
con el consiguiente ahorro de espacio), Cepe lo
intentó entre los mapas y las hojas de
rutas, pero se le embadurnaban de grasa, y al
sumar kilómetros no le salían las
cuentas. Almudena las guardó metidas en
los escarpines… JuanRa no llevaba ibéricos,
sino camisetas oficiales para la organización
local de Maputo, y después de tanto meterlas
y sacarlas, se hizo un lío y no supo de
quien era cada una, incluidas las suyas.
En
fin, que cada uno con sus bolsas se presentó
en el aeropuerto, unos en el coche de familiares
o amigos, otros en taxi, y alguna en furgoneta
de alquiler de 15 metros cúbicos. Habíamos
quedado en la T2 del aeropuerto de Barajas a las
16:00 horas. Los
últimos en llegar fueron Palomino y JuanRa,
debido a la imposibilidad de cuadrar el inmenso
maletón de Palomino en el maletero, o quizás
fue por el largo pasteleo de despedida de Juanra
con Tere. Ah nooo, el último en llegar
fue Elvira y además después de la
hora de citación.Nos
pusimos en la cola roja, y a esperar. Como todos
los años, apareció el listillo de
Fernando diciendo: “No os preocupéis, que
aquí me conocen. Dadme los pasaportes”.Tardamos
en los trámites unos 15 minutos, lo cual
no está mal para 18 personas. Es lo que
tiene ser el Boss.
El
vuelo a Lisboa se pasó volando… Y ya en
Lisboa, ante la tesitura de esperar 2 horas en
la sala Vip, porque en Oceánica tenemos
clase, pues unos pocos nos decidimos por ir a
dar una vuelta. Fernando, que sabe idiomas, preguntó
en Información la manera mas barata de
ir al centro de Lisboa. Porque en Oceánica
tenemos clase, si, pero poco dinero. Y le dicen
que sí. Que hay un autobús para
turistas que, enseñando el billete, te
lleva gratis. Un español que está
en la cola, nos oye y nos comenta que sí.
Que hay taxis y que no tardan nada al centro.
Salimos a la puerta, y Vicente pregunta a un …
bueno no se lo que era pero llevaba uniforme,
y le dice que sí. Que los autobuses son
los amarillos, pero que no son gratis desde hace
por lo menos 2 años. Así que con
esta información tan precisa decidimos
sacar el mapa e irnos andando. “¡Hostia,
que el centro está a tomar por culo!”.
No importa. Hay que adaptarse. La aventura es
la aventura “Vámonos a las instalaciones
de la Expo. Es fácil: calle abajo”.
Pues
fue orientar el mapa, y ya estábamos perdidos.
“¿Cómo coño se llega a la
calle que se ve ahí en frente?” Le hicimos
esa misma pregunta a un policía que estaba
regulando en tráfico que llegaba al aeropuerto.
Pero debe ser que no nos entendimos mucho porque
acabamos cruzando por donde Dios nos dio a entender,
pisoteando el césped, y esquivando coches.
Pero ya estábamos en la calle que nos llevaría
al barrio construido para la Expo de no se que
año. Fue
salir del aeropuerto, y los edificios empezaron
a ser cada vez más cutres. Tanto que cada
vez andábamos más juntos y más
deprisa, no sea que nos tomaran por el Racing
de Oporto o algo así y nos apalearan. Nos
dejó impresionados ver en uno de los edificios
que vimos de camino, que tenían una barbacoa
de obra en la terraza (sí, he dicho de
obra, y sí, he dicho en la terraza). La
tenían encendida y con unas llamas que
subían al piso de arriba. Pero debía
ser bastante normal, porque aquí y allí
se veía en medio de la fachaza el hollín
del fuego. Alguno de los inquilinos de los edificios
nos saludaba cuando apuntaba Reyero con la cámara.
(¡Dios. Que no les de por bajar a conocernos!).
Fue
cruzar una calle, y llegamos a la zona de la Expo.
Con edificios de lujo, coches de lujo, restaurante
de lujo, estatuas de lujo, gimnasio de lujo y
hasta una pija de lujo haciendo spinning en el
gimnasio, que nos ofrecía un generoso escote,
mientras pedaleaba. Cuando se dio cuenta de los
4 tíos vestidos de rojo la miraban y cuchicheaban,
nos ofreció una mirada de desprecio, que
nos hizo salir de ensueño, y nos fuimos
a ver el Tajo. Poco
que ver, y ala, para el aeropuerto. Mientras volvíamos,
llegamos a la conclusión de que el dinero
para remozar los barrios de la Expo, se acabó
en un cruce, y no hicieron zona de transición.
