JORDANIA BIEN VALE UN... "AY CUANTO TE
QUIERO".
¡Que
raro!, quedamos 18 personas en la terminal 4 de Barajas
y no solo todo el mundo está a la hora pactada
(bueno salvo pequeño despiste de la familia Telerín)
si no que algunos llegan con más de media hora
de antelación. Sería que había
ganas de irse. ¡Qué amable la azafata del
mostrador de facturación!, que Alá confunda,
quiso que lo hiciéramos todos a la vez para poner
a todo el grupo junto en los asientos del avión.
Que tetris hizo la tía, no se cómo consiguió
separar tanto al grupo dentro del avión… total
debió pensar que ya nos íbamos a ver mucho
durante la semana para que ahora fuéramos juntos.
Hasta el metro tuvimos que coger hasta llegar a la zona
de tiendas libres de impuestos previas a la puerta de
embarque. Que de tiempo libre, pues nada a dar vueltas,
a picar o a comprar alguna cosilla. Para darle un poco
de incertidumbre, ya que el grupo estaba demasiado relajado,
determinamos Juanki y yo gastar una bromita. Hicimos
que adelantaran el embarque del vuelo media horita,
con lo cual todos a buscarnos para alertarnos del cambio,
el caso que un primer grupo llegó a la entrada
y nos llamó desde allí para decirnos que
o llegábamos ya o nos dejaban en tierra. Lo bueno
fue cuando Juanki dejó deliberadamente su mochila
con el segundo grupo mientras él ya estaba casi
en el avión. Fue muy divertido ver como el cabreado
controlador de puerta nos decía que si ese individuo
había regresado a por su mochila y no volvía
ya que le descargaban su maleta y se la tiraban a un
contenedor con su pasaje. Y la mochila que se la había
recogido Blanca y estaba con nosotros. Al final quisieron
dejarle en tierra, pero como ya sabéis de que
pueblo es el angelito, al final se coló dentro
del avión justo cuando estábamos acelerando
para el despegue y según entraba dijo “si sé
que me va a sobrar tiempo hago unas tomas en tierra
del avión despegando…”.
Vaya 2 azafatas
que nos tocaron, una parecía una luchadora de
pressing catch con la camisa de una barbie, que además
tuvo la amabilidad de refrescar mis calores cuando me
abrió la soda water y me echó la mitad
encima y la otra que parecía una lámpara
de esas de muñeco que le meten una bombilla dentro
para que se le iluminen los ojos. Aunque lo mejor de
todo, no fue la separación del grupo, o el que
se terminara el chicken, o que te refrescaran sin tú
pedirlo, lo mejor fue las parrafadas en castellano del
piloto y sobre todo de la azafata por megafonía.
Por una vez he preferido entender el inglés que
el castellano jordano. Creo que sólo llegué
a entender la palabra, gracias.
Después de 4 horitas y media de vuelo estábamos
tomando tierra en Ammán. Sin incidentes con la
recogida de las maletas y metidos en el autobús
nos dirigimos al primer hotel para alojarnos, dejar
las cosas, dormir una horita y empecer el primer día
de marcha. Concha aprendió en el aeropuerto que
la propina se da al final del servicio y no antes si
quieres que el mozo que te lleva las maletas no desaparezca
antes de tiempo.
La verdad
es que los hoteles visitados estaban mejor de lo esperado,
eso sí, respecto a las comidas todos están
cortados por el mismo patrón y terminamos de
comer del mismo tipo de buffet hasta las orejas.
Claro, como no había habido amenazas de castigo
de por medio la primera citación fue un rosario
de tardones; la familia Telerín, las Pin y Pon,
y los Village People. Aunque al final tuvimos que esperar
a que Pedriles se bajara del bus a buscar no se qué,
que no encontró… mejor no preguntar no fuera
a tratarse de un apretón de última hora.