Donde llegó el dinero, quitaron los suburbios,
y el alcalde dijo, hasta aquí, e hizo una
raya en el plano. Y el de la barbacoa y sus amigos,
se quedaron al otro lado. No me gustaría
hacer ese trayecto yo solo y de noche.
Mientras
tanto, en el aeropuerto, los que se quedaron,
dando paseítos aquí y allá,
pasaron el rato viendo como una señora
negra inmensa atascaba un pasillo mecánico
al volcar un carro acorde con su talla. Fue espectacular.Una
vez recuperada la unidad del grupo, nos fuimos
a la zona del embarque, y a volar a Maputo. Más
de uno hacia esfuerzos por no dormirse por si
se perdía la gran cena que nos habían
anunciado en un folleto. Como en las bodas. Cena,
con búsqueda del pollo, manta, almohadón
y a dormitar. Hubo alguno que tuvo pesadillas
con un niño que no paraba de chillarle
en el oído. Pero
amaneció y la tripulación nos ofreció
un desayuno excelente, aderezado con olor a humanidad,
principalmente del final de las extremidades inferiores.
Y tiradas de cadena.
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Sábado
12 de agosto de 2006
Una vez desayunados y aseados
(cada uno en la medida de sus posibilidades, y
gustos: unos con lavados checos, otros con lavados
de gato con toallita aromática), recibimos
las instrucciones de Palomino para quitarnos las
camisetas y no llamar la atención e impedir
que pillen todos los ibéricos. Así
que hubo jornada de “me importa un güevo
que me veas el sujetador” y de “como lo ha hecho
la tía?, ni me he dado cuenta”. No debían
saber que éramos un grupo, así que
la consigna era: “Yo a este/a no la conozco, y
seguramente lleve droga”.
Desembarcamos con cansancio pero
buen humor y con la mente abierta como buenos
viajeros que éramos (muestra de ello fueron
los cometarios del tipo: “Ese era el hijoputa
del niño” o “échate más Relec
que ya bajamos”, “Si es que tienen un olor muy
fuerte” o “Huelen a sudor todos”). Ya
en a cola de los pasaportes, recibimos la instrucción
contradictoria de ponernos otra vez la camiseta
roja de Oceánica. A alguno la CPU le ”crujió”,
pero conseguimos rearrancarlo. Ahora éramos
oficialmente la selección española
de buceo para pasar mejor por la aduana Mozambiqueña
y que no nos registren los maletones . Shit yourself
little parrot!
Pues la cosa salió bien.
Lucimos con orgullo la camiseta y los colores
de la bandera nacional. No siempre se es represéntate
de España en algo.
Una vez fuera del edificio del aeropuerto, había
que irse a por los coches. Juntamos todos los
maletones y las mochilas de mano para tenerlos
controlados. Los “cargamaletas” nos miraban asombrados.Una
avanzadilla se fue a por los coches de alquiler
que teníamos reservados: 5 Kia Río.
No teníamos muy claro como eran los Kia
Río, pero Dios, que es grande y todo lo
ve, cuando vio el tamaño del Kia y el montón
de maletones, se escojonó e hizo que estuvieran
agotados los Kia Río, con lo que nos dieron
dos Kía Shuma II y un Kía Picanto
(más conocido posteriormente como “El Huevo
del Elvirita”. El coche mas pequeño que
llevábamos y el que lleva al ocupante mas
grande (Oli). Dos metro de ocupante. Y es que
los oceánicos somos sufridos), un Ford
Ranger pickup 5 pax, un Ford Ranger pickup 2 pax.
¡Menos mal!. Si no fuera por las Pickup,
hubiera habido que atar con pulpos los mochilones
al parachoques de los coches para que fueran sobre
sus propias ruedas. Los
conductores se dieron unas vueltas por el parking
del aeropuerto, para acostumbrarse a conducir
con el volante a la derecha. No sirvió
de mucho porque estuvieron los 16 días
esquivando ramas, cunetas, morenitos, dando al
limpia en vez del intermitente y entrando por
la puerta del copiloto.