Nos llevaron un autobús nuevo que nos quedaba
igual de apretao que unos vaqueros de cuando éramos
jovenzuelos y se llevaban justitos. Menudo cubo rubick
había que solucionar para poder meter las maletas,
hasta en el pasillo llevábamos unas cuantas.
Las rotaciones de asientos fueron gestionadas por Fer
que nos hizo cambiarnos a cada parada que hacíamos.
Yo, que hubiera dejado todo el viaje a los Village People
en los asientos de las esquinas… eso por pedir pasillo
e ir de comodones en el avión. Pues no se creen
especiales por pasar de 1,90cm.
Rashad, ese
era el nombre del guía que nos iba a acompañar
durante todo el viaje. Hizo su trabajo correctamente
y solo podemos poner en su debe que no nos acompañara
en las inmersiones, aunque bastante hizo con venirse
en el barco sin saber nadar atiborrado de biodramina.
Pues junto a Rashad emprendimos camino hacia el norte
y ¿no os parece extraño que a estas alturas
de la crónica no haya aparecido Cristinita?.
Pues aquí irrumpe, en esta ocasión como
objeto de deseo. Llevamos durante 15 minutos a un tío
con un Mercedes pegao al cristal de Cris como si fuera
una calcomanía. Como parece que la churri no
estaba muy por la labor, porque el Mercedes era de los
antiguos, el despechado salió quemando ruedas
a lo macarra-hortera y desapareció entre sollozos
de frustración. Después de un par de horas
de camino viendo que el paisaje podía pasar perfectamente
por uno español llegamos a las ruinas de Umm
Quais, destino metido de relleno que no tiene mucho
interés, salvo por el punto, encima del monte,
donde puedes divisar, Siria, Israel o Palestina, según
empezó a contarnos Rashad, ¡qué
manera de defender a los palestinos de la invasión
judía!. Es curioso ver cómo en Jordania
Hussein es un héroe, lo mismo es porque antes
les daba la gasolina gratis y ahora les cuesta una pasta.
Otra horita de regreso hacia el sur para llegar a Jerash,
lo mejor del día con diferencia. Junto con el
de Mérida, parece que es el vestigio romano que
se encuentra en mejor estado de conservación:
teatro, foro, camino triunfal, circo. Lo único
es que hay algunas cosas que las han restaurado demasiado
y se ven un poco artificiales. La vista desde lo más
alto del graderío del teatro de toda la ciudad
romana es espectacular.
La última visita del día fue al castillo
de Ajlun; interesante pero castillos como esos tenemos
cientos en España, con sus eucaliptos, sus pinos
y sus olivos.
Cenita rápida, amenizada por artistas del lugar
que regalaron nuestros oídos con músicas
autóctonas, ¡madre mía!, como le
pegaba uno al bombo, retumbaba el solo toda la sala.
Después de haber dormido en cama sólo
una hora (los desnuques en el bús dicen que no
cuentan) todo el mundo a dormir que mañana hay
más y además hay castigo de pagar el agua
de todos para los que lleguen tarde.
Que raro,
hoy nadie llega tarde, y eso que hemos tenido que hacer
todo el equipaje para llevarlo al hotel de Petra, por
qué será? Sin casi tiempo para los primeros
desnuques del día en el bús llegamos al
Mar Muerto, en el que estuvimos un par de horitas, la
verdad es que ha sido una de las experiencias del viaje
y no me refiero a los coqueteos de Almodovar y Macnamara
con el encargado del vestuario masculino, que perdía
más aceite que el Boris Izaguirre, me refiero
a la sensación de meterse en un mar en el que
no te puedes hundir, aunque quieras, y a la sensación
de embadurnarte como un marrano en un charco. Pasamos
un buen rato divertido entre manoseos de unos con otros
restregando lodo, barro y simpáticas piedrecitas
que te acarician desollándote la piel para que
la sal del agua hiciera luego el resto del trabajo y
así que no pudiéramos decir que el Mar
Muerto no nos había dejado huella. Una duchita
con agua dulce y unas compritas en la tienda de chouvenirs
de productos para niñas y metrosexuales. Y al
bús camino de Madaba para ver la iglesia de San
Jorge, cuyo único atractivo es el mosaico de
piedrecitas en el suelo, en la que con más de
2 millones realizaron un mapa de toda la zona. De allí
al Monte Nebo, donde Moisés se quedó a
un palmo de narices de entrar en la Tierra Prometida.
Unas ruinas reconstruidas en las que un grupo de japoneses
estaba haciendo una misa cantada y poco más,
porque la calima impedía ver la vista. Lo más
relevante fue la comprobación de todo el grupo
del verdadero cariz del Faraón, que solo con
enseñar un poco el gemelo desbocó las
hordas de jovenzuelas que se destrozaban entre ellas
por compartir unos instantes a su lado. Pedriles intentó
llamar la atención por si pillaba alguna despistada
y no se le ocurrió otra cosa que reventarse el
dedo gordo del pie contra una piedra, el chorro de sangre
fue generoso pero el éxito escaso. Menos mal
que Navarriles fue presta en su auxilio y socorro y
con un buen torniquete se evitó la amputación.
Rashad quiso persuadirnos de no subir a las ruinas del
castillo cruzado de Souback y que nos conformáramos
con una vista panorámica, vano intento, hasta
la picota más alta que quedaba en pie llegamos.
Si el mismo Gibraltar hubiera estado por allí
lo hubiéramos tomado al asalto. Normalito sin
más. Volvemos por la bajada empinada con el bús
camino del punto más anhelado del viaje, Petra.
En menudo momento se le ocurrió a Rashad, una
vez instalados en el hotel, decirnos que si queríamos
ir a un baño turco a que nos dieran un masaje.
Incautos de nosotros, los 12 del patíbulo nos
decidimos a pasar una horita y media por 15 dinares
(18 euros). Cuando llegamos al lugar nos dicen que el
masaje solo es de 10 minutos… imbécil de mi,
les digo que por lo menos que sea de 15 a cada uno,
así me hubieran dao en la lengua con el mismo
guante que el enano desgraciao me desolló el
cuerpo entero. Para no entrar en muchos detalles, te
despelotan de todo, te meten a sudar como un puerco,
te pasan una lija por todo el cuerpo y luego un chichirivainas
que no tiene media leche te hace pasar 10 minutos de
calvario. ¡Que cabrón!, con esos dedines
cómo puede hacerte tanto daño, creo que
aún me duelen zonas del cuerpo por las que pasó
el Atila aquel, al que parecía que le debíamos
algo. Para terminar, nos espera la recepción,
embutidos con 3 toallas, turbante y zuecos y una bebida
de hierbas para que se te pase el sofocón. De
vuelta en nuestro hotel y después de la cena,
donde nos enteramos que Salido había disfrutado
de los placeres de la borrachera de las profundidades,
volvieron a hacernos el truquito de la Haima en la que
te invitan a una pipa pero en la que te cobran bien
el té que te ofrecen.
La última sorpresa del día fue la habitación
VIP que dispensaron al Faraón. Este hotel debía
ser la pera hace 20 o 30 años y esta habitación
tuvo que ser el sueño de muchos Tony Manero.
Subida como en una tarima una cama redonda inmensa,
con una colcha rojo chillón y rodeada de espejos.
Vamos que sólo faltaba la bolita de cristalitos
dando vueltas encima. Eso sí, con la excusa de
probarla celebramos allí una pedazo de orgía
de las que se recordarán en la historia de Topodiving.
Lo siento pero entenderéis que no deba entrar
en más detalles. Después del fiestón
cada uno a su habitación que mañana es
el gran día.