Una vez cargados los bártulos,
nos pusimos rumbo al centro de Maputo. Al alojamiento
que nos albergaría durante nuestras estancias
en Maputo: la Pensao Martins. La jugada de los
ibéricos estuvo bien. La de los coches
mejor. ¡Pero claro! Todo no iba a ser igual,
y algo tenía que fallar. El de la Pensao
decía que por Topodiving no le venía
nada en el libro de reservas. Después de
tirar del hilo, resulta que el dueño a
todo el que llamaba le decía que tenía
habitaciones libres. Y claro, se llenó
antes de que fuéramos nosotros. Así
que amablemente nos reservó el hotel Kaya
Gwanka (mas conocido como Calla Juanra). Allí
si que parecía estar todo en regla. Dejamos
el equipaje. Un poco de desodorante para tapar
el olor, y ala! a comer algo con la hermana de
Fernando, Maria, y el causante del tremendo hinchazón
de tripa que lucía. Nos llevaron al restaurante
Mimmos, sito en la avenida del 25 de julio (día
en el que Mozambique consiguió su independencia
en aquel glorioso año de 1975), donde la
flor y nata de Maputo se reunía. Chicas
y chicos espectaculares, y más de un “europeo”
feo con morena despampanante debajo del brazo,
lo que da que pensar…
La comida la pagó el fondo
de Oceánica. Pero los que estaban ávidos
de comprar regalos y tener independencia económica,
necesitaban cambiar dinero. Así que nos
fuimos al Centro Comercial Polana a cambiar dinero.
Cola interminable de blancos con camisa verde,
conseguir moneda mozambiqueña (Meticales)
y sudafricana (Rands). Así que con los
monederos abarrotados de billetes de tres países
distintos, y dos sistemas monetarios diferentes
nos fuimos a gastar unos cuantos millones de meticales
en comida para nuestras estancias en Sudáfrica
e Inhambane. Cansados ya,
volvimos al Calla JuanRa. Pero aún había
que ir a llevar las maletas de buceo y parte de
la compra a casa de Maria para que se quedaran
allí hasta que volviéramos de Sudáfrica.
Unos cuantos voluntarios y otros cuantos forzados,
se fueron en las pick-up a llevar la carga. Allí
conocimos al guardia de seguridad del vecino,
que nos iba a echar un vistazo a las maletas durante
nuestra ausencia. Dejamos las maletas y nos quedamos
tranquilos pensando que era una zona segura y
que era normal que en las zonas tranquilas como
esa los guardias de seguridad llevaban porra de
madera y un fusil a la espalda. En cualquier caso,
si robaban, no se llevarían nuestro tesoro
mas preciado, el secador de Cristina: Vicente
se vio obligado a protegerlo, llevándoselo
escondido en el cinturón, tratando de evitar
el escarnio público. No lo consiguió.
De
nuevo rumbo al Kaya Gwuanka. Todavía se
dudaba en los cruces, pero la destreza de los
conductores iba en aumento. Las ojeras llegaban
hasta los carrillos, así que hubo que levantar
el ánimo con una buena cena de ibéricos
en la terraza del hotel. Una ducha y a la cama.
No hubo fuerzas de luchar contra los mosquitos:
El aire acondicionado a 15 grados, y que tiriten…
Aun así a alguno le picaron. Puede que
con el frío, los mosquitos se arrejuntaran
al calor de las mantas.
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Domingo
13 de agosto de 2006
¡Dios!
como duele madrugar tanto. A algunos se nos había
olvidado lo que era esto de las oceánicas. ¡Pues
ala! deprisa y corriendo para llegar tarde y que no
nos pongan un warning.
- ¿¡Donde coño hemos quedado?!
- Si. Ya se que en los coches, pero ¿donde están?
- ¡Jooodeeeeeeeerrrrrrr! El primer día
y ya llegamos tarde.
- ¡Oye!, que ya no queda nada en las habitaciones
(dicho de manera que parezca que hemos estado revisándolas
mientras que los demás cargan los bolsones en
las furgonetas). No
parece que haya mosqueos. ¡Pues a Sudáfrica!
Salimos
de Maputo observando cómo la ciudad despierta.
Nada mas dejar la almendra de la ciudad, no quitamos
ojo de los puestos que hay a los lados de la carretera.
Parece que la vida circula en torno a ella. Es increíble:
Se vende todo: desde fruta hasta boaserís (sobre
esto, me pregunto si le darán cera a las boaseris
como a los jarroncitos de madera para hacerlos brillar…).