Creo que
por mucho que intente explicar lo que fue la visita
de Petra esto es una de las cosas que hay que verlas
y poco contarlas. Según el comentario generalizado
no decepcionó a nadie. Nada más llegar
tuvimos una imagen como sacada de un espectáculo
del bombero torero, unos cuantos del grupo decidieron
hacer unos metros a caballo, cuales Indiana Jones, hasta
la entrada del cañón. Fue gracioso ver
a Alvarito sentado en su rocín dando con la punta
de los pies en el suelo. Los 1200 metros que hay que
recorrer por el cañón de entrada al cementerio
y después ciudad Nabatea están envueltos
en una magia especial, incluso de fondo casi podíamos
oír los sones de una afamada película
que se rodó por allí. La primera imagen
que tuvimos de la fachada del tesoro entre las grietas
del cañón será inolvidable y eso
que precisamente estaba dándole el sol en ese
momento y el reflejo no te dejaba verlo con detalle.
Que bárbaro es aquello, y eso que aún
queda mucho por excavar, esos tíos no dejaban
ni un solo hueco en las rocas, estaban todas horadadas
para hacer sus panteones, que luego terminaron siendo
sus viviendas. Y si ya de por si tenía poco atractivo,
los romanos hicieron allí un teatro y un palacio,
incluso se ven los restos de lo que fue un castillo
cruzado. Mención a parte tiene la subida al monasterio,
que es lo mismo que el tesoro pero en lo alto de una
montaña a la que tienes que ascender por un camino
endiablado esquivando pollinos que trasportan jinetes
de oronda figura. La recompensa de ascender es buena,
aunque no tanto por la visión del panteón,
la vista que hay detrás es de las que merecen
la pena contemplar y de las que se te quedan grabadas
en la memoria. Lo que es increíble es la poca
vigilancia que tienen estos monumentos. Allí
los niñatos se dedican a escribir grafitis en
las paredes con la mayor naturalidad del mundo. Acción
que pudimos contemplar estupefactos a la vez que Pedriles
continuaba con su colección de afecciones y se
hacía un pequeño esguince en el tobillo.
Tras la bajada del monasterio comimos lo poco que nos
dejó un grupo de 100 puertoriqueños que
llegaron antes que nosotros y acabaron con la barbacoa.
Que tamaño se gastaba alguna de esas mozas, algún
pollino todavía está derrengao de cargar
con ellas. De vuelta hacia el tesoro el grupo se dividió,
los que quedamos atrás pudimos vivir momentos
de aventura inusitada escalando una de las paredes,
sorteando peligros, gritos cristiniles, fieras salvajes
ladrantes de casi más de un metro de altura,
guiris aterrados fuera de control, etc. Lo importante
es que al final conseguimos el objetivo y nos reagrupamos.
Si alguna vez vais por allí no penséis
que dentro de las tumbas vais a encontrar algo, en todas
ellas solo hay una pequeña sala excavada en la
roca que no tiene ningún tipo de decoración.
La última foto de grupo en la fachada del tesoro
a modo de despedida y vuelta al cañón
para desandar los 1200 metros hechos por la mañana.
Sin lugar a dudas la foto para el recuerdo es ver la
fachada del tesoro totalmente rosa entre las grietas
bañada por la luz del atardecer. Se termina el
día grande del viaje tomando camino hacía
Aqaba, a la que llegamos por la noche. En el hotel tenemos
una pequeña reunión con la gente del centro
de buceo para que podamos planificar los 2 siguientes
días de buceo. Después toca la reunión
con todos los buzos para contarles todo y organizarnos
un poco. Como siempre, la reunión se alarga entre
risas, bostezos y preguntas.
Primer día
de buceo con los naturales nervios de estos casos, acrecentados
por un vientecito y una corriente en superficie que
no esperábamos. El paseo en el barco caracol
es muy placentero y las inmersiones las hacemos las
3 casi en el mismo sitio. La vida submarina que vemos
es la típica coralina del Mar Rojo pero algo
más esquilmada. De la primera inmersión
podemos destacar la visita a un tanque haciendo la parada
de seguridad. La barbacoa de pollo y atún que
nos hicieron para comer, que rompía con la monótona
comida de los buffets de hotel, fue recibida con el
beneplácito general; bueno va, se olvidaron del
postre. Hasta Rashad, aterrado antes de subirse al barco,
parecía relajado y tranquilo. Al final Lucia
se tuvo que quedar en el hotel con unas decimillas de
fiebre… o ¿esa fue la excusa para quedarse un
día sola en Aqaba a su libre albedrío?.
De vuelta al hotel la sorpresa fue mayúscula,
Alá sea loado, lo que es capaz de conseguir la
magnificencia y el embrujo de un Faraón. La Navarro,
encabezando un intento de agasajo divino grupil entró
en un McDonalds… sí, sí, habéis
leído bien, en un McDONALDS y compró un
menú completo para obsequiar al desconcertado
Faraón. Este día estará por siempre
señalado en el calendario.
Mientras que el Habibi, el cabeza Telerín y los
Village People se iban a hacer una nocturna, el resto
nos fuimos a pasear por Aqaba pasando de la cena del
hotel a la búsqueda de un Kebad. Finalmente fue
encontrado aunque más de uno no era lo que esperaba.
Fue divertido degustarlos a la vez que descubríamos
los recónditos vericuetos de Salido y Her Direktor…
que tío, en su despedida de soltero le dieron
permiso para echar una cana al aire. Claro que no tuvo…
para hacerlo. Por cierto, son muy finos, tienen yeguada
particular y practican la equitación.
El segundo
día de buceo empezó con la baja de Rashad
en el barco, ya tuvo bastante experiencia el día
anterior, y el alta de Lucía, por fin todos en
el barco. Repetición del lento trayecto con mejores
condiciones que el día anterior. Vamos a bucear
en el destino más esperado, el Cider Pride, un
carguero de 85 metros. Dos inmersiones necesitamos para
verlo al completo, hasta pasamos bajo su quilla a unos
30 metros de profundidad para en la segunda meternos
en sus bodegas, esquivando peces león, hasta
descubrir una burbuja de aire a 15 metros dentro del
casco del barco. Tras las 2 inmersiones de la mañana
a recuperar calor, que el agua no estaba como en verano
y el semi seco, en vez del corto, se agradece. Unos
gráciles saltitos desde la cubierta del barco,
cual delfines melodiosos, dieron pie a la comida, de
nuevo una barbacoa, con plátano de postre y pastelillos
con almíbar. La última inmersión
fue un infierno para unos y una delicia para otros,
un par de tortugas fueron a despedir a uno de los grupos,
antes de que Salido se encargara de ponerla pies en
polvorosa, es que la pobre pensaba que las íbamos
a capturar para hacer sopa con ellas. Para terminar,
un pequeño bautizo para Guille y Maribel. Con
el aire restante de las botellas les hicimos comprobar
un poquito lo que se sentía allí abajo.
Menudo susto, eh Guille, menos mal que pudimos esquivar
el ataque del pepino de mar asesino. Cristinita nos
amenizó con unas cuantas piruetas circenses,
pedimos que continuara en una barra vertical del barco
y ya no quiso.
Y se acababa nuestra relación con el buceo en
este viaje. Propina, bromitas, exaltación de
la amistad, uno de los guías ligando con Concha,
la rompecorazones, cantos regionales, en fin, lo típico
de la despedida. Rashad nos esperaba en el puerto para
cumplir la promesa que le hizo a Fer de conseguirle
un buen Kebab. Cenita en el hotel y paseito para comprar
pistachos por el pueblo para rematarlo con un buen McFlury.
A dormir que mañana toca desierto y retorno a
la capital.