Nos
causa sorpresa que las calles y las carreteras no están
desechas como cabría pensar. Los coches tampoco
están destartalados, ni mucho menos. No
tardamos mucho en llegar a la frontera con Sudáfrica.
Nos impacta la diferencia que hay en apenas 10 metros.
De un lado te leen con escáner el pasaporte,
y en el otro, después de rellenar un informe
de vida laboral, que ya me contarás para que
coño quieren saber de que trabajas, te lo leen
con el ojo del … a juzgar por lo que tardan. Bueno,
pues ya estamos en Sudáfrica. Aquí el
paisaje cambia. Mucho mas modificado por el hombre:
plantaciones enormes, riegos, etc. Llegamos
a Cocodrilo Gate: Nuestra puerta de entrada al Parque
Kruguer, que con una extensión equivalente a
Extremadura (alguien tiró el rasero y dijo que
era equivalente a Portugal), es uno de los mas grandes
del mundo.
- ¡Que
con coches normales no se puede pasar! Y que cojamos
una furgoneta con guía. ¡No te jode!
- Anda dile que llevamos cuerdas, somos muy fuertes
y llevamos las páginas amarillas y a Cepe como
guía. ¡Vámonos!
Una
entrada por coche y pa’dentro. Al poco de entrar, frenazo.
-
Que es eso?
- Y yo que se!
- Una vaca!
- ¡Como va a ser una vaca! Será un buey
de esos, o un bisonte.
- No se lo que es pero es grande y lo tienen en el zoo
de Madrid.
Ese fue el
comienzo. Luego se sucedieron las caras de asombro,
admiración y sobre todo los aspavientos. El huevo
estuvo a punto de volcar un par de veces al irse todos
sus ocupantes hacia el mismo lado para ver algún
animal. Quizá por eso el huevo pinchó,
y hubo algunos recelos a la hora de cambiar la rueda:
- Cámbiala
tu, que así aprendes.
- Coño y si viene un león?
- Pues ya si eso doy aviso yo.
Pero
lo que al principio fueron recelos, luego fueron risas
al ver la miieerrda de rueda de bici que tenía
como repuesto. Pero era eso, o exponerse a los buitres.
Así que la cambiamos. Los
animales se sucedían. Y ya estábamos desatados.
Estaba prohibido sacar el cuerpo por la ventanilla,
pero hasta nos bajábamos para hacer mejor la
foto.
Entre parada y parada llegamos a la hora de comer, y
no habíamos hecho ni la mitad del camino que
habíamos pensado (”¡Putos elefantes!”,
repetía Cepe. “Me van a joder el promedio”).
En
un área cuya única protección era
un cartel, si que permitían bajarse del coche,
así que nos dispusimos a dar cuenta de la ración
de ibéricos del día. El olor atrajo a
numerosas aves exóticas que parecían interesadas
en degustar la grasilla de los plásticos. Con
la andorga llena, a seguir viendo animales. ¡Que
espectáculo!
- ¡Coño!
una gasolinera. Hay que joderse, lo grande que tiene
que ser esto para haber gasolineras dentro de un parque
nacional.
Estación
de servicio de Satara. Pues a llenar los depósitos
y a arreglar los pinchazos.
-
Pero que hace con ese punzón!
A
Oli hubo que agarrarle entre 4 para que no se abalanzara
contra el mecánico. Sufre el síndrome
de Pikanto, que consiste en pasarse 3 horas seguidas
arañandote la cara con las rodillas, pero cogiendo
al coche un cariño que no se puede explicar con
palabras. Solo con hechos como estos. Resulta
que allí las reparaciones de rueda las hacen
metiendo un cacho de espuma en el agujero. El tío
decía que lo garantizaba por 10 años o
100.000 kilómetros. A nosotros con que aguantara
unos días nos sobraba. Cepe
empezaba a hiperventilar. No atinaba a decir una palabra
detrás de la otra. Solo decía que no con
la cabeza, daba golpes con la calculadora sobre el mapa,
buscaba el norte con la brújula, mientras pronunciaba
la palabra “puerta”. Después de un rato, consiguió
hacerse entender: Nos quedaba un güevo para llegar
a la puerta de Phalaborwa, que es por la que queríamos
salir, antes de la hora de cierre de la puerta. Alguien
dijo:
- Si nos
pasamos la noche dentro, la cena está garantizada,
pero hay que salir a matarla.
Había
que tomar decisiones drásticas y había
que tomarlas ¡ya!: A Porlaborda a toda hostia.El
límite de velocidad dentro del parque era de
50 km/h, pero nosotros íbamos a unos 80 km/h.
- Mira un
elefffnnnnte.
- Una jirrrrrffa
- ¿Que?
- Un rincrnte
- ¿Dónde dices?
- No. Ahí atrás. 2 kilómetros atrás.
- ¡Dios! no quiero ni pensar que en una curva
nos salga… ya no digo un elefante. Un jabalí
de esos de los cuernos, o una gacela. Como no salte…
- ¡Hostia si! es una jirafa.
- ¿¡Pero qué dices!? Era un hormiguero.
Al
final llegamos a la salida con tiempo para hacernos
fotos antes de que cerraran. ¡Nos ha jodido! ¡Hemos
despeinado a las cebras…!. En
la ciudad de Porlaborda nos acercamos a un supermercado
a comprar agua, y después a buscar el hotel que
nos acogerá durante dos noches: el African Lily
Lodge. Después
nos fuimos a cenar a un restaurante-parrilla típico
americano. Manda güevos, irnos casi a las antípodas
para acabar en un americano. Eso si, era muy intimo,
porque había tan poca luz que apenas veíamos
al comensal que teníamos enfrente. Loreto pidió
un par de helados con sirope “aquí and aquí”.
Ante la insistencia de Loreto, la trajeron un cántaro
de sirope. Había sirope para los helados, pero
también para la pasta, para las costillas y para
las pizzas. Pues
ala! con la andorga llena, a la cama. Pero antes había
que montar las mosquiteras y eso era harina de otro
costal. Hubo que usar cuerdas, cordinos, pulpos y alcayatas,
pero al final aunque algo estrambóticas, quedaron
bien. Hubo quien, además se embadurnó
de Relec, embadurnó también la mosquitera,
encendió la espiral, se puso el zumbido antimosquitos,
y se apretó la perla de ajo y la pastilla de
la malaria antes de meterse en la cama
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Lunes
14 de agosto de 2006
Toque
de diana consistente en golpetazos en las paredes para
despertar al vecino, y desayuno en los apartamentos. Hubo
despliegue de sobaos, cereales, galletas, leche, zumos,
batidos… Al
salir al aparcamiento, el guardacoches corricolari nos
vio y nos hizo sus reverencias con la mejor de sus sonrisas
indicándonos que nos había limpiado los
coches. Considerando como acabaron el día anterior,
realmente estaban bastante limpios.
Nos
pusimos de nuevo de camino al parque Kruger. Pero esta
vez nos fuimos a otra zona, pensando que conoceríamos
sitios nuevos. Visitamos unas minas de cobre, que decían
que tenían 500 años. Alguno se extrañó
de ver, después de 500 años, lo bien que
se conservaba las cañas del tejado, y lo avanzado
de esa tecnología que conocían el cemento
Pórtland. También visitamos el museo del
elefante. Sin embargo, animales no vimos muchos, quizá
porque lo comparábamos con lo del día anterior,
en el que terminamos ahítos de tanto animal.
Comimos
la ración diaria de ibéricos en ruta y salimos
por la misma puerta pensando que aunque no habíamos
visto gran cosa ese día, el balance era muy positivo,
considerando además que habíamos visto 4
de los cinco grandes. Nos
fuimos a cenar por Porlaborda y a los apartamentos. Nos
llevamos una grata sorpresa porque sin saber cómo,
las camas aparecieron hechas y aparentemente las mosquiteras
que las cubrían no fueron tocadas.
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Martes
15 de agosto de 2006
Ese
día madrugamos tanto que el guardacoches corricolari
se tambaleaba cuando corrió al vernos. Cargamos
los maletones en los coches, encajamos a Oli en el huevo
y nos fuimos a visitar varios sitios de camino a Maputo.
Llegamos
a Blyde River Canyon (¡oh yea!), justo después
de que pusieran las barandillas, los árboles y
el rió del fondo. Nos habíamos pasado madrugando.
Después visitamos la Cascada de Berlín,
una caída de agua impresionante. Nos asomamos justo
desde encima del chorro. Se les había olvidado
poner algún tapón por ahí arriba.
En fin, todo sea por que el turista esté satisfecho.