Una horita
de camino de bus y ya estábamos a las puertas
del desierto de Wadi Run. Si, parece mentira pero ya
le ponen puertas hasta al desierto. El punto de partida
desde el que se cogen los todoterrenos. Nos hicieron
falta 3, uno cubierto y los otros 2 a pleno soletón
y con el aire mandando a hacer puñetas alguna
permanente. La excursión duraba aproximadamente
un par de horas y se visitaban un par de puntos, la
fuente de Lawrence de Arabia y un cañón
con pozos de agua similar al de Petra. Como la fuente
estaba llena de gente fuimos primero al cañón,
que fue lo mejor que vimos allí, es sorprendente
el fresquito que hacía entre sus paredes en comparación
del calor de fuera. Efectivamente había pozas
con agua, aunque de dudoso aspecto. Tras disfrutar un
rato del lugar nos dirigimos a la decepcionante fuente
de Lawrence. No había nada de nada, nos señalaron
un punto en la parte alta de la montaña donde
decían que manaba una fuente y ni tan siquiera
te permitían subir a verla. Unos de los “modernos”
4x4 que llevábamos decidió que estaba
cansado para arrancarse y tuvimos que empujarlo, menos
mal que no se hizo de rogar y nos llevó de vuelta
a la salida.
Es una pena que estuviéramos allí tan
poco tiempo, la verdad que el paisaje era espectacular,
grandes montículos de piedra entre valles desérticos
con camellos retozando a su antojo. Junto con Petra,
el Mar Muerto y el Cider Pride, lo mejor del viaje.
Camino hacía Ammán paramos en el típico
lugar donde llevan a todos los turistas a comer y cuando
nos esperábamos lo peor resultó que fue
la mejor comida, para muchos, que habíamos hecho
hasta ahora. Por entonces el conductor de bús
ya le había tirado los trastos a Concha, que
no paraba sus conquistas. Chica, quédate por
allí que te vas a poner las botas. Con eso que
tenía un poquillo de tos el hombre se buscó
la vida para conseguirle un bebedizo que se la apaciguara,
aunque en realidad la bebida era una pócima de
amor para encandilarla. Nunca sabremos si surtió
efecto.
Otra vez nos encontramos llegando al hotel de Ammán
que nos recibió, algo menos cansados que la primera
vez pero también más tristes por la inminencia
del final. Antes de irnos cada uno a nuestra habitación,
nos despedimos de nuestro guía Rashad, no sin
antes darle unas golosinas de regalo y que nos dijera
dónde se comían los mejores Kebad, o como
también les llaman, shawarmas de la ciudad.
Un ratito para dejar los trastos y ya estábamos
en la puerta del hotel de nuevo para dar una vueltecita
por la ciudad. Como Álvaro y Pedriles habían
quedado con un par de churris para acostarse con ellas
(la fiebre y la calentura) sólo fuimos 16, de
manera que 4 taxis. 2 dinares para cada taxista, excepto
el del Faraón, que magnánimo y generoso
obligó a Fer a que le diera 3. Eso sí,
a todos se les pidió que nos llevaran a la puerta
del teatro romano y a cada uno nos bajaron en un sitio
diferente.
Cuando llegamos a la puerta del teatro una vez reagrupados
nos lo encontramos cerrado, pero gracias a un lugareño
que nos explicó que subiendo por la calle de
atrás se podía ver desde arriba, pudimos
contemplarlo desde el cuidado jardín de un chalecito
que dominaba la vista del atardecer y los dos teatros
romanos, uno grande y otro más chico que parecía
de juguete. Fue aquello tan bucólico que estrechamos
lazos los unos con los otros y nos abrazamos de la emoción,
dejándose entrever alguna lágrimita, incluso
alguna tuvo que buscar un apartado para miccionar del
subidón.
Ahora viene una de las grandes incógnitas del
viaje. Estábamos paseando por el centro de la
ciudad por la zona comercial con miles de tiendas por
doquier de todo tipo de cosas, cuando de repente Pedro
desapareció, tardamos 15 minutos en encontrarlo,
haciendo varias expediciones de rescate. Fueron minutos
de tensión, temíamos lo peor, aunque para
mis adentros pensaba que si lo habían raptado,
no eran muy listos los captores, anda que se habían
llevado al más manejable del grupo. Cuando finalmente
apareció descartamos esa hipótesis y la
excusa de que se había metido no sé donde
a comprar una camiseta, como que no coló. Solo
él sabrá qué ocurrió verdaderamente
en esos 15 minutos sin su inseparable Álvaro
y su grupo.
De nuevo a convencer a los taxistas para que nos llevaran
al hotel por 2 dinares. Algunos tuvimos la oportunidad
de dar un pequeño turf por la ciudad hasta que
el taxista se enteró de donde estaba el hotel.
Por cierto, la conducción no es tan caótica
como en Egipto, pero cuando ven un Stop, allí
es señal de acelerar, vamos como aquí
cuando se pone el semáforo en ámbar.
La cena la pasamos entre carcajadas gracias a Juanki
que nos contó su anécdota de esa mañana
con un camarero habibi amigo suyo. Siento no entrar
más en detalles; quien quiera que se los pida
en directo a él.
A la camita a pasar la última noche en Jordania,
aunque algunas aprovecharon para deleitarse viendo el
Señor de los Anillos en inglés-moruno,
altamente emocionadas, en vez de ir a perderse por los
garitos de perdición de la noche.
Por la mañana otra de captura de taxis para ir
a ver la Ciudadela, ya que descartamos ir a la mezquita
azul. No teníamos mucho tiempo y había
que aprovecharlo bien, como creo que lo hicimos. La
Ciudadela fue mejor de lo esperado, sobre todo por las
magnificas vistas que tiene desde sus murallas de todo
Ammán que la circunda. Casi nos metemos en un
conflicto diplomático con Jordania porque a Tomás
no se le ocurrió otra cosa que intentar colarse
en la entrada, menos mal que la técnica Disney
solventó el problema.
Tras esta visita decidimos hacer un poco de deporte
y echar una carrera en busca del lugar de los shawarmas
que nos contó Rashad el día anterior.
Tras media horita de acelerado paso escuchando los descubrimientos
en el aparatage buceador de Salido, llegamos al tele-shawarma
en cuestión. La verdad es que el esfuerzo mereció
la pena, estaban de rechupete y alguno que empezó
comiéndose sólo medio terminó apretándose
un par de ellos completos. Ah y encima, bien baratos.
Rashad estaba en lo cierto y nos había encaminado
bien. Con la barriga llena, corriendo al hotel en otro
taxi que se nos echaba la hora encima.
Al aeropuerto de nuevo, entre charlas sobre el horario
de vuelta a casa de Guille por las noches en Madrid
y la paga que le dan sus padres. Maribel, lo mismo hemos
sido una mala influencia para tu niño.
Salvo algún que otro cacheo en la puerta para
meter las maletas y que los muy guarros le dieron a
Cristina el mismo billete que a mi para que volara sentada
en mis rodillas, no hubo más episodios reseñables
y al igual que en la ida, consideraron que ya nos teníamos
muy vistos y volvieron a esparcirnos por todo el avión.
Debieron pensar lo de Napoleón de “divide y vencerás”
por si nos daba por organizar un motín, secuestrar
el avión y que nos llevaran a Maldivas o a Galápagos.
Tras 5 horitas de vuelo llegábamos a las 10 de
la noche a Madrid y tras recoger las maletas, por suerte
no hubo ni roturas ni pérdidas, comenzó
la despedida. Los momentos que se vivieron en la sala
de aquel aeropuerto no pueden reproducirse en unas líneas:
la desolación de la gente viendo a los integrantes
de la expedición fundidos en un único
abrazo, llorando la desgracia de la separación
era patente y tras varias horas de constantes conjuras
y promesas de amistad eterna cada uno marchó
a su casa… bueno excepto los Navarro que tuvieron que
acercarse a un hospital a hacerle un pequeño
chequeo a Pedriles que parecía que había
regresado de la guerra de Irak.
Pues
hasta aquí llega el relato de esta aventura jordana
de Topodiving, si has conseguido llegar a leer hasta
aquí sin dormirte eres todo un campeón/a.
Hasta la próxima…