Seguimos y nos hicimos un caminillo que acababa en un
mirador sobre una extensión enorme de bosque maderero,
lleno de pistas forestales y poblados de trabajadores.
Era increíble la cantidad de madera que sacaban
de ese bosque. Había montones de camiones y hasta
un tren de madera. Paramos en “Pregúntale_a_Cepe”.
Una población llena de simpáticos lugareños
para decidir donde comíamos y aprovechamos para
cambiar dinero. Había una cola bastante larga,
y nos toco detrás de un tío que olía
a una mezcla de orín, alcohol y sudor que echaba
para atrás. El tío, que era ya mayor, o
no era muy espabilado o estaba algo borracho. Ante la
tesitura, dejamos a Loreto y Mercedes con toda la pasta
para que cambiaran. Los demás esperamos fuera.
Por supuesto de vez en cuando entraba alguno de nosotros
o bien para comprobar que era cierto lo del olor (que
se fue extendiendo por toda la oficina de cambio), o bien
para ver que seguían conscientes y de pié
nuestras dos exploradoras.
Paramos
a comer en un pueblucho de 4 casas llamado Pillgrim, pero
con cuatro árboles que nos daban cobijo. Hubo
un reparto anormal de la comida de tal modo que la mitad
del grupo se hinchó a comer la paletilla ibérica
a costa de la otra mitad que se tuvo que conformar con
oler el bocadillo del de al lado. Todavía está
el juicio pendiente ya que se está investigando
el asunto para ver si hubo premeditación. Como
colofón a esta comida campestre, hubo una muestra
de sucesivos potorros a los automovilistas y a algún
viandante desde una cuneta, mientras las féminas
oceánicas hacían sus necesidades. Llegando
a la frontera pasamos por Valencia (la de allí),
y contemplamos sus naranjas, que no tenían nada
que ver con las de aquí. Hubo que reprimir a alguno
para que se bajase del coche a mear en los naranjos para
dejar claro a los sudafricanos quien manda en esto de
las naranjas.
Llegamos
a la frontera con la hora pegada al culo, como siempre
y lo que en el lado sudafricano fueron 15 minutos, se
prolongó durante 3 horas en el lado mozambiqueño.
Se les había caído el sistema, decían.
¡No te jode!, ¡pero si usan papel de calco!
Igual querían cobrar horas extra. Mientras que
nos hacían los trámites, unos cuantos se
pusieron a jugar al fútbol con una pelota de goma-espuma.
Quisieron hacer un partido internacional, invitando a
un lugareño a jugar con ellos, pero éste
declinó de mala manera la invitación refunfuñando
en algún dialecto mozambiqueño ininteligible
para nosotros. Quizá fue porque la invitación
consistió en un balonazo en la cabeza del invitado,
con el balón, que era de esponja, mojado y por
la espalda. Pero no desistieron, siguieron con el peloteo
hasta que un guardia fronterizo les dijo algo cuya traducción
debió ser algo como: “si os cojo la pelota os la
meto por el culo empujándola con la porra ”. Pues
ya legalmente en territorio Mozambiqueño, nos dirigimos
a la Pensao Martins, en Maputo. Ahí íbamos
a dormir. ¡Ja! Otro quiebro de cintura con pase
torero incluido del recepcionista de la Pensao. Allí
se quedaron sólo 2 expedicionarios, el resto al
hotel Villa das Mangas. Pintaba bien hasta que nos contaron
que unos estarían en el propio hotel, y otros en
unos apartamentos situados en la misma calle. Ahí
se montó la marimorena, pero no con el del hotel,
que era lo que tenía: los apartamentos o la acera;
sino entre nosotros.
-
¡Yo no duermo con esa, que ronca!
- ¡Yo no duermo con ese, que me he enfadado con
él!
- ¡Yo quiero dormir con este!
- ¡Si, que te lo has creído tu!
- En una cama de matrimonio ¡no!, que tienes las
uñas de los pies largas.
- A mi me ha dicho Dino que la cuide.
- ¡Si, pues inténtalo!
Después
de una distribución por habitaciones un poco caótica,
unos cuantos nos fuimos a cenar a una especie de Doner
Kebak. Cenamos sin hablar demasiado (estábamos
muy cansados) y nos fuimos a nuestra morada de esa noche:
el hotel VillaMagna. Fue el final de un día muy
duro.
